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Wall-E (2008)

Wall-E

Wall-E, de Andrew Stanton (2008)

He vuelto de vacaciones hoy. Nueva York mola. Mucho. Más que la primera vez. Esa sensación de tiempo congelado, de callejear entre clásicos, que si el Radio Music City Hall por aquí, que si el Empire State por allá, que si el bar de Seinfeld que sorprende a la vuelta de una esquina (lo encontré por sorpresa en West Harlem, en la 112th con Broadway), que si el puente del Manhattan de Woody Allen (el banco no está), etc.

Se siente uno como en casa paseando entre la memoria colectiva del mundo; y piensa: “que no nos cambien Nueva York, que la dejen como está, que no metan nada nuevo”.

Algo así como LMA. Ronnie James Dio murió hace tres semanas, pero oiga, que no nos cambien la portada, porque total, no ha pasado nada. ¿Qué es un Primavera Sound para sacarnos del pasmo?

¡¡Copones!! Hordas de ávidos lectores esperan con ansia vuestras crónicas de los modernillos tocabaterías del Guitar Hero y vosotros ahí, indiferentes mientras se comen las uñas, sufren, buscan y no, oh no, no encuentran el conocimiento.

Me propongo dar ejemplo y escribir ahora mismo de lo que se me ocurra. Y lo que se me ocurre es que dejé aquí colgando un ciclo Pixar a falta de dos películas: Wall-E y Up.

Aún no he visto Up, pero vi Wall-E hará un mes. Y la recuerdo entera. Buena señal, como siempre.

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Tocar e irse: Ratatouille

Ratatouille_Poster

Ratatouille, de Brad Bird (2006)

Siguiendo con el ciclo Pixar en Las Malas Artes.

Ayer después de comer fui al cine (cosas de las vacaciones) a ver The Road y salí con la misma sensación de crudeza y “bocamarga” con la que te deja esa pedazo de novela de Cormac McCarthy. Buena adaptación de la que espero prometido post de Jos como agua de mayo (sin ceniza).

Por la noche seguía con esa sensación incómoda materializada en la absorbente música de la pelicula, que no me quitaba de la cabeza. Y como parece que el prometido fin del mundo de libro y film puede esperar, o al menos no ocurrirá esta semana y jamás de 9 a 18h, decidí que al menos por un día era posible desconectar y hacer como si no ocurriera nada o como si esa novela no nos apuntara a todos con el dedo, hipnotizándonos con él, y posteriormente desplazando ese dedo (y a nuestra mirada tras él) para señalarnos la mayor putrefacción, involución y desesperanza posibles. En resumen, que me enrollo: que me quité la música (y el dedo) de la cabeza viendo Ratatouille, postergando el fin del mundo para momentos más soportables y adaptados a la situación, copa y puro en mano a ser posible:

Entretenimiento de primera, comedia más que aceptable este Ratatouille. Nuevamente el mensaje es difuso y la acción bastante predecible, pero el divertimento es de primer orden gracias a sus personajes principales: el ratoncillo Remy y el pimpollo humano (Linguini) que acaba convirtiéndose en su amigo.

En cuanto a los secundarios, los hay mejores y peores: sobresale ese crítico culinario (Anton Ego -¿qué genio pone los nombres a los personajes de Pixar?) al que pone voz Peter O’Toole (con lo que aprovecho para volver a aconsejar ver estos films en versión original), y que en el mejor y más delirante diálogo del film pide al camarero que le ponga de primer plato un poco de perspectiva.

La “chica” del film (Colette) es un personaje menor, algo antipático y roñoso. No nos creemos su relación con el protagonista. Del chef originario del restaurante lo que más nos gusta es, nuevamente, el nombre: Gusteau. En cuanto a Skinner, el nuevo chef y archienemigo de Linguini, nos invade un déjà vu de que ya hemos visto personajes parecidos en mil películas de dibujos, el típico enemigo del protagonista siempre condenado a salir perdiendo. En cuanto a la colonia de ratas, funciona excelentemente como contrapunto cómico a Remy y sus ansias de renunciar a su naturaleza de roedor comebasura.

En resumen, si bien me parece por debajo de otros films de Pixar, se agradece la idea de hacer una comedia de trompazos al más puro estilo slapstick entre fogones. Es agradable y divertida, y permite desconectar de The Road y su prometido fin de ciclo. Por lo menos hasta que llegue su post.

Hablado de fines de ciclos: menos dos para acabar este ciclo Pixar. Wall-E, Up y fin.

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Tocar e Irse: Cars

Cars Pixar

Cars, de John Lasseter y Joe Ranft (2006)

Seguimos con el ciclo Pixar en Las Malas Artes.

Ya dijimos por aquí que lo que en algunos films de Pixar existen, como parches impuestos/heredados de Disney, ciertos toques espúreos de moralina innecesaria que, como manchas en superficie, deslucen en parte la genialidad de estos films sin llegar nunca, eso sí, a arruinar la fórmula Pixar. Cual aceite sobre el agua, ese toque cursi moralizante jamás consigue apoderarse del film, porque éste fluye mejor y más rápido.

Y quizá el mejor ejemplo de esta reacción o falta de quimica entre ambos discursos sea Cars: no hemos visto, hasta hoy, otro film de Pixar cuyo discurso sea menos sutil, más torpemente evidente, presuntamente educativo e idealizante que éste: ahí está esa moraleja de “para qué quieres el éxito si ya tienes la amistad”, esa crítica a la cultura de la competitividad, al egocentrismo; esa filosofía de postín, moralmente intachable…pero enormemente previsible.

Por eso en Cars vamos siempre por delante de la acción, y siempre sabemos (sobre todo en la última media hora) lo que ocurrirá en la escena siguiente; la experiencia adquirida nos previene incluso de la próxima canción coñazo de Randy Newman que se agazapa a traición a la vuelta de la esquina.

Sí, la moralina luce abrillantada y encerada en Cars. Pero, sin embargo, Cars nos ha gustado:

Por conseguir el milagro de que un film tan previsible y con una duración inusitada para el cine de dibujos (¡112 minutos!) entretenga de principio a fin.
Por el excelente diseño de personajes, marca de la casa.
Por la reivindicación de la ruta 66 y la cultura americana de la carretera.
Por ser la última aportación al cine de un gigante de la talla de Paul Newman, que aquí dobla a Doc, ese coche que en su día fue campeón de carreras (el propio Newman corrió la Nascar Race varias veces).

Ésta última es una excusa perfecta para reividicar lo que no debiera hacer falta reivindicar: vean los films de Pixar en versión original, ganan muchos enteros. En el caso que nos ocupa será fácil convencerles: piensen que Paul Newman figura entre los dobladores originales, mientras que entre los españoles tenemos a Pedro Piqueras, Hilario Pino, Lorenzo Milá, Pedro Martínez de la Rosa (Fórmula 1) y los pilotos de rallies Dani Sordo y Nani Roma. Ahora díganme si no vale la pena verla en VO.

Ah, y las canciones no las canta Randy Newman en la versión española, sino El Sueño de Morfeo. Ah bueno, ahí estamos empatados. No vale pues. Cruci.

Menos tres para cerrar el ciclo Pixar: Ratatouille, Wall-E y Up. Primero debo hacerme con ellas; mi DVD no sabe lo que es un blurrays y sólo me las han ofrecido en ese marrrrrdito formato. Veremos.

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Toy Story 2

toystory2

Toy Story 2, de John Lasseter, Lee Unkrich y Ash Brannon (1999)

Seguimos con el ciclo Pixar en Las Malas Artes.

No defrauda Toy Story 2. Es una digna continuación de Toy Story. Plantea conflictos interesantes, y aunque no resuelve todos, dejando flecos descaradamente en pos de una tercera parte (ya en ciernes, por supuesto), el viaje vale la pena igualmente.

La construcción de la historia es (a priori) simple: si en la primera parte era Buzz Lightyear el que recibía noticia de su origen y condición, aquí será Woody quien descubra ser un juguete de coleccionismo. Si en la primera era Buzz el que se perdía y Woody el que acudía al rescate, aquí las tornas se cambian. Pero esta aparente simpleza es sólo fachada: el guión, por debajo, vuelve a ser de hierro.

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Tocar e Irse: Bichos

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A Bug’s Life, de John Lasseter y Andrew Stanton (1998)

Siguiendo con el ciclo Pixar en Las Malas Artes, lamentamos decir que Bichos (segundo largometraje de Pixar animation, realizado entre Toy story 1 y 2) sólo da para un Tocar e Irse.

Es flojo, previsible, carente de chispa, infantil en el peor sentido de la palabra y, sobre todo, aburrido.

Flojo porque no sentimos empatía hacia ninguno de sus personajes, empezando por ese protagonista (Flik) tan cargante que nosotros, al igual que el resto de hormigas, también estamos deseando echarlo del hormiguero.

Previsible porque es la historia mil veces vista de amos (los saltamontes) y esclavos (las hormigas) en espera de un líder que comande la revuelta. Ese líder no es Kirk Douglas, no, es el pimpollo de Flik. Estúpidas hormigas…

Carente de chispa porque cada vez que el film parece levantar el vuelo la cosa cae en la previsibilidad más absoluta.

Infantil porque no parece un film de Pixar, sino 100% Disney en su peor versión.

Y aburrido porque sus 80 minutos trascurren en el doble de tiempo que los 100 de Los Increíbles o Nemo, por ejemplo.

Pixar nos tenía tan acostumbrados a la excelencia que no podemos sino buscar una justificación, cualquiera. La hemos encontrado: un contrato con Disney firmado en 1991 por el que Pixar (entonces medio en quiebra) se comprometía a rodar tres largometrajes para Disney, siendo el primero Toy Story y el segundo el que nos ocupa.

Y tenemos motivos fundados para pensar que Lasseter no hizo el film que quería. Y es que Bichos no soporta comparaciones con los cortos de Pixar de la época: Geri’s Game o For the Birds. Sobre todo con el primero.

Menos cinco para terminar de ver por primera vez el catálogo Pixar: Toy Story 2 (la tercera del contrato, uf) y luego Cars, Ratatouille, Wall-E y Up (de éstas hay mejores referencias).

Seguiremos informando.

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Buscando a Nemo

Finding Nemo

Finding Nemo, de Andrew Stanton y Lee Unkrich (2003)

Seguimos con el ciclo Pixar en Las Malas Artes. Como ya dije por aquí, me acerco a Buscando a Nemo con reservas, toda vez que el espectador aleatorio me indica que en este film el lastre Disney luce más que en ningún otro de Pixar. Cito: “El toque Disney se vio en ‘Buscando a Nemo’ donde la historia familiar se acrecenta y donde la moral de ’soy un pequeño lisiado, pero seré el capitan del equipo de Fútbol’ está más presente”.

Efectivamente, el toque Disney está ahí, con ese pececillo que se enfada con papito porque éste no confía en su capacidad de nadar solito. Y papito lo busca y lo busca, y cuando lo encuentra ha de demostrarle que sí confía en él para que el pececillo al final de diga “papito, te quiero mucho”. Es el final mil veces visto de ese subgénero cruel llamado “Cine familiar”: ese clásico final en que la película termina no sólo por acabar la historia, sino también porque la mermelada y el merengue impiden a la tira de celuloide seguir avanzando en el proyector.

Sí, todo ese almibar está en Nemo, existe. Y es un lastre.

Pero varios golpes de genio permiten que el festival marítimo que finalmente es “Buscando a Nemo” suelte ese lastre, leve el ancla, ice las velas y navegue viento en popa:

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Los Increíbles

The Incredibles

The Incredibles, de Brad Bird (2004)

Seguimos con el ciclo Pixar en malasartes. Tercera de la lista: Los Increíbles.

Como ya dije por aquí, el prólogo de Los Increíbles es excelente. También lo son los 30 siguientes minutos, con la presentación de esa familia de superhéroes condenados a vivir escondidos y mezclados entre la mediocridad común. Con ese marido (Mr Increíble) que odia su nueva vida y sólo respira aire cuando sale por las noches con su colega Frozone a salvar vidas a escondidas, aunque a veces sea descubierto por su irritada mujer (Elastigirl). Hilarante ver cómo ésta no le huele el aliento al llegar a casa, sino que le revisa los hombros en busca de escombros. Nuevamente, como en Monsters Inc. (con aquellos monstruos que temían a los niños), las situaciones cómicas se basan en la inversión de lo establecido.

Pero el caso en que en estos primeros minutos Los Increíbles es de todo salvo una película para niños. No sólo por la ausencia de canciones (gracias, por dios), sino por presentar un conflicto con algo de enjundia entre ese matrimonio: ella supedita todo a la familia, ha olvidado su pasado como Elastigirl, para ella no deja de ser una época de diversión juvenil como cualquier otra. Abraza una vida familiar monótona y conformista, obligando además a sus hijos a no comportarse como superhéroes, sino como “niños normales”. Él, en cambio, ansía recuperar el esplendor de su juventud antes de que sea demasiado tarde. Si ella fuera Annette Bening y él Kevin Spacey estaríamos hablando de American Beauty.

El discurso no es nada Disney y, de hecho, plantea situaciones interesantes con indisimulada sorna: en el mundo de los superhéroes, como en el nuestro, existe el debate de si se debe supeditar el bienestar del individuo a la seguridad común, y es finalmente el individualismo el que triunfa (por medio de particulares que sacan dinerillo con esa costumbre americana de forrarse ganando pleitos).

También hay diálogos interesantes, como esa discusión en la que el padre rechaza pedir a sus hijos que oculten sus superpoderes, y se niega a felicitarlos por la mediocridad (”¿Graduación? ¡Sólo ha pasado de cuarto a quinto curso!”), cual padre de hijo de la ESO indignado por tener que felicitar a éste por pasar curso con tres.

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Toy Story

Toy Story

Toy Story, de John Lasseter (1995)

Años eran, años, los que llevaba oyendo eso de “deberías ver las películas de dibujos que se hacen ahora, ya no son lo que te esperas”. Años ignorándolo. Hice un amago el año 2000: vi Shrek. “Te morirás de risa”. Pues no. La vi en una sala de la facultad de teleco (¿será por eso?) con todo el público con los pies para arriba cuando un burro decía una frase de Cruz y Raya y una princesa hacía una patada de Matrix. Y yo ahí, de hielo. Ni puta gracia, que se dice en claro. Y preguntándome si me pasaba algo serio (aparte de lo de teleco).

La experiencia Shrek fue tan traumática que durante 10 años he evitado conscientemente caer en la misma trampa. Ha sido fácil: no tengo hermanos pequeños, ni sobrinitos. Con los amigos era sencillo: “esas chiquilladas para vosotros, a mí llamadme cuando salga la de Clint”. Y lo hacían. Qué majos.

Y me preguntaba si el virus shrekesco de sala de cine telequil había contagiado a toda la crítica española. Qué digo española, mundial: de repente los pijoteros de ir al cine con boli y libreta, esos mismos que hoy lloran la muerte de Rohmer, se deshacían por el nuevo cine de animación, alabando no sólo a Shrek, sino (sobre todo) al gran contendiente de Dreamworks Animation: Pixar. Decían: “la comedia había muerto hasta que llegó Pixar”. “Si algo ha aportado el cambio de siglo a la historia del cine, ese algo es Pixar”. Y Pixar por aquí, por allá, recogiendo premios en el Festival de Venecia a la trayectoria cinematográfica y obligando a la Academia a crear el Oscar al mejor film de animación entre voces discordantes que pedían aún más: que Pixar compita de tú a tú con Clint en el apartado de mejor película!!. Tamos locooos?? Y yo pensando: “¿Qué dirá Clint de esto?”. ¿También él dirá: dejadme de Nemos y llamadme cuando salga la mía?”. Me lío.

Me veía muy solo, así que activé el mecanismo de defensa. Lo típico: eso no es cine. El cine se hace en un estudio con script, luces, cámara y acción, y no en un sótano con PC, ratón, camisa hawaiana y Tolkien en la estantería.

Y esta cerrazón ha durado 10 años.

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Monstruos S.A

Monsters S.A

Monsters, Inc. de Peter Docter (2001)

Siguiendo con el tema Pixar.

Tras empezar a ver por primera vez todo el catálogo de esta gente con los primeros cortos y Toy Story, ayer vi otro largometraje de Pixar, el segundo en mi lista: Monstruos S.A (Monsters Inc. 2001).

La primera hora me pareció deslumbrante. La presentación de personajes y del escenario, excelente. Los gags, muy logrados. Los homenajes, acertados. Y es que cada vez me gustan más los homenajes de esta gente: tanto el de Toy Story a La Parada de los Monstruos (con ese dormitorio oscuro y sórdido de juguetes deformes) como el de ayer con ese restaurante llamado Harryhausen (en honor a uno de los padres de los efectos visuales en el cine).

Lo único que no me gustó de esta primera hora fue el pistoletazo de salida a la historia de la niña: cuando el amigo mono-ojo (Mike) le pide al monstruo azul que revise sus informes, creí que el malentendido por el cual la niña se colaría en el mundo de los monstruos sería el hecho de que el monstruo azul se equivocaría con los informes y metería un “Do not scare” en la lista de niños a asustar. Eso daría un poco de fuste y justificación al personaje del amigo Mike, responsable de dichos informes y hasta entonces (y durante toda la peli) bastante cojo y mera comparsa estilo Disney; a partir de ahí y del contexto de ese personaje la historia se desencaja bastante. Me explico:

Por desgracia en la segunda hora se suceden giros de guión algo discutibles, y todos derivan en parte de ese personaje y su contexto:

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Tocar e Irse: Pixar – Primer Corto

Pixar Actualmente no se podría entender el mundo de los dibujos animados, al menos en la parte occidental del mundo, sin la oportación con la animación por ordenador que introdujo Pixar en los 90 con Toy Story.

Buenas Historias y gran trabajo de Animación, mirese las última Up, y Wall-E, que han conseguido que las peliculas de animación no se una cosa solo para niños. Pero como todo tiene un principio y ese principio fue en 1986 cuando Pixar, productora de animación originaria de Lucas Film, y portanto hija de George Lucas pero también de Steve Jobs, lanzó este primer trabajo. Luego vendría en 1995 Toy Story, que daría en gran salto al largometraje, y al exito. Pero Luxo, la lampara, queda todavía como el simbolo de Pixar.

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