
El Árbol de la Vida (The Tree of Life, 2011), de Terrence Malick
¿Por qué existe el Sistema Internacional de Medidas? ¿Y los otros sistemas de unidades? Porque el ser humano precisa de patrones con los que comparar y valorar sus observaciones. Partimos de una unidad y deshilachamos nuestro camino hasta llegar a un patrón. Así, podemos medir la distancia en millas, pasar de millas a kilómetros, y de kilómetros a metros. Pero, ahora bien, ¿qué es un metro? La definición científica dice que es la longitud del trayecto recorrido en el vacío por la luz durante un tiempo de 1/299792458 segundos. Muy bien, pero, ¿qué es un segundo? Y así podemos seguir.
Ocurre lo mismo con el cine. Apreciamos las películas en base a patrones previamente instalados en nuestra retina, pero conviene no equivocarse de unidad de medida, no medir la presión atmosférica en euros ni en manzanas: “Me gustó más The Fast and the furious que El séptimo sello“. Probable en sentido espiritual, pero científicamente erróneo.
El desconcierto en que El Árbol de la Vida parece haber sumido a gran parte del público puede estar, en parte, provocado por el hecho de que se trate de un “film” (si es que se ajusta a tal definición) que no nos deja más patrón de medida al que agarrarnos que 2001: odisea en el espacio. A primera vista puede parecer, incluso, que Terrence Malick haya sacado la escuadra y el cartabón, diseñado los planos, construido los cimientos y levantado su película sabiendo que su metro, su patrón de medida, era el film de Kubrick. Que las marcas de su cartabón se basan en la longitud del trayecto recorrido en el vacío por la luz durante un tiempo de 1/299792458 aproximaciones de Kubrick a la Ciencia Ficción. Y ha llegado incluso a contratar al mismo arquitecto (Douglas Trumbull, co-responsable de los efectos especiales de 2001) para diseñar el aspecto visual de la parte menos terrenal de la película. El espectador más malicioso puede incluso ver en el film de Malick un simple “aún más allá” de la odisea de Kubrick: “¿Qué él se remontó a los simios? ¡¡¡Pues yo a los dinosaurios!!!” Sin embargo, que Malick haya partido del film de Kubrick es algo que ni viene al caso ni resuelve el teorema que es El Árbol de la Vida.
De lo que se trata es de definir nuestro punto de vista: Malick ha partido del metro, sí, y se ha planteado qué es el segundo. Pero ha seguido deshilachando la misma madeja que Kubrick, a falta de patrones, tuvo que seguir: así, se ha preguntado después qué es la luz, luego qué es el vacío, por qué la luz viaja en el vacío, el porqué de ese viaje, de ahí ha llegado al Big Bang y en ese momento ha pretendido resolver el clásico enigma: “sí pero, si antes del Big Bang el universo era un punto, ¿qué había en torno a ese punto?”. “¿Quién creó el punto?” “¿Y ese quién…qué hace desde entonces?” Y así sucesivamente.
No son preguntas nuevas, pero el hecho de que desfilen por la pantalla nos indica que, para criticar El Árbol de la Vida, conviene ajustar nuestro gran angular a la dimensión de lo que se observa. Lo que Malick ha pretendido hacer no es una creación cinematográfica, sino La Creación, en mayúsculas. No ha adaptado el Génesis, ha pretendido, cual Pièrre Menard, olvidar que el Génesis estaba escrito… y escribirlo él. Eso es moralmente, espiritualmente, ¡hasta cinematográficamente!, criticable. Y es que jugar a ser Dios es una apuesta perdida de antemano, pero la pregunta es por cuánto se pierde. Es ése el valor de nuestra medida, pero una vez transportados a esas dimensiones no terrenales carecemos de una unidad, de un patrón, que nos permita dar magnitud a ese “por cuánto”. Por eso nos movemos sólo en términos de fe, en nuestra fe en que lo que Malick ha puesto en pantalla sea espejo de nuestra visión del Universo. Y ahí empieza el juego: El Árbol de la Vida se convierte en “Aleph”. No en película, sino en todas las películas, en todas nuestras películas, a la vez. Y en espejo multi-reflectante de todas nuestras visiones de la vida.
Por eso puede gustar más o menos. Incluso gustar más Y menos. A veces la vida es el sonido lejano de olas rompiendo en la noche; o la luz del alba y el rocío; pero otras veces es el pasajero de enfrente del autobús sacándose roña de los oídos. Todo, lo bello y lo menos bello, está en El Árbol de la Vida. No valen los patrones tradicionales de nuestra retina cinematográfica: “No me gustó El Árbol de la Vida porque no era entretenida”. Cierto, pero: ¿es entretenida una puesta de sol? ¿Es entretenido ver cómo se seca el suelo recién fregado? Sólo vale nuestra visión, nuestras visiones, analizables en cada millonésima de segundo, en esos parpadeos en que no sabemos si Malick hace elocuencia del misterio de la vida o sólo pasa las páginas de un manual barato de autoayuda. Parpadeos a los que suceden y sucederán otros parpadeos y percepciones.
Se puede achacar a Malick (y a Kubrick) que existen aproximaciones al tema más digeribles, y más divertidas. Pero éstas permiten contar algo parecido, no igual. Porque Woody Allen decía en Annie Hall que Brooklyn no se expande, y el Waco, Texas, en que Malick sitúa a Brad Pitt y su familia tampoco. Pero el empeño es diferente. Allen sitúa a sus actores en un plató con el fin de hacernos reír. El divinizado Malick, en cambio, tiende la cuerda para medir el Universo y se dota de todos los atributos que le ofrece su posición: crea a sus criaturas y sitúa a Sean Penn, actor y personaje, en el mismísimo limbo, donde no se sabe si el actor actúa o vaga, si el personaje vive o muere.
En el libro de Job, éste se rebela contra el sufrimiento y el silencio de Dios tras haber sufrido todas las penalidades posibles. Dios le recrimina haber emitido juicios sobre la naturaleza del Universo sin haber asistido a su creación: “¿Dónde estabas cuando yo fundaba la Tierra? (…) ¿Quién fijó sus medidas? (…) ¿Quién tendió sobre ella la cuerda para medir?”. Al final, Job responde: “Sí, yo hablaba, sin entender, de maravillas que me sobrepasan y que ignoro”. Es mundo ha sido creado por el Señor, y no corresponde al hombre juzgar sus caminos.
Hacia el final de El Árbol de la Vida, el personaje de Brad Pitt se disculpa con su hijo: “En ocasiones he sido bastante duro contigo”. A lo que el hijo (Jack O’Brien se llama) responde: “Es tu casa. Puedes hacer lo que quieras”
Y al final del film, los espectadores, humildes y (posiblemente) algo sufridos, podemos aceptar que Malick puede hacer lo que quiera y que no nos corresponde juzgar lo insondable de sus muchos caminos. Pero también podemos rebelarnos. Cuestión de fe.



