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Tulsa – Espera la pálida

Tulsa - Espera la pálida

Tulsa - Espera la pálida

Subterfuge – 2010
4/10

El segundo disco suele ser la prueba que se pide a todo grupo prometedor para demostrar que de verdad valen. Una banda normal se tira años ensayando y creando canciones para grabar su primer disco, pero si éste tiene éxito y quieren seguir en boca de la gente, tienen que darse prisa en juntar otras 10 canciones y sacar rápido el segundo. Esto a veces no tiene tanto que ver con el artista como con la discográfica, que pretende aprovechar los esfuerzos de marketing hechos para promocionar el primer disco, pero claro, el artista se ve obligado a revalidar su trabajo creador en un tiempo récord.

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Muse – The Resistance

Muse - The Resistance
Muse – The Resistance

Warner Bros – 2009
3/10

Documento encontrado entre unos papeles tirados en el portal de mi casa en noviembre de 2009.

La música que más me gusta
Una redacción de (el nombre del chaval está emborronado) – 2º de ESO – B

Este año he descubierto cuál es la música que más me gusta: en octubre, mi hermano mayor me compró el último disco de Muse. Se llama “The Resistance” y es una especie de alegoría de cómo tenemos que ser fuertes y luchar contra todo aquello que no nos deje ser nosotros mismos.

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The Antlers – Hospice

The Antlers - Hospice (2009)

The Antlers - Hospice (2009)

Frenchkiss – 2009
9.1/10

Tengo una resaca del infierno. Hoy es día de desfile militar y resuenan los aviones por encima de mi cabeza, como si estuvieran a punto de soltar una bomba H sobre mi cerebro. Me encanta el olor a Napalm quemando neuronas por la mañana. Pienso en que debería escribir algo sobre The Antlers, que se me están resistiendo y me doy otra vuelta en la cama.

Hacía ya años que no me enganchaba a un disco conceptual. Las prisas de esta vida moderna no nos dejan tiempo más que para volar por encima de los discos, uno tras otro. Ojo, utilizo la etiqueta “conceptual” por desdén, la verdad, porque a lo que realmente me refiero es a los discos que te cuentan una historia, de principio a fin, no a los que giran alrededor de un concepto. Ahí sí que hay muchos ejemplos en la historia reciente de la música (Sufjan Stevens, Arcade Fire, Bon Iver, Grandaddy…). Para el primero de los tipos (llamemosles discos-historia), me tengo que remontar al Downward Spiral de Nine Inch Nails, donde Trent Reznor nos contaba la historia de un hombre atormentado que camina por su propia espiral descendente, entre la autodestrucción, la frustración y el odio, hasta ¡bang! pegarse un tiro en la cara, dejando antes una escalofriante nota de suicidio.

Pues bien, nada menos que 15 años después (sí, amigos, sí… nos hacemos viejos), me encuentro atrapado en este disco, sin poder salir.

Hospice es un disco jodido. Muy jodido. No recomendado para gente en horas bajas. O tal vez sí, para ver que se puede estar ahí, en la mierda, y salir. Que la luz que se filtra entre las rendijas de las persianas viene de ahí fuera. Y que ahí fuera es intensa. Pero claro, eso no lo aprendemos en el disco. Lo sabemos porque Peter Silberman, el creador de The Antlers, sigue ahí, dando conciertos y viviendo. La historia les recordará a la del disco de Bon Iver: después de un acontecimiento sobre el que no hay demasiados detalles, un tío barbudo se encierra en su apartamento de Brooklyn, evitando todo contacto con conocidos o amigos, es decir, en completo aislamiento social, durante -atención- un año y medio. Pasado ese tiempo emerge de la oscuridad con un disco entre las manos.

El disco tiene un poco de Bon Iver, sí, pero también tiene un poco de Arcade Fire (y no sólo por la temática fúnebre), y de Múm, como les contaremos más abajo. Es lento, oscuro y con una carga emocional a veces excesiva. Algunos dirán que impostada y falsa, pero yo no he podido encontrar la falsedad en todo esto, qué quieren que les diga. Inténtenlo y comenten.

Hasta aquí, lo que sería la reseña normal. Estén contentos de que haya sabido resumir el disco en dos líneas. Les recomiendo, en cualquier caso, enchufar los altavoces, ir a Spotify y seguir el disco con nosotros. Metan en su mochila el disco y una guía para entender lo que murmuran The Antlers en sus canciones. Y cuidado: a partir de aquí, spoilers.

—————————————————————————–

El disco cuenta la historia de una persona (supuestamente Silberman) que trabaja en el hospital Sloan-Kettering de Nueva York, donde conoce a Sylvia, una niña con cáncer de huesos. La descripción de la niña, en un estado de desesperación y frustración enfermizo, nos pone la piel de gallina. Desgraciadamente, desde el principio sabemos como va a acabar la historia. En “Kettering“, la segunda canción del disco, nuestro protagonista conoce a Sylvia:

You said you hated my tone, it made you feel so alone
So you told me I had to be leaving.

But something kept me standing by that hospital bed
I should have quit but instead I took care of you.

You made me sleep and uneven, and I didn’t believe them
When they told me that there was no saving you

La fiereza del tramo instrumental después de estos versos nos recuerda a los islandeses Múm. Hay algo de ese post-rock orgánico en las canciones de Antlers, aunque también hay algo de Godspeed You Black Emperor, algo de Arcade Fire y algo de la voz de Bon Iver.

Y entonces, cuando tenemos claro que durante la siguiente media hora vamos a presenciar la lenta muerte de una niña en un hospital, hay un giro inesperado en “Atrophy“. ¿A quién habla Silberman aquí? En lo que parece la descripción de la lenta destrucción de la relación de pareja del protagonista, los sentimientos de culpa y desesperación se suceden, seguidos de la fenomenal “Bear“, todo un himno pop, en la que la pareja decide abortar, no porque no puedan mantener al niño, sino porque tienen miedo de su propia relación:

There’s a bear inside your stomach, the cub’s been kicking you for weeks
And if this isn’t all a dream, well then we’ll cut him from beneath.

Well we’re not scared of making caves or finding food for him to eat,
We’re terrified of one another and terrified of what that means.

¿Cuál es la relación entre esta historia y la de Sylvia? ¿Es Sylvia una mórbida proyección de la relación de Silberman con su novia? ¿Es su muerte la muerte de su matrimonio? ¿O son dos historias paralelas que influyen una sobre la otra de manera imparable? En “Thirteen” es Sylvia la que habla, tras una soberbia introducción instrumental, arrugándonos el corazón cuando la oímos suplicar “Pull me out… Pull me out… Can’t you stop this all from happening? Close the doors and keep them out”. Aunque no sabemos qué Sylvia es.

Two” es, con el permiso de “Bear” el mejor tema del disco. Aquí llegamos a otro punto de inflexión en la historia, cuando los médicos confirman a nuestro protagonista que Sylvia va a morir. La letra salta entre su relación con la niña y la relación con su novia hasta el “momento-pelos-de-punta”, cuando escuchamos la fina voz de Silberman cantando “Well no one’s gonna fix it for us, no one can. You say that, ‘No one’s gonna listen, and no one understands.’ So there’s no open doors and there’s no way to get through, there’s no other witnesses, just us two.”.

A partir de aquí, la oscuridad del disco llega a su punto cumbre en “Shiva“, donde como pueden suponer, Sylvia muere y el protagonista de Hospice entra en su proceso de aislamiento, al recibir de la niña su enfermendad y convertirse en su huésped: una transmutación de la imposibilidad de vivir, un intercambio de cromos si quieren o, como subtitulan los Antlers, un intercambio de catéter, al que ahora se enchufa Silberman, no Sylvia. “Wake” es la descripción de este aislamiento, pero por fin, vemos algo de esperanza entre toda esta mierda de desesperación y soledad. Los coros Arcade Fire del final de la canción (”don’t ever let anyone tell you you deserve that”) nos elevan, aunque sea durante segundos, al cielo.

Y me llamarán loco, pero veo en “Epilogue” cierto optimismo y cariño hacia la historia vivida. Una especie de recapitulación, de lección aprendida, vivencia procesada y utilizada para aprender a vivir. Retomando la melodía de Bear (y la melodía de “Sylvia – an introduction” del EP “New York Hospitals“), The Antlers se sacan de la manga un fin de disco optimista, que la verdad, era lo último que podíamos esperar.

Este es un disco, en definitiva, tremendamente emocional, morboso si quieren, en el que cada canción es fundamental para contarnos una historia. Y sé que me acusarán de fantasear con él como quien fantasea con una película de antena 3 de después de comer. Pero pruébenlo. Y luego me cuentan.

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Wilco – Wilco (The Album)

Nonesuch – 2009
6,5/10

Sabemos que llegamos con unos meses de retraso a esta crítica, pero es que seguimos consternados. ¿Hemos perdido a Wilco para siempre? Ahí les dejamos la pregunta, queridos lectores. En la redacción estamos decepcionados con la última entrega de los de Tweedy. Parece que “Sky Blue Sky”  ha marcado un antes y un después en la carrera de Wilco…

Pero volvamos atrás por un momento…

En el hypeadísimo pero aún así recomendable documental de 2002 “I am trying to break your heart”, la banda nos mostraba el proceso compostivo que les llevó a crear una de las piezas clave del rock en lo que llevamos de milenio: el fabuloso “Yankee Hotel Foxtrot”. De manera abiertamente morbosa se nos enseñaban las rencillas entre los que entonces eran los dos cerebros del grupo: Jeff Tweedy y Jay Bennett y, aunque entonces nos pareció un poco sonrojante y poco creíble el intento de imitación del “Let it be” (filmando piques de patio de colegio entre JT y JB sobre como mezclar la introducción de “Heavy Metal Drummer”), hoy revisitamos la película con otros ojos.

Suponemos que conocen la historia, pero como nos encanta hablar, escribir y hacernos los entendidos, se la resumiremos: Jeff y Jay forman un dúo compositivo, en el que, supuestamente el primero pone las canciones y el segundo la experimentación instrumental que las hace (más) grandes. A Jeff parece que no le gusta el peso que va cogiendo Mr. Bennett en el grupo y acaba echándole del grupo. Delirios, celos y acusaciones delante de la cámara, pero al final, Jay sale de la banda por la puerta de atrás, mientras el mundo coloca a sus ex-compañeros la corona de reyes del rock gracias al álbum que él ayudó a crear. Vaya palo, Jay.

“A lot of times when you’re playing, if you don’t have any kind of sonic landscape behind you, everything kind of turns into a folk song” decía el bueno de Jay en la película. Pero como les adelantábamos, no nos llegó a convencer del todo aquella historia. Quedaba demasiado bien en la pantalla. Además, ninguno de los discos que sacó Bennett tras salir de Wilco demostraban la irrefrenable inquietud experimentadora que se le presuponía.

Como sabrán, Jay Bennett murió en Mayo de este año, poco antes de que llegara a las tiendas el disco que hoy nos ocupa, rodeado de morbosidad de culebrón: días antes de su muerte demandó a Tweedy por impago de derechos de imagen en el citado documental y royalties de las canciones que había ayudado a componer. Todo, al parecer, con el fin de conseguir dinero para una necesaria operación de cadera que no podía pagarse. Una cadera que hizo que una noche se pasara con los calmantes.

Y aquí en la redacción, estamos empezando a pensar que nos equivocamos al no creernos lo que veíamos en aquel documental. Que Jay Bennett era parte fundamental del engranaje de Wilco.

Si “Sky Blue Sky” ya nos pareció un paso atrás (salvando el gran “Impossible Germany”), ¿qué les podemos decir de este disco? Ya lo han leído por ahí, seguro. “Wilco vuelve a sus raíces“. “El sexteto finalmente se siente cómodo consigo mismo“. “Consolidan su estilo con una coherente declaración de identidad“. ¿Se lo traducimos? La palabra es “coñazo”, queridos lectores. Coñazo y autocomplacencia.

Eso sí, siempre hablando en el contexto de lo que son y han sido Wilco. Si otro grupo hubiera grabado este disco, tal vez estaríamos hablando de un álbum notable (o incluso de lo mejor del año… si no me creen, esperen a ver en cuántas listas aparece el Wilco – The Album), pero al igual que las madres no exigen lo mismo a los hijos con sobresalientes que a los hijos con suspenso en matemáticas, nosotros no nos conformamos con este disco. Le quitaríamos la paga a Tweedy y le castigaríamos sin salir.

El primer single del disco, “You and I” es una de esas baladas bonitas “marca de la casa”: los coros de Feist dan en el clavo, haciendo de la canción una amateur declaración de amor de coche bajo la lluvia… convirtiéndola en extrañamente cercana. Lo que pasa es que es tan simplona, que a la tercera escucha empieza a dar algo de repulsión. Preferimos con mucho “One Wing”, en la que retomamos la vieja fórmula Wilco de intensidad sobre un clásico verse-chorus-verse en cuyo preámbulo nos dejamos llevar por la estupenda (como siempre) batería de Glens Kotche.

Y hablando de los músicos… ¿qué pasa con Nels Cline? El que nos maravillaba en directo, aquel del que decíamos que era uno de los mejores guitarristas del mundo… Normal, porque ya se sabe, viene del jazz. Sí, sí, del jazzzzz. Juro que le he visto incendiar conciertos con esos golpes secos tan característicos de su forma de tocar, pero coño… ¿Qué le pasa a su garra? ¿Y qué es eso de clavar dos solos iguales en dos canciones del mismo disco? Comparen ustedes los momentos centrales de Deeper Down y Solitaire y sabrán de qué les hablamos.

Les retamos, ya puestos, a recordar Solitaire durante más de 30 segundos. Si lo consiguen, no hay duda: este disco es para ustedes.

Lo de Black Bull Nova es de lo que más rabia nos da. En lo musical, Spiders (Kidsmoke) nos gustaba más y, la letra… decir que no nos convence es un eufemismo. Menos mal que tenemos piezas como Country Disappeared, en la que recuperamos los estribillos con intensidad o You Never Know, que parece obra póstuma de George Harrison. De esta segunda parte del disco, muy setentera, muy Tom Petty, y en ocasiones, muy facilona, destacamos la directa y sincera I’ll Fight, que sí que convence de que Tweedy va a luchar y matar e ir a donde haga falta… 

Esperemos que sea por hacer, de nuevo, un disco redondo. Nos lo debe. O le dejamos sin paga.

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Phoenix – Wolfgang Amadeus Phoenix

Phoenix - Wolfgang Amadeus Phoenix

Phoenix - Wolfgang Amadeus Phoenix

Glassnote – 2009
7,3/10

Que digo yo que qué pasa en el mundillo desde hace 10 años. Algunos dirán que es el MP3 e internet. Otros que ya no se hace música como la de antes, pero ese argumento no me vale. Lo llevo escuchando durante casi 15 años ya y lo que antes era “mierda de los noventa” ahora son clásicos. ¿O no? ¿No mataríamos por ver a Pavement, Nirvana o los Pixies y sacamos de la cartera billetes de 10.000 pesetas para pagarnos la entrada de Depeche Mode? Porque esos eran grupos, maldita sea. No lo de ahora. Si hasta Chimo Bayo resulta que es un clásico.

La historia de Phoenix en este 2009 me recuerda un poco a lo que lleva pasando durante toda la década. Grupos de quita y pon vienen, apabullan con unas canciones de corte más que correcto y se van por donde han venido. Me da igual que se llamen Killers, Kaiser Chiefs, Razorlight, Maximo Park, Editors… Al final queda claro que lo suyo ha sido chiripa. Chiripa de la buena, de la que te hace bailar, pero chiripa al fin y al cabo. La facilidad con la que Phoenix ha recogido el cetro del grupo número 1 de la escena indie-rock más mainstream (para que nos entendamos, si hubiera habido summercase este año, habrían estado allí y no metidos con calzador en el Primaver Sound), hace pensar que pasará lo mismo con ellos que con los demás. Una lástima, la verdad, porque el hecho de que unos franceses estén enseñando a los anglosajones cómo hacer una música que ellos inventaron, es algo que mola.

Pero echemos la vista atrás durante un momento, ya que a diferencia de los grupos anteriormente citados, los de Phoenix llevan 10 años haciendo música. Llevaban ya 3 discos de estudio y un directo antes de sacar W.A.P. y eso se nota en lo sueltos que se les ve en sus actuaciones en directo y en la consistencia de la grabación de su último disco. Eso sí, no creo que nadie me sepa tararear una sola canción de Phoenix de antes del 2009 que no sea “If I ever feel better“, la que se hizo hiper famosa en España gracias a un anuncio de Lotería Nacional. Su infumable “Alphabetical” (2004) se encargó de erradicar las esperanzas que había dado “United” de que estos tíos eran buenos. Después de esto nuestros franceses sacaron un directo (WTF?) y el discreto “It’s Never Been Like That” que a pesar de ganarse un 8.0 en pitchfork y de contar con algún temazo, no nos consigue convencer.

Y ahora bien, llega 2009 y Phoenix nos mete en su disco una de las que (voy avisando) estará en nuestra lista de las mejores canciones de 2009:

Y ¿por qué estará? Porque Armistice mola. Mola mucho. Cuando Thomas Mars canta “When the lights are coming out and I come down in your room”, tú sacas tus brazos, los pones en posición “Air Guitar” y esperas a la batería. Un truco tan viejo como el rock, que sin embargo ejecutan con maestría. En los otros dos grandes temas del disco: Lisztomania Lasso se repite la combinación de brillantes guitarras y estribillos con personalidad. Y lo más importante: son bailables. Tres singles por derecho propio de los que ya quisieran muchos. El convincente crescendo de Countdown y el contrapunto instrumental de Love Like a Sunset I son suficientes como para considerar muy relevante este disco. Una potente colección de singles del que eliminaré 1901 porque me suena predecible y con poco gancho.

Una lástima que el resto del disco no consiga mantenerse a la altura de  los citados temas. Love Like a Sunset II no hace justicia a su primera parte. Girlfriend y Fences suenan a relleno y Rome se apaga cada vez que parece que va a despegar.

Habrá que estar atentos, pues. Prometen mucho pero si nadie lo impide (sobre todo si ellos mismos no lo impiden), interpretarán el mismo papel que los últimos super-grupos de este milenio. Un lugar en los festivales veraniegos europeos durante los próximos 2 años y luego… a otra cosa.

Quien iba a decirnos en el 99 que la última gran banda de nuestro tiempo sería Coldplay. Curiosos tiempos estos que nos ha tocado vivir.

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Cohete – Cohete

Cohete - Cohete

Cohete - Cohete

Micro-Macro Producciones – 2009
8,5/10

Cuando estuve estudiando teleco en Madrid (no me miren así, ustedes también tienen un pasado oscuro), estaba apuntado a la asociación de música de la escuela. Estaba bastante bien montada, teníamos un garito en la misma escuela con unos armarios repletos de vinilos de grupos de lo más raros. Fue allí donde perdí las horas de mi juventud, sentándome a ver como la gente iba poniendo discos de grupos como Captain Beefheart, Frank Zappa, los Who… ver como esa misma gente tocaba canciones de Neil Young, y los Stones… La de cosas que aprendí…

El caso es que de entre la ingente cantidad de inútiles artículos que había en aquel garito de aquella asociación de aquella escuela, siempre me dejó intrigado un inquebrantable póster situado al lado del de Sonic Youth. Era un póster naranja con la silueta de dos tipos barbudos en el que ponía “Patrullero Mancuso”. Me fui de la escuela sabiendo poco de aquellos tipos, más que tenían algo que ver con algún antiguo miembro del club. Un tal Quique Godino. Mira por donde, 5 años después de dejar Teleco, me encuentro inaugurando la sección musical de éste blog hablando del grupo del señor Godino. Y no podía la cosa comenzar mejor…

Tres años después de su primer EP, Simulacro, que tan buenas críticas recibió (incluso el trallazo pop Micro-Macro fue elegida como una de las canciones nacionales del año según los lectores de Rockdelux), nos presentan Cohete, su autoproducido disco de debut. Cohete es un disco diferente a la mayoría de cosas que has escuchado. Desde luego es muy diferente a lo que estamos acostumbrados en los últimos años. Es diferente por lo arriesgado de la propuesta, por lo original, barroco y divertido de la ejecución y por el post-coital regustillo a piña colada que se te queda tras escuchar el disco en el paladar del oído interno. Estos tipos no escatiman música en sus canciones. Parece como si nunca fueran a hacer un segundo álbum y tuvieran prisa por meter todos los estribillos, puentes, arreglos y melodías que son capaces de crear en sus canciones. Escucharles requiere estar preparado para un cambio de ritmo cada 20 segundos, un nuevo riff de guitarra enmarañado entre las trompetas, un da-da-da-da o un la-la-la de los de antes, de los que vienen a cuento, de los de los Wilson. Y es que es imposible no pensar en los Beach Boys cuando escuchas “A veces es mejor no pensarlo tanto” o con “Mi Corbata”. O recordar a XTC cuando suena”Un Mamífero Magnífico”.

Y lo de la piña colada no iba en broma: esas trompetas que suenan en “El club cocina”, tienen aire de rompepistas tropical. Sus momentos medio vodevil, medio cabaret, medio guateque “rarito”, incluso a veces medio pachanga los hacen ideales para las fiestas de su barrio. Señores DJs, no desaprovechen la oportunidad. Pongan a Cohete en sus playlists. El momento les acompaña además, ahora que su disco aparece en tiendas tras las sacudidas rollo jamaicano del año pasado en forma de Vampire Weekend.

Por último recalcar algo que parece obvio, pero que cualquiera con dos orejas y capacidad de comprender el castellano sabe que de obvio no tiene nada: Cohete cantan en español y sus letras no dan asco. Todos juntos: Sus letras no dan asco. Claro que tampoco podemos decir que sean buenas letras. Simplemente son letras sin pretensiones, letras espontáneas y naturales. “Petición” o “Mi Corbata” le hacen a uno darse cuenta de que otra forma de escribir y cantar en castellano es posible.

Algo se mueve en Madrid, amigos. Vengan a verlo a la sala de conciertos más cercana. Si encuentran una, claro. Por ahora les dejo con la peluquería de “Petri”:

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