Te interesa



Creative Commons LicenseTodos los contenidos están bajo una licencia de Creative Commons.

Películas menores: Broadway Danny Rose

Era mi intención reducir, por hoy, la resurrección de LMA a un post sobre Wall-E.

Sin embargo, viendo la lista de posts acabo de caer en que, con Wall-E, el contador de posts ascendía a 99. Diría pues que escribo este nuevo artículo sobre Woody Allen por amor al arte, pero mentiría: la razón que me mueve no es otra sino la pura vanidad, y las ganas de aprovechar la oportunidad de honrar mi nombre con el post número 100 de Las Malas Artes.

Añado: LMA no sólo cumple 100 posts, sino también un año de vida. En esto las fuentes son contradictorias: no hay una fecha de inicio clara, un cumpleaños a anotar en el calendario, pero sí se puede decir que el origen de tamaña fuente de iniquidades orbita en torno a una fecha muy precisa: la reunión del equipo redactor para rendir tributo, honores y demás pleitesías a la insigne figura de (paréntesis respetuoso) Angus Young el 5 de junio de 2009 en el Calderón.

Conste que en este año hemos sobrevivido a muchas cosas: a varios discos malos, a varios films peores, a nuestras ansias de grandeza, a nuestra falta de talento e incluso a una licencia sin pagar. Y aquí seguimos.

Es, pues, tiempo de celebración (¿casa de…?) y de tiradas de rollo. Y por eso atacamos ahora promesas hasta hoy incumplidas, como una que formulé a cuenta de la sección “Discos Menores” iniciada por Jos: “habrá sección equivalente en cine”.

Pues bien, aquí está:

——————————————————————-

Broadway Danny Rose

Broadway Danny Rose, de Woody Allen (1984)

Continúe leyendo – Películas menores: Broadway Danny Rose

Popularity: 37% [?]


  • Facebook
  • Twitter
  • Meneame
  • del.icio.us
  • Google Bookmarks
  • LinkedIn
  • MySpace
  • Ping.fm
  • PDF

Cuatro grandes libros sobre cine

…o cómo admitir que no se me ocurre otra manera de relanzar la sección de libros de Las Malas Artes.

Cuatro libros imprescindibles sobre cine:

El cine según Hitchcock1) “El cine según Hitchcock”, de François Truffaut: corrían los primeros años 60 y Hitchcock estaba en el momento más alto de su carrera, acababa de rodar su mayor éxito (Psicosis), tras una década plagada de taquillazos (Extraños en un tren, Crimen perfecto, La ventana indiscreta, Con la muerte en los talones, etc) y comenzaba la preproducción de Los pájaros.

Todo este éxito corría paralelo a un desprecio permanente de la crítica especializada, que lo tenía por un mero artista circense entretenedor de masas que debía su éxito al morbo gratuito. El inesperado reconocimiento llegó entonces desde Francia, donde un grupo de jóvenes críticos franceses de la revista Cahiers du cinéma, algunos de ellos a la postre cineastas de la Nouvelle Vague, supieron ver más allá de la imagen (alimentada por el propio Hitchcock, que disfrazaba en sus apariciones públicas su enorme timidez con un aluvión de superficialidad sarcástica y bufona) de entertainer sin apiraciones artísticas, para reivindicar al director como cineasta absoluto

Cineasta absoluto: dícese de aquél que se sirve exclusivamente de recursos puramente cinematográficos (montaje, travellings, iluminación, contraplanos, etc) para expresar su arte, dejando en segundo plano los heredados de otras artes. Así, recursos anteriores al advenimiento del cine (la historia, los actores, etc) se convierten, en el cine de Hitchcock, en comparsas al servicio de su cámara, que lo gobierna todo. ¿Historia? ¿Actores?. Dos lecciones del maestro: “La verosimilitud en una historia es inútil”. Y, por supuesto, “los actores son ganado”.

El responsable de esta nueva mirada a la filmografía del cineasta británico fue François Truffaut, que le propuso una semana de conversaciones en jornadas de ocho horas diarias para repasar por completo su filmografía:

Hitchcock y Truffaut

El cuestionario es minucioso, seguro de sí mismo, sabe lo que busca… y lo encuentra: de repente, el bufón superficial, el socarrón hueco reconoce su deuda con el cine expresionista alemán, con los genios del cine mudo, con las vanguardias del surrealismo. Y destripa su propia técnica, que se revela enormenente minuciosa, de precisión quirúrgica en la exploración de las emociones por medio de la cámara.

El impacto del libro es enorme, y es gracias a él por lo que Hitchcock goza hoy de ese apelativo válido a medias de “genio del suspense”. Genio, sí. Del suspense, no.

Y es que por una extraña paradoja del destino mucha gente hace ahora su primer acercamiento a Hitchcock buscando, de nuevo, la superficialidad. Creyendo que estarán dos horas “pegados a sus butacas”, como si 50 años de evolución en la creación de suspense no existieran porque Hitchcock, cual Coca Cola, dispone aún de la única fórmula, original e inimitable, de crear tensión en una sala de cine. Y claro, Hitchcock les defrauda porque no saben que la materia de sus films es otra. Esta gente busca en Hitchcock a un Peter Jackson de los años 50. En vano, por supuesto.

El libro vuelve a ser, por tanto, necesario.

Este modelo de entrevistas prosperó, por fortuna, y hoy disponemos de excelentes variaciones del Hitchcock – Truffaut:

billy wilder2) Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe : el director (Jerry Maguire, Casi Famosos, Vanilla Sky) Cameron Crowe, mejor escritor de cine que director, vio en 1998 la posibilidad de saldar una deuda histórica con el Hitchcock-Truffaut y con el cine en general: Billy Wilder, a sus 92 años, seguía gozando de una lucidez y una memoria prodigiosas, aderezadas con un sentido del humor aún más socarrón a causa de los años.

Cameron Crowe le propone, por tanto, repasar el modelo Truffaut, a lo que Wilder accede a (mal disimulados) regañadientes: las primeras páginas del libro constituyen el autorretrato (delicioso) de Crowe totalmente ninguneado por el genio, todo un juguete en sus manos hasta que Wilder, más por (de nuevo, mal disimulada) vanidad ante tantas alabanzas del cineasta novato que por una voluntad real de dejar un testamento cinematográfico a las nuevas generaciones, accede a someterse al cuestionario.

Crowe construye éste hábilmente, repasando la filmografía de Wilder sin obviar los aspectos más trágicos de su accidentadísima biografía (como su huida de Berlín o el asesinato de su familia en Auschwitz). Pero, a diferencia de Truffaut, aprovecha para conocer la opinión de Wilder sobre otros cineastas y películas. Surgen entonces las perlas, tales como:

- La admiración absoluta de Wilder por Forrest Gump.
- Su anecdotario de Hollywood: imprescindible la anécdota de Marilyn Monroe, su suegra y el retrete.
- Su sinceridad al hablar de Kubrick; sobre Barry Lyndon: “dedicó seis meses a intentar hallar la forma de fotografiar a una persona a la luz de las velas, sin luz artificial. Y, la verdad, a nadie le importa un pito si es la luz de las velas o no”.
- Su definición de Woody Allen: “Hace tres películas al año”.

Hablando de Woody Allen:

Eric Lax3) Conversaciones con Woody Allen, de Eric Lax:
del cual ya hablamos por aquí en su día, presenta una novedad con respecto a los anteriores. Y es que no constituye el recuerdo concentrado en una semana de conversaciones de toda una carrera cinematográfica, sino que se basa en más de treinta años de entrevistas. Además, Eric Lax, aprovechando que se halla ante un creador total (en el sentido de que Allen controla absolutamente todos los aspectos de sus películas) aprovecha para ofrecernos, de primera mano, un manual práctico en fascículos sobre cómo crear una película, pues el libro está estructurado en las siguientes secciones:

1.- La idea
2.- El guión
3.- Selección del reparto, actores e interpretación
4.- Rodaje, platós, localizaciones
5.- Dirección
6.- Montaje
7.- La elección de la música
8.- La profesión de cineasta

Un libro genial de reciente publicación (llega hasta Vicky Cristina Barcelona) que, además, acaba de salir en bolsillo (a 8′95 oiga!).

Por último, producto nacional. Del que vale la pena:

Fernandez Santos4) “La Mirada Encendida: escritos sobre cine”, de Ángel Fernández-Santos: probablemente Ángel Fernández-Santos (fallecido en 2004) haya sido el mejor crítico de cine de España, inimitable por tener un estilo tremendamente propio, capaz de crear literatura a partir de la crítica cinematográfica sin contar nada de la película en cuestión, pero diciéndolo todo.

El libro es una excelente antología de 40 años de textos, recopilada y editada por gente de cine (Víctor Erice y Carlos F. Heredero) en un auténtico volumen de lujo. Un tipo de publicación de las que, por desgracia, escasean en España: y es que recoge textos publicados en varios medios (sobre todo en EL PAÍS, del que Fernández-Santos fue crítico durante más de veinte años) que abarcan mil géneros, cinematografías, corrientes y estilos, desde la crítica pura a la crónica in situ de festivales, pasando por el ensayo (sobre la profesión de guionista, el cine español, los géneros cinematográficos…) y las necrológicas de grandes figuras del séptimo arte. Éstas últimas impresionan realmente: es difícil imaginar a un crítico recibiendo la noticia del fallecimiento de un ilustre del cine por la mañana que sea capaz, antes del cierre de edición, de elaborar un retrato tan explícito y luminoso de actores y directores de todos conocidos, descubriéndonos nuevos matices y destapando las razones del hechizo de éstos sobre nosotros, razones de las que nosotros mismos nunca habíamos sido conscientes. Iluminando, en definitiva, nuestros propios mecanismos de percepción del cine. De ahí el título del libro.

Y capaz, como digo, de crear literatura de verdad a partir de una crítica de cine.

Descomunal este libro. Llevo 150 páginas. La buena noticia es que me quedan 500.

Popularity: 21% [?]


  • Facebook
  • Twitter
  • Meneame
  • del.icio.us
  • Google Bookmarks
  • LinkedIn
  • MySpace
  • Ping.fm
  • PDF

Si la cosa funciona

whatever-works

Whatever Works (2009), de Woody Allen

Cada nuevo estreno de Woody Allen viene acompañado de mil y una entrevistas, estudios y quebraderos de cabeza sobre el motivo que le ha llevado a hacer ésta u otra película. Si algo demuestran todos estos análisis eruditos es que, quien los escribe, no sabe absolutamente nada de Woody Allen. Allen lleva bastante tiempo siendo mucho más simple que estos análisis intelectuales, viviendo en un universo tremendamente sencillo que, sin embargo, mil y un críticos se empeñan en destripar con resultados hilarantes, y si no ahí van varios ejemplos:

1) ¿Qué oscuro misterio ha llevado a Woody Allen a rodar de nuevo en Nueva York, tras la etapa de Londres y el accidente de Barcelona? ¿Será el trilladísimo tópico de que “el director judío no sabe vivir fuera de Nueva York”? ¿Será esa chorrada mil y una veces oída de que debe ir los lunes a tocar el clarinete con su banda? ¿Será, qué sé yo, que la yuxtaposición interpersonal de su yo neoyorkino sólo encuentra su hueco en la sociedad matriarcal judía de tintes freudianos de la gran manzana?

Respuesta de Woody: “Volví por accidente. Amo Nueva York. Es una ciudad que respira cine y quería volver a rodar en ella. Pero si he vuelto ahora es por culpa de la huelga de actores. Para esquivarla tenía que rodar en primavera en lugar de en verano. Y en primavera mis niños todavía van a la escuela, así que no me los podía llevar conmigo a Europa”.

.…y ya. Punto.

Seguirán mil y un análisis de por qué ésto o por qué lo otro. Denlo por hecho.

2) ¿Odia Woody Allen al mundo? Por qué ha escupido, en el film que nos ocupa, un ser misógino y despreciable? ¿Es un reflejo de lo que Woody piensa del mundo actual?

Pues no: “Si la cosa funciona parte de un viejo guión que Woody Allen escribió a finales de los 70 pensando en el cómico Zero Mostel, con quien protagonizó ‘The Front/La tapadera’ (Martin Ritt, 1976), pero la muerte de dicho actor hizo que aparcara cualquier plan. Hasta hoy. Fue el anuncio de la pasada huelga de guionistas en Hollywood lo que animó al realizador de Brooklyn a recuperar alguno de sus viejos proyectos por si la protesta le afectaba directamente y se veía obligado a rodar una película en poco tiempo. Allen asegura que ha mantenido la historia tal y como la concibió al escribirla y que se ha limitado a retocar los detalles cotidianos de actualidad”.

…y ya. Punto.

3) ¿Es la vuelta a Nueva York y al cine de calidad una señal a los críticos, un “puedo hacer buen cine cuando quiera y aquí estoy para demostrarlo”? El personaje de Larry David incide una y mil veces en que es un genio. ¿Está Woody Allen recordando a los críticos que él es un genio?

Pues no, no lo está haciendo. De hecho, existen pocos autores tan autocríticos con su propio trabajo como Woody Allen. Es más, tanta autocrítica y subestimación de la propia obra llega a cabrear, al menos a quien esto escribe. En otras películas Woody ha incidido en su relación con el público. La más notoria sería Recuerdos, que le valió mil y una críticas por lo que aparentaba ser una burla de su propio público. Woody pretendía expresar todo lo contrario, y de hecho, años después, dedicó el 30% de una genial entrevista televisiva con el crítico de cine de la revista TIME (editada en España en formato libro) a desmontar tales teorías.

Pero no hay forma. Los críticos siguen viendo falsa modestia, presunción y aspiraciones artísticas en su discurso. He llegado a leer entre las críticas de Si La Cosa Funciona que “Woody parece querer decir a los críticos que puede hacer una obra maestra cuando quiera” (¿?).

4) Mi preferido: el análisis formal de los filmes de Allen. La cámara al hombro, persiguiendo a sus personajes por las calles de Nueva York, dando mil y una vueltas a la mesa a la que se sientan, con movimiento continuo, nunca interrumpido ….¿es una extrapolación de la inestabilidad emocional de estos personajes?

La respuesta de Allen es genial y se encuentra en el libro de cabecera para todo aquél que quiera comprender su cine: Conversaciones con Woody Allen, de Eric Lax: el motivo por el que rueda cámara en mano, sin montaje es…la pereza. Sí, la pereza. Si incluyera cortes perdería tiempo durante el rodaje y, sobre todo, durante el montaje.

…y ya. Punto.

En fin, aclarémoslo de una vez por todas: Woody tuvo hace años una voluntad artística. Lo repite una y mil veces en el libro de Eric Lax. Al inicio de su carrera se veía a sí mismo como un proyecto del mejor cómico de todos los tiempos, idea que abandonó con el tiempo, afortunadamente para todos, pues nos hubiera privado de ese pesimismo tan encantadoramente suyo que impregna todos sus films. Posteriormente se obsesionó con los grandes directores europeos, Fellini, Bergman o Fritz Lang, imitándolos en ocasiones burdamente (Recuerdos, Interiores, Sombras y Niebla) y, si bien nunca consiguió realmente integrar la obra de estos directores en su discurso, sí se aprecia en muchas de sus primeras películas “serias” (de Annie Hall en adelante) una estilización de la imagen, una voluntad de poner la cámara en el ángulo preciso en el instante preciso. El mejor exponente de esto seria Manhattan…

Pero posteriormente Woody Allen dejó la estilización y se pasó al churro. A hacer películas como churros, se entiende. Una película al año, como siempre, pero descuidando cualquier detalle formal y técnico y dejando todo en manos de su guión y de los actores. Con mejor y peor resultado, saliendo siempre adelante gracias a un enorme talento natural…pero sin esforzarse demasiado.

¿Por qué? Porque con el tiempo se ha vuelto una persona tremendamente nihilista, y ha extrapolado ese nihilismo a su cine. Su cine no le importa, le basta hacer una película al año con más o menos ganas y, si la cosa funciona, la gente irá a verla, se recuperará la inversión y se ganará la confianza de algún productor para hacer otra película el año que viene. Su último film es una manifestación con letras de neón gigantes y señales de humo de esta actitud ante la vida. Pero eso no impide que los críticos sigan dando la marrana con elucubraciones mentales sobre el huevo y la gallina.

Podemos ya empezar la crítica:

Continúe leyendo – Si la cosa funciona

Popularity: 13% [?]


  • Facebook
  • Twitter
  • Meneame
  • del.icio.us
  • Google Bookmarks
  • LinkedIn
  • MySpace
  • Ping.fm
  • PDF