
Tres se nos han ido, tres, en este mes de noviembre.
Luis García Berlanga fallecía el pasado día 13. Decir que el cine español está ahora huérfano se queda, por desgracia, corto. Berlanga (y Azcona) supieron asimilar, integrar y adaptar las claves del neorrealismo italiano al esperpento patrio mediante una nueva forma de comedia que daba identidad, consistencia y un punto de dignidad a nuestras vergüenzas. Cogieron lo peor de España y lo pusieron al aire, lo hicieron palpable e identificable en un vendaval de elocuencia, y se sirvieron para ello de imposibles planos-secuencia por los que desfilaba el mejor y más nutrido grupo de (mal llamados) actores secundarios que jamás tendrá España.
Lo peor de la muerte de Berlanga es constatar que no tiene heredero, como no lo tiene su gloriosa “troupe” (que también nos está dejando) de los Alexandre, Agustín González, Ciges, Escobar, López Vázquez y un largo etcétera. Por este motivo, el Ministerio de Cultura debería proteger ese patrimonio, venderlo al exterior y dejarse de subvenciones imposibles: dar a conocer a Europa, y al mundo, algo que desconoce: que en España se hizo (El Verdugo, Plácido y La Escopeta Nacional) parte del mejor cine europeo de los años 60 y 70. Que, Buñuel aparte, tenemos aquí a uno a la altura de los Fellini, los Truffaut y compañía. Que si hubiéramos sido alguien en los años 60 hoy El Verdugo se estudiaría en las academias de cine de medio mundo. Que (y esto es lo peor) ni siquiera parece que estemos reivindicando ese patrimonio aquí, pues El Verdugo ni siquiera se ve en los colegios españoles. Dice Santiago Segura que debería ser materia obligatoria, junto con la lectura de los Quevedo, Lazarillos y demás. No se puede estar más de acuerdo.
Nos hartamos de oír que un artista se debe a su público, que éste es su principal valedor. También leemos continuamente sobre las bondades de la contención dramática, de la ausencia de gesto, de la economía de medios que sigue logrando el mismo objetivo que una desaforada sobreactuación. La muerte, ayer, de Leslie Nielsen fue la noticia con más comentarios de internautas en los medios españoles. Todos esos comentarios eran amables, y muchos de ellos coincidían en que consiguió hacer troncharse a más de uno con ese clásico gesto pétreo de persona desubicada. Así pues, tomen nota, señores puristas: el público lo adoraba, y más de una vez consiguió gags memorables con la mayor economía de medios. ¿No es eso lo que suelen llamar “un artista”?
Desgraciadamente se le sigue llamando rey del chiste “fácil” y del cine “chorra”. Qué calificativo más feo. No debían ser tan fáciles los chistes de Aterriza como Puedas y Agárralo como Puedas si se lleva 30 años intentando imitar la fórmula (scarys movies, spanish movies y demás) y nunca ha vuelto a hacer tanta gracia. Nielsen estuvo en muchas de esas lamentables repeticiones de la fórmula, y sería pues exagerado elevar su patrimonio al de un Chaplin, un Groucho, un Keaton, etc. Pero pertenece a la estirpe de los Harpo Marx, Chico Marx, Jerry Lewis y otros tantos con la capacidad a menudo infravalorada de hacer reír. Tipos, “simplemente”, divertidos. Como si eso fuera simple….
Para cerrar el mes, nos despertamos hoy con el suicidio, a los 95 años, de Mario Monicelli. Tienen en Italia el mismo problema que en España: Monicelli, padre de la commedia all’italiana que siguieron Dino Risi, Luigi Comencini (también recientemente fallecidos) y otros, no deja herederos. Son todas estas comedias (Rufufú – I Soliti Ignoti- , Tutti a Casa, Amici Miei, la Escapada, etc) joyas absolutas, retratos irónicos, amargos y, por encima de todo, divertidísimos, de sinvergüenzas perdedores, miserables y humanos, muy humanos. La “troupe” de actores de Italia era de aúpa y, como la española, tampoco deja herederos: Gassmann, Mastroianni, Manfredi, Sordi, Totó y un larguísimo etcétera.
Nos queda un consuelo: todas estas joyas (El Verdugo, Plácido, la Escopeta Nacional, La Escapada, Tutti a Casa, I soliti Ignoti, etc etc) se pueden adquirir en varios quioscos de España al módico precio de 2 euros. Vayan, piensen en sus hijos. Ya que sólo nos queda el patrimonio, intenten conservarlo en su estantería: a los escolares de ahora no les cabe en la mochila.



