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La Carretera, de Cormac McCarthy

La Carretera (The Road)

He leído dos veces La Carretera, de Cormac McCarthy.

El primero de esos dos acercamientos a la novela fue ciertamente superficial (y algo embarazoso en perspectiva). Ocurrió hace seis meses, la compré al vuelo en una gasolinera como “lectura de verano”, como quien se encapricha de un Larsson. Tengo excusa en reconocer que hasta entonces no había leído nada de McCarthy. Lo conocía como autor del “reconocido best seller en el que se inspiró No es País Para Viejos“. Punto.

Y la novela me desconcertó. No leí la sinopsis, me enfrasqué directamente en ella y la abordé como un simple relato de terror (lo sé, relato de terror no es necesariamente sinónimo de simple, como tampoco lo es cierto cine de terror, pero permítame la licencia). Y avanzaba por sus páginas con una sensación incómoda, sí; de miedo, también, con el tema del canibalismo. Pero oiga, era verano y, cual lector de Larsson en el metro, yo reclamaba mi derecho a un giro argumental antes del capítulo 2.

Giro que no llegaba, a lo que contribuía el hecho de que el libro no tiene capítulos: consiste en párrafos de 15-20 líneas, describiendo la supervivencia de padre e hijo al detalle. Pero ni siquiera la elocuente evidencia de esa ausencia de capítulos consiguió sacarme del estupor estival y hacerme ver la sustancia: que no era un “simple” relato de terror, que estaba leyendo mal, que mi enfoque era penosamente incorrecto, como el de quien se lee una versión en cómic de Hamlet. Terminé el libro a 40 grados y muy desconcertado.

Y diez nevadas en Madrid no han sido suficientes para sacarme de ese estupor veraniego, no: lo que me ha sacado de él ha sido el estreno del film. Porque la semana pasada, dado que estrenaban la película, le di una segunda oportunidad a la novela.

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The Road

The Road

The Road

No sé si estarán de acuerdo conmigo si les digo que el otro fui a ver “The Road” y me pareció  una de las mayores injusticias del cine de este año. Y es que resulta difícil de entender que una película como ésta no haya recibido ni una sola nominación a los Oscar de este año.

No me refiero al Oscar a la mejor película (aunque bueno, con 10 nominados este año…), o al Oscar al mejor actor, aún teniendo en cuenta lo soberbios que están Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee que con sus 13 años se carga media película a la espalda. Me refiero al soberbio trabajo de Javier Aguirresarobe en la fotografía haciendo que veamos, olisqueemos y casi palpemos la desolación y la arrebatadora angustia de un mundo que ha dejado de ser, de existir.

La película nos cuenta, en efecto, una historia en un mundo, el nuestro, que ya ha terminado. Una nueva ración de cine post-apocalíptico del que ya hemos recibido unos cuantos best-sellers cinematográficos en los últimos años. De ahí nos llegaba una cierta pereza inicial al aproximarse al film, sobre todo porque no habíamos leído antes la novela homónima de Cormac McCarthy. Sólo sabía que este hombre ya nos había regalado “No country for old men”, de la que había salido la celebrada película de los hemanos Coen, y a pesar de lo que nos gustó aquella, la pereza asociada al riesgo de ver “otra peli de zombies” estaba ahí, palpable.

Pero le vamos a dar un gustazo al lector y vamos a confesar que nuestros prejuicios eran erróneos. En efecto, nos equivocamos. O más bien nos pre-equivocamos, porque ahora lo estamos enmendando.

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