Sé que le ha ocurrido. Le conozco. Ha ido al cine a ver el último advenimiento del genio de turno, el último parto mesiánico del director preferido de la crítica, la última obra maestra que le cambiará la vida, le hará ver el mundo con otros ojos (¡y sin gafas 3D!), le guiará en su camino al nirvana y, en definitiva, dejará sus sentidos a punto de nieve. Obnubilados, asombrados, a los pies de tanta magnificencia.
Sí, ha ido usted al cine con esa expectativa y al salir ha dicho: “¿Pero qué coño?”
Las películas sobrevaloradas existen. Por desgracia. Y al día siguiente de su decepción usted ha vuelto a la oficina, no ha encontrado su nirvana en la máquina de café y todo sigue igual.
¿Todo? ¡No!. Vive usted con miedo. Sabe que le basta con mentar en público lo que opina de verdad sobre la excreción que vio ayer para perder su status cultural granjeado a lo largo de los años con gran coste y sufrimiento. No superó la muerte del Beta, del VHS y del DVD para esto. No, usted se merece algo mejor.
Usted nos necesita.
Las Malas Artes Obra Social tiene el placer de indicarle qué películas están sobrevaloradas. Para que gente como usted no sufra y sus autores paguen por lo que le han hecho. Estará de acuerdo con nosotros, no lo dude. Y si no estuviera de acuerdo, le remito gentilmente a nuestro ideario particular.
Allá vamos:
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Cidade de Deus, de Fernando Meirelles (2002)

