En 1939 una cantante llamada Vera Lynn publicaba una cancioncilla (We’ll meet again) para animar a las tropas británicas durante la Segunda Guerra Mundial. Para seguir el post no hace falta oírla entera, bastan los primeros segundos:
La letra es todo almíbar, buenas intenciones y dulzura algo estomagante considerando el momento y el lugar; y es que estaremos de acuerdo en que irse al mayor conflicto de la Historia y tener que oír:
We’ll meet again, don’t know where, don’t know when
But I’m sure we’ll meet again some sunny day
Keep smiling through, just the way you used to do
Till the blue skies chase the dark clouds far away.
Now, won’t you please say “Hello” to the folks that I know
Tell ‘em it won’t be long
’cause they’d be happy to know that when you saw me go
I was singing this song.
We’ll meet again, don’t know where, don’t know when
But I’m sure we’ll meet again some sunny day.
….produce, en perspectiva, un poquito de pena y una pizca de sarcasmo y humor negro, vista la que cayó.
La canción es, pues, un truño, estamos de acuerdo. Interesante por el contexto histórico, el folclore de la época blablabla… pero, ¿alguien tiene hoy en día “Suspiros de España” o “Ay Carmela” en el Ipod? Pues sigamos:
Bien, ¿es posible que un descomunal brote de ingenio coja una cancioncilla como ésta y la haga, no ya grande, sino gigante, y que la imprima para siempre en la retina de la memoria?
Sí, es posible. Lo consiguió Stanley Kubrick al final (espoiler) de ese descenso a los infiernos del humor más negro, de ese puñetazo en la cara en forma de realidad disfrazada de farsa, de ese proyecto de mejor comedia de todos los tiempos (la intención de cada proyecto de Kubrick parecía siempre hacer la obra más grande de su género, y aquí casi lo consiguió), de ese, en definitiva, liberador descojone permanente llamado Dr. Strangelove .
El brote de ingenio en cuestión consiste en el siguiente espoiler:
Al final, rusos y americanos, conscientes (e indiferentes) al hecho de que finalmente han conseguido destruir el mundo, deciden comenzar a tratar el asunto importante: la vida de los supervivientes en las cuevas, en las que se desarrollará la reproducción en masa “gracias a hembras que serán seleccionadas en base a una serie de atributos”. El delegado ruso en el Pentágono continúa haciendo fotos a escondidas para preparar la próxima contienda una vez se salga de las cuevas, mientras el general Turgidson indica a Presidente de EEUU: “¿Y si los rusos almacenan algunas bombas en las cuevas y nosotros no??”. En ese momento Peter Sellers se levanta de su silla de ruedas, grita el memorable “¡¡Mein Fuhrer, puedo andar!!”, y Kubrick cierra el film con el fin del mundo….y la canción de Vera Lynn:
El impacto de la imagen con la letra es delirante: el fin del mundo es indiferente, un accidente en el camino. Resurgiremos de nuestras cenizas y seguiremos con la contienda como motor de vida.
Hoy sabemos que el brote de ingenio le vino a Kubrick a última hora, durante el montaje. Menos mal: la escena final prevista inicialmente era una patética (por falta de gracia) pelea de tartas en el Pentágono que llegó incluso a rodarse. Afortunadamente Kubrick salvó la película a última hora. Es lo que tienen los brotes de ingenio.
Pero el caso es que la cancioncilla de Vera Lynn no sólo tuvo un golpe de suerte en este caso, sino que sigue su afortunado camino hasta nuestros días.
Y es que parece tocada por la gracia; digo esto porque Johnny Cash la eligió para cerrar su último álbum publicado en vida: American IV: the man comes around. Se publicó en noviembre de 2002. Meses después, Cash moría.
Y claro, uno escucha esto ahora, en perspectiva, y se olvida de Vera Lynn, del almíbar, de la cancioncilla y hasta de la Segunda Guerra Mundial:
En fin.


