
Whatever Works (2009), de Woody Allen
De algunos años a esta parte, cada nuevo estreno de Woody Allen viene acompañado de varias entrevistas, estudios y quebraderos de cabeza sobre el motivo que le ha llevado a hacer ésta u otra película. Si algo demuestran todos estos análisis pretendidamente intelectuales es que, quien los escribe, aún no ha comprendido/aceptado/asumido la transformación del objeto de su estudio. Allen, que una vez fue un artista con voluntad de serlo, y no el artista descuidado y casi involuntario que es hoy, lleva bastante tiempo siendo mucho más simple que estos supuestos análisis intelectuales, viviendo en un universo tremendamente sencillo que, sin embargo, mil y un críticos se empeñan en seguir destripando con resultados hilarantes, y si no ahí van varios ejemplos:
1) ¿Qué oscuro misterio ha llevado a Woody Allen a rodar de nuevo en Nueva York, tras la etapa de Londres y el accidente de Barcelona? ¿Será el trilladísimo tópico de que “el director judío no sabe vivir fuera de Nueva York”? ¿Será esa historia tantas veces oída de que debe ir los lunes a tocar el clarinete con su banda? ¿Será, qué sé yo, que “la yuxtaposición interpersonal de su yo neoyorkino sólo encuentra su hueco en la sociedad matriarcal judía de tintes freudianos de la gran manzana”?
.…y ya. Punto.
Seguirán mil análisis de por qué ésto o por qué lo otro. Denlo por hecho.
2) ¿Odia Woody Allen al mundo? Por qué ha escupido, en el film que nos ocupa, un ser misógino y despreciable? ¿Es un reflejo de lo que Woody piensa del mundo actual?
…y ya. Punto.
3) ¿Es la vuelta a Nueva York y al cine de calidad una señal a los críticos, un “puedo hacer buen cine cuando quiera y aquí estoy para demostrarlo”? El personaje de Larry David incide una y mil veces en que es un genio. ¿Está Woody Allen recordando a los críticos que él es un genio?
Pues no, no lo está haciendo. De hecho, existen pocos autores tan autocríticos con su propio trabajo como Woody Allen. Es más, tanta autocrítica y subestimación de la propia obra llega a cabrear, al menos a quien esto escribe. En otras películas Woody ha incidido en su relación con el público. La más notoria sería Recuerdos, que le valió mil y una críticas por lo que aparentaba ser una burla de su propio público. Woody pretendía expresar todo lo contrario, y de hecho, años después, dedicó el 30% de una genial entrevista televisiva con el crítico de cine de la revista TIME (editada en España en formato libro) a desmontar tales teorías.
Pero no hay forma. Los críticos siguen viendo falsa modestia, presunción y aspiraciones artísticas en su discurso. He llegado a leer entre las críticas de Si La Cosa Funciona que “Woody parece querer decir a los críticos que puede hacer una obra maestra cuando quiera” (¿?).
4) Mi preferido: el análisis formal de los filmes de Allen. La cámara al hombro, persiguiendo a sus personajes por las calles de Nueva York, dando mil y una vueltas a la mesa a la que se sientan, con movimiento continuo, nunca interrumpido ….¿es una extrapolación de la inestabilidad emocional de estos personajes?
La respuesta de Allen es genial y se encuentra en el libro de cabecera para todo aquél que quiera comprender su cine: Conversaciones con Woody Allen, de Eric Lax: el motivo por el que rueda cámara en mano, sin montaje es…la pereza. Sí, la pereza. Si incluyera cortes perdería tiempo durante el rodaje y, sobre todo, durante el montaje.
…y ya. Punto.
En fin, aclarémoslo de una vez por todas: Woody tuvo hace años una voluntad artística. Lo repite una y mil veces en el libro de Eric Lax. Al inicio de su carrera se veía a sí mismo como un proyecto del mejor cómico de todos los tiempos, idea que abandonó con el tiempo, afortunadamente para todos, pues nos hubiera privado de ese pesimismo tan encantadoramente suyo que impregna todos sus films. Posteriormente se obsesionó con los grandes directores europeos, Fellini, Bergman o Fritz Lang, imitándolos en ocasiones burdamente (Recuerdos, Interiores, Sombras y Niebla) y, si bien nunca consiguió realmente integrar la obra de estos directores en su discurso, sí se aprecia en muchas de sus primeras películas “serias” (de Annie Hall en adelante) una estilización de la imagen, una voluntad de poner la cámara en el ángulo preciso en el instante preciso. El mejor exponente de ello sería Manhattan.
Pero posteriormente Woody Allen dejó la estilización y se pasó al churro. A hacer películas como churros, se entiende. Una película al año, como siempre, pero descuidando cualquier detalle formal y técnico y dejando todo en manos de su guión y de los actores. Con mejor y peor resultado, saliendo siempre adelante gracias a un enorme talento natural…pero sin esforzarse demasiado.
¿Por qué? Porque Allen, pesimista legendario, se ha vuelto también, con el tiempo, una persona tremendamente nihilista, y ha extrapolado ese nihilismo a la concepción de sus películas y a su forma de rodar. Su cine no le importa, le basta hacer una película al año con más o menos ganas y, si la cosa funciona, la gente irá a verla, se recuperará la inversión y se ganará la confianza de algún productor para hacer otra película el año que viene. Su último film es una manifestación con letras de neón gigantes y señales de humo de esta actitud ante la vida. Pero eso no impide que los críticos sigan dando la marrana con elucubraciones mentales sobre el huevo y la gallina.
Podemos ya empezar la crítica:

