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Enric González, periodista y escritor, ha sido corresponsal de EL PAÍS en Londres, París, Washington, Nueva York y Roma. Actualmente ejerce en Jerusalén. Entre destino y destino, con asumida pereza, no sin cierta lentitud y con el debido retraso, recopila sus vivencias personales y la mirada resultante del mapa sociológico de esas ciudades en unos libros sencillos, cortos y de lectura ágil y amena. Estos pequeños ensayos teóricamente nacidos (no lo digo yo, sino él mismo) de la vaguería son, simplemente, maravillosos.
Historias de Londres, Historias de Nueva York y el recientemente publicado Historias de Roma nos reconcilian con la inteligencia. Constituyen la mirada histórica, curiosa, irónica, sabia y divertida del observador que pretende exprimir al máximo las características sociales, artísticas, gastronómicas, cinematográficas e históricamente identitarias de dichas ciudades y sus pobladores.
Este recorrido conjunto (lector y escritor) por Roma, Nueva York y Londres es detallista y generalista (la grasa de los filetes de Nueva York y su relación con la Gran Depresión); las pequeñas rutinas aventuran, para el ojo del autor, rasgos identitarios de tradición milenaria (las pachangas futbolísticas de la plaza romana de Campo dei Fiori y su relación con godos, normandos, árabes y demás invasores) y nada es ni debe ser tratado con solemnidad ni seriedad excesiva. Manda la ironía. Como debe ser.
Queden para el recuerdo el primer capítulo de Historias de Londres, con una corresponsalía conseguida a última hora que pesará sobre la conciencia de Saddam Husein, el magnífico episodio de las “divinidades fundadoras” (los Carnegie, Rockefeller, Vanderbilt y compañía) de Manhattan o los capítulos de Roma dedicados al gran Alberto Sordi y al “aleph” de densidad histórica casi inasumible del centro de la Ciudad Eterna. Capítulo éste que EL PAIS me permite rescatar.

Capítulo aparte merecen las Historias del Calcio, recopilación de artículos publicados en El País al término de cada jornada de la liga italiana que constituyen la extrapolación de esa mirada de las ciudades al fútbol, siendo éste el eje sobre el que se crea la crónica sociológica, cultural e histórica de, en este caso, Italia. Surgen así artículos de deleite incluso para no futboleros, como el destino crepuscular a modo casi cinematográfico de los jugadores “medianos”, la maldición del Torino y la seriedad ancestral del equipo que le recogió el testigo, el arte maldito pero esencial de Antonio Cassano y, por supuesto, los defensas de Campo dei Fiori. Pero hay más: busquen en la hemeroteca de EL PAIS “Cenizas del fútbol” y encontrarán decenas de historias líricas de jugadores olvidados y, por tanto, esenciales.
Por fortuna, Enric González sigue escribiendo (magníficamente) de fútbol, como demuestra el blog publicado durante el presente mundial: “Dibuje, Maestro”. Mientras esperamos con ansia (aun asumiendo el debido retraso) unas hipotéticas “Historias de Jerusalén”, nos conformamos con su otro blog actual, dedicado éste al conflicto palestino-israelí: “Fronteras Movedizas”.
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Estimados lectores, lamento volver a vosotros sólo con malas noticias, pero hoy les tengo que dar una que es ciertamente pésima: ha muerto José de Sousa Saramago.
 José Saramago
Maestro entre escritores, con su estilo absolutamente personal e irrepetible, José Saramago fue un incansable explorador literario que mantuvo una intensa producción durante los últimos años de su larga vida, como si al ver que se acercaba su final tuviera prisa por transmitirnos todos sus pensamientos. Acostumbrados como estábamos al continuo goteo que iba engrosando nuestra estantería, contribuyendo gota a gota a construir su particular universo, repleto de mundos mágicos, situaciones desgarradas y lúcidas descripciones de las miserias y virtudes de la condición humana y el mundo que le ha dado por crear, hoy le recordamos y le echaremos de menos.
Saramago escribió la mayoría de sus obras con su particular estilo atropellado, en los que los diálogos se encadenan en interminables secuencias únicamente separados por comas y mayúsculas, donde la casi total ausencia de puntos, signos de exclamación o admiración e incluso nombres propios hacen necesaria una particular concentración en la lectura que contribuye a la inmersión en el relato. Estas extravagantes licencias literarias, unida al uso (y a veces exceso) de su rico vocabulario no impiden, sin embargo, que Saramago despliegue de forma tremendamente explícita ante los ojos de sus lectores un imaginario muy vivo, repleto de fabulosas irrealidades, muchas veces desgarradoras e incomprensibles, que cobran realidad gracias a su particular magia.
Saramago nos deja un buen número de novelas irrepetibles. No sería justo ni apropiado al espacio de un sólo post entrar en detalle en todas ellas, pero permitidme aún así una breve reseña de algunas de ellas:
Continúe leyendo – Nos abandona José Saramago
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Creo que el mejor acercamiento a la historia de Invictus no es tanto ver el film de Clint Eastwood, sino leer el ensayo de John Carlin en que está basado dicho film: Playing the Enemy, titulado en España El Factor Humano: Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación.
Las primeras 200 páginas del libro son magistrales: la vida de Mandela en la cárcel, su pragmatismo, que le lleva a olvidar la lucha armada de sus tiempos en Umkhonto we Sizwe y decantarse por la palabra, su propio carisma y la comprensión como modo de acercarse a los afrikaner, empezando por aprender su idioma y costumbres. Cómo aplica su plan ascendiendo progresivamente en la escala de autoridad: plan que comienza por los carceleros, sigue con el ministro de defensa, continúa con el jefe del servicio secreto y desemboca en las conversaciones secretas con el gobierno de P.W Botha para negociar su salida de la cárcel.
Continúe leyendo – Invictus: el libro
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He leído dos veces La Carretera, de Cormac McCarthy.
El primero de esos dos acercamientos a la novela fue ciertamente superficial (y algo embarazoso en perspectiva). Ocurrió hace seis meses, la compré al vuelo en una gasolinera como “lectura de verano”, como quien se encapricha de un Larsson. Tengo excusa en reconocer que hasta entonces no había leído nada de McCarthy. Lo conocía como autor del “reconocido best seller en el que se inspiró No es País Para Viejos“. Punto.
Y la novela me desconcertó. No leí la sinopsis, me enfrasqué directamente en ella y la abordé como un simple relato de terror (lo sé, relato de terror no es necesariamente sinónimo de simple, como tampoco lo es cierto cine de terror, pero permítame la licencia). Y avanzaba por sus páginas con una sensación incómoda, sí; de miedo, también, con el tema del canibalismo…Pero oiga, era verano y, cual lector de Larsson en el metro, yo reclamaba mi derecho a un giro argumental antes del capítulo 2.
Giro que no llegaba, a lo que contribuía el hecho de que el libro no tiene capítulos: consiste en párrafos de 15-20 líneas, describiendo la supervivencia de padre e hijo al detalle. Pero ni siquiera la elocuente evidencia de esa ausencia de capítulos consiguió sacarme del estupor estival y hacerme ver la sustancia: que no era un “simple” relato de terror, que estaba leyendo mal, que mi enfoque era penosamente incorrecto, como el de quien se lee la versión cómic de Hamlet. Y terminé el libro a 40 grados y muy desconcertado.
Y diez nevadas en Madrid no han sido suficientes para sacarme de ese estupor veraniego, no: lo que me ha sacado de él ha sido el estreno del film. Porque la semana pasada, con eso de que salía la película, le di una segunda oportunidad a la novela.
Continúe leyendo – La Carretera, de Cormac McCarthy
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Debate post-navideño en malasartes…
El libro electrónico nos invade. “El regalo de estas Navidades”. Ufff, vértigo….
Yo sigo comprando CDs (sí, ¿qué?), así que imaginaros lo que pienso del libro electrónico…
Discutid, que os veo mustios. Será el turrón.
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Interesante este libro: cuenta la historia real del propio autor, David Gilmour (nada que ver con el de Pink Floyd):
Resulta que el tal Gilmour, crítico de cine en varios medios canadienses, tiene un hijo adolescente que vive a la deriva, el instituto le importa poco o nada y sus padres temen que antes o después acabe dejándose llevar definitivamente entre drogas y depresiones. Gilmour, a su vez, está divorciado de la madre de su hijo y vive con su nueva pareja, aunque mantiene una excelente relación con su ex-mujer (con la que comparte la educación de su hijo, si bien éste vive con ella). Además, Gilmour acaba de quedarse en paro.
Entonces, de repente, se le ocurre una idea: ya no sabe qué hacer con su hijo, y lleno de dudas de su propia capacidad de ejercer como padre, decide educarle a través de la única cosa que conoce y con la que se siente seguro: el cine. Así que le propone un trato: “dejas el instituto si quieres, pero no tomarás drogas y, además, verás conmigo tres películas a la semana, elegidas por mí”.
Gilmour elige las películas siguiendo varios criterios, no sólo el de la calidad, y decide abrir el ciclo con la historia del niño Antone Doinel escapando del colegio y de la tutela de sus padres en Los Cuatrocientos Golpes. Al terminar el film le pregunta a su hijo: ¿Ves algún paralelismo entre su situación y la tuya?
Y así arranca la historia. Si bien el ciclo sirve de eje para contar cómo avanza esta particular relación padre-hijo, Gilmour no deja de ejercer de crítico y deja más de una perla sobre las películas que van viendo. Por ejemplo:
Continúe leyendo – Cineclub (2007), de David Gilmour
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…o cómo admitir que no se me ocurre otra manera de relanzar la sección de libros de Las Malas Artes.
Cuatro libros imprescindibles sobre cine:
1) “El cine según Hitchcock”, de François Truffaut: corrían los primeros años 60 y Hitchcock estaba en el momento más alto de su carrera, acababa de rodar su mayor éxito (Psicosis), tras una década plagada de taquillazos (Extraños en un tren, Crimen perfecto, La ventana indiscreta, Con la muerte en los talones, etc) y comenzaba la preproducción de Los pájaros.
Todo este éxito corría paralelo a un desprecio permanente de la crítica especializada, que lo tenía por un mero artista circense entretenedor de masas que debía su éxito al morbo gratuito. El inesperado reconocimiento llegó entonces desde Francia, donde un grupo de jóvenes críticos franceses de la revista Cahiers du cinéma, algunos de ellos a la postre cineastas de la Nouvelle Vague, supieron ver más allá de la imagen (alimentada por el propio Hitchcock, que disfrazaba en sus apariciones públicas su enorme timidez con un aluvión de superficialidad sarcástica y bufona) de entertainer sin apiraciones artísticas, para reivindicar al director como cineasta absoluto
Cineasta absoluto: dícese de aquél que se sirve exclusivamente de recursos puramente cinematográficos (montaje, travellings, iluminación, contraplanos, etc) para expresar su arte, dejando en segundo plano los heredados de otras artes. Así, recursos anteriores al advenimiento del cine (la historia, los actores, etc) se convierten, en el cine de Hitchcock, en comparsas al servicio de su cámara, que lo gobierna todo. ¿Historia? ¿Actores?. Dos lecciones del maestro: “La verosimilitud en una historia es inútil”. Y, por supuesto, “los actores son ganado”.
El responsable de esta nueva mirada a la filmografía del cineasta británico fue François Truffaut, que le propuso una semana de conversaciones en jornadas de ocho horas diarias para repasar por completo su filmografía:

El cuestionario es minucioso, seguro de sí mismo, sabe lo que busca… y lo encuentra: de repente, el bufón superficial, el socarrón hueco reconoce su deuda con el cine expresionista alemán, con los genios del cine mudo, con las vanguardias del surrealismo. Y destripa su propia técnica, que se revela enormenente minuciosa, de precisión quirúrgica en la exploración de las emociones por medio de la cámara.
El impacto del libro es enorme, y es gracias a él por lo que Hitchcock goza hoy de ese apelativo válido a medias de “genio del suspense”. Genio, sí. Del suspense, no.
Y es que por una extraña paradoja del destino mucha gente hace ahora su primer acercamiento a Hitchcock buscando, de nuevo, la superficialidad. Creyendo que estarán dos horas “pegados a sus butacas”, como si 50 años de evolución en la creación de suspense no existieran porque Hitchcock, cual Coca Cola, dispone aún de la única fórmula, original e inimitable, de crear tensión en una sala de cine. Y claro, Hitchcock les defrauda porque no saben que la materia de sus films es otra. Esta gente busca en Hitchcock a un Peter Jackson de los años 50. En vano, por supuesto.
El libro vuelve a ser, por tanto, necesario.
Este modelo de entrevistas prosperó, por fortuna, y hoy disponemos de excelentes variaciones del Hitchcock – Truffaut:
2) Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe : el director (Jerry Maguire, Casi Famosos, Vanilla Sky) Cameron Crowe, mejor escritor de cine que director, vio en 1998 la posibilidad de saldar una deuda histórica con el Hitchcock-Truffaut y con el cine en general: Billy Wilder, a sus 92 años, seguía gozando de una lucidez y una memoria prodigiosas, aderezadas con un sentido del humor aún más socarrón a causa de los años.
Cameron Crowe le propone, por tanto, repasar el modelo Truffaut, a lo que Wilder accede a (mal disimulados) regañadientes: las primeras páginas del libro constituyen el autorretrato (delicioso) de Crowe totalmente ninguneado por el genio, todo un juguete en sus manos hasta que Wilder, más por (de nuevo, mal disimulada) vanidad ante tantas alabanzas del cineasta novato que por una voluntad real de dejar un testamento cinematográfico a las nuevas generaciones, accede a someterse al cuestionario.
Crowe construye éste hábilmente, repasando la filmografía de Wilder sin obviar los aspectos más trágicos de su accidentadísima biografía (como su huida de Berlín o el asesinato de su familia en Auschwitz). Pero, a diferencia de Truffaut, aprovecha para conocer la opinión de Wilder sobre otros cineastas y películas. Surgen entonces las perlas, tales como:
- La admiración absoluta de Wilder por Forrest Gump.
- Su anecdotario de Hollywood: imprescindible la anécdota de Marilyn Monroe, su suegra y el retrete.
- Su sinceridad al hablar de Kubrick; sobre Barry Lyndon: “dedicó seis meses a intentar hallar la forma de fotografiar a una persona a la luz de las velas, sin luz artificial. Y, la verdad, a nadie le importa un pito si es la luz de las velas o no”.
- Su definición de Woody Allen: “Hace tres películas al año”.
Hablando de Woody Allen:
3) Conversaciones con Woody Allen, de Eric Lax:
del cual ya hablamos por aquí en su día, presenta una novedad con respecto a los anteriores. Y es que no constituye el recuerdo concentrado en una semana de conversaciones de toda una carrera cinematográfica, sino que se basa en más de treinta años de entrevistas. Además, Eric Lax, aprovechando que se halla ante un creador total (en el sentido de que Allen controla absolutamente todos los aspectos de sus películas) aprovecha para ofrecernos, de primera mano, un manual práctico en fascículos sobre cómo crear una película, pues el libro está estructurado en las siguientes secciones:
1.- La idea
2.- El guión
3.- Selección del reparto, actores e interpretación
4.- Rodaje, platós, localizaciones
5.- Dirección
6.- Montaje
7.- La elección de la música
8.- La profesión de cineasta
Un libro genial de reciente publicación (llega hasta Vicky Cristina Barcelona) que, además, acaba de salir en bolsillo (a 8′95 oiga!).
Por último, producto nacional. Del que vale la pena:
4) “La Mirada Encendida: escritos sobre cine”, de Ángel Fernández-Santos: probablemente Ángel Fernández-Santos (fallecido en 2004) haya sido el mejor crítico de cine de España, inimitable por tener un estilo tremendamente propio, capaz de crear literatura a partir de la crítica cinematográfica sin contar nada de la película en cuestión, pero diciéndolo todo.
El libro es una excelente antología de 40 años de textos, recopilada y editada por gente de cine (Víctor Erice y Carlos F. Heredero) en un auténtico volumen de lujo. Un tipo de publicación de las que, por desgracia, escasean en España: y es que recoge textos publicados en varios medios (sobre todo en EL PAÍS, del que Fernández-Santos fue crítico durante más de veinte años) que abarcan mil géneros, cinematografías, corrientes y estilos, desde la crítica pura a la crónica in situ de festivales, pasando por el ensayo (sobre la profesión de guionista, el cine español, los géneros cinematográficos…) y las necrológicas de grandes figuras del séptimo arte. Éstas últimas impresionan realmente: es difícil imaginar a un crítico recibiendo la noticia del fallecimiento de un ilustre del cine por la mañana que sea capaz, antes del cierre de edición, de elaborar un retrato tan explícito y luminoso de actores y directores de todos conocidos, descubriéndonos nuevos matices y destapando las razones del hechizo de éstos sobre nosotros, razones de las que nosotros mismos nunca habíamos sido conscientes. Iluminando, en definitiva, nuestros propios mecanismos de percepción del cine. De ahí el título del libro.
Y capaz, como digo, de crear literatura de verdad a partir de una crítica de cine.
Descomunal este libro. Llevo 150 páginas. La buena noticia es que me quedan 500.
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¡¡Basta de criticar al Ministerio!! También hace cosas buenas :
En una genial vuelta de tuerca de los acontecimientos, el Ministerio de Cultura vuelve a ponernos a todos en nuestro sitio, demostrando dónde están el criterio, el buen discurso y el gusto ejemplarizante.
El sarcasmo es intencionado.
Pregunta al vuelo: ¿Está dotado económicamente? ¿Alguien tiene el BOE a mano?
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Llevaba tiempo queriendo leer algo de Murakami. Empiezo por After Dark.
Escena: Casa del Libro. Viernes noche. Veo el libro. Ya ha salido en formato bolsillo. OK, me lo compro. Al fin y al cabo, la sinopsis atrapa:
Cerca ya de medianoche, Mari, sentada sola a la mesa de un restaurante, se toma un café, fuma y lee. Un joven la interrumpe: es Takahashi, un músico al que ha visto una única vez, en una cita de su hermana Eri, modelo profesional. Ésta, mientras tanto, duerme en su habitación, sumida en un sueño profundo, «demasiado perfecto, demasiado puro». Mari ha perdido el último tren de vuelta a casa y piensa pasarse la noche leyendo en el restaurante; Takahashi se va a ensayar con su grupo, pero promete regresar antes del alba. Mari sufre una segunda interrupción: Kaoru, la encargada de un «hotel por horas», solicita su ayuda. Mari habla chino y una prostituta de esa nacionalidad ha sido brutalmente agredida por un cliente. Dan las doce. En la habitación donde Eri sigue sumida en una dulce inconsciencia, el televisor cobra vida y poco a poco empieza a distinguirse en la pantalla una imagen turbadora: una amplia sala amueblada con una única silla en la que está sentado un hombre vestido de negro. Lo más inquietante es que el televisor no está enchufado…
Acojona, ¿no? Adjudicado.
Empiezo el libro. Me gusta “la creación de atmósfera”, que se dice en pijo. Que esté escrito en formato cinematográfico, casi como un guión de cine (”la cámara enfoca”, “la cámara se desplaza”), que en las tres primeras páginas te sumerja inmediatamente en esa atmósfera nocturna de Tokio. Que todo sea progresivamente más perturbador, más fascinante, más terrorífico. Efectivamente, una tele desenchufada se enciende sola…pero hay más: espejos que siguen reflejando a personas que ya no están ante ellos, misteriosos hombres con máscaras que tapan sus facciones y que observan al lector a los ojos…me cago.
Continúe leyendo – After Dark (2004), de Haruki Murakami
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 Ánimo con él que es pequeñito.
J. G. Ballard – El día de la creación (1987)
Minotauro, 2003
7,8 / 10
Después de unas semanas dándole vueltas, hoy inauguramos la sección literaria de Las Malas Artes. No conseguía decidirme por un título digno de tan alto honor; lo único que tenía claro era que iba a ser un título de ciencia ficción. ¿Por qué lo tenía tan claro? Bueno, en primer lugar porque es uno de mis géneros preferidos. Segundo, por estadística: últimamente dos de cada tres de mis lecturas. Tercero, pensando en desterrar (o al menos intentarlo) algunos de los prejuicios asociados a la ciencia-ficción. Si no son suficientes motivos, como diría hunky, pues porque y punto. ¿Y sobre cuál de ellos debíamos escribir? Pues el último y tema resuelto.
– Modo apología ON –
Tras el avance del espectadoraleatorio, hay que aclarar que esto de la ciencia ficción no va (exclusivamente) de dragones, mazmorras, sables láser, elfos o naves espaciales. De hecho, no tiene por qué ver necesariamente con ninguno de esos temas. Usando las palabras de Philip K Dick, diremos que la ciencia ficción trata más bien sobre sociedades alternas derivadas de alguna manera de la nuestra, desfiguradas por el esfuerzo mental del autor, que dan lugar a acontecimientos que no ocurren en nuestra sociedad ni en ninguna del presente o del pasado; esta desfiguración, coherente y auténticamente nueva, estimulará el intelecto del lector y abrirá su mente a ideas que hasta entonces no había imaginado. Suena bien, ¿no? Convendréis entonces conmigo en que la ciencia ficción puede ser un medio válido de exploración del pensamiento humano: la filosofía, la ética, la sociedad, la psicología y comportamiento humanos o la propia Historia pueden ser deformados a la luz de toda suerte de reglas imaginadas. Curiosamente, las conclusiones extraídas de este ejercicio mental bien pueden muchas veces ayudarnos a razonar sobre nuestra propia sociedad y nosotros mismos, dándonos nuevos cristales a través de los que observarlos.
La ciencia ficción sirve también para imaginar futuros, estirando los límites de lo establecido, y muchas veces la ciencia ficción de hoy es la realidad de mañana. Recordemos por ejemplo cómo las “alocadas” ficciones del mítico Julio Verne se han convertido en realidad no tantos años después (en su segunda novela París en el Siglo XX, no publicada hasta su descubrimiento en 1994, ya imaginó cosas como el consumismo capitalista, Internet o la silla eléctrica); o como las tres leyes de la robótica ideadas por el grande Isaac Asimov se usan en el desarrollo de la robótica en el “mundo real”.
Bien, en este punto ya hemos acumulado algunas importantes conclusiones: a) la ciencia-ficción no es (exclusivamente) territorio de freaks y quinceañeros, b) la ciencia-ficción puede desarrollar y aportar ideas interesantes a infinidad de géneros, c) la ciencia-ficción, qué carajo, mola. Y sí, aún noto algunas de vuestras burlonas miradas en mi cogote. Un respeto, leches.
– Modo apología OFF –
Pero pasemos sin más dilación al tema que hoy nos ocupa: El día de la creación, de James Graham Ballard.
Llevaba tiempo detrás de leer algo de Ballard. “El día de la Creación” no es su obra más famosa, ahí tenéis para demostrarlo a “Crash” o “El Imperio del Sol”, acompañadas en la fama literaria por sus respectivas versiones cinematográficas (Billy?); en mi caso, al ser el primer libro que leo (devoro es más preciso) de J.G., es de la única que puedo hablar.
El protagonista de esta hipnótica obra es un médico de la OMS destinado en Port-la-Nouvelle, una remota ciudad de un inventado país del áfrica central, cercana al Chad y Sudán, por si eso ayudara a situarla en alguno de vuestros mapas. Antes floreciente por la explotación de tabaco a cargo de una multinacional francesa, ahora se encuentra abandonada tras los conflictos entre guerrillas de insurgentes y fuerzas del gobierno y asediada por el desierto que avanza inexorable para sepultarla. Tan sólo quedan rezagados algunos personajes, dispares y estupefactos, que acompañarán al Dr. Mallory en el desarrollo de su propia y desmesurada obsesión.
Ballard describe un mundo decadente lleno de edificios herrumbrosos, bases mineras, industriales y militares agotadas y olvidadas, vegetación muerta, polvo y basura acumulándose en la orilla de lagos secos. En medio de este escenario catastrófico la mayoría de personajes vagan, arrastrando sus mezquinos y ridículos intereses, buscando sin buscar un asidero que les reconduzca de sus fracasos y ruinas.
De repente, cuando parece que el territorio está definitivamente condenado al olvido, el doctor Mallory libera por casualidad una fuente que acabará convirtiéndose en un gigantesco río que cambiará el paisaje. La promesa de un Segundo Nilo que irrigará todo el bajo Sáhara trayendo fertilidad y riqueza a los yermos territorios hace sonreír a todos por breves instantes. A todos salvo al Doc Mal, que se considera creador del río y a la vez ofendido por su presencia, largo tiempo buscada. Este amor/odio le empuja irremediablemente en un largo viaje en busca de sus fuentes y que arrastra consigo a los demás personajes hacia una fatalidad anunciada.
Por si fuera necesario añadir decadencia a la escena, todo el relato se entrelaza con el del nabokoviano amor del doctor por su compañera de viaje, una tribal niña de doce años, salvaje y de motivaciones incomprensibles, que se convierte en la otra obsesión del doctor. Este oscuro ángel de la guarda, que a veces parece fruto de los delirios febriles del doctor, le acompaña y cuida a la vez que dirige y empuja su irracional misión.
El día de la Creación se lee de un tirón. A pesar de su prosa densa y de las oscuras, opresivas y a veces obscenas descripciones del entorno que lo rodea, el río mítico, verdadero protagonista de la obra, consigue atraerte a lo más profundo junto con sus empecinados inquilinos, en un crescendo de intensidad comparable a la del propio río.
En el caso de Ballard y de esta obra en concreto, su ciencia-ficción no es del tipo premonitorio ni futurista del que hemos hablado antes. Tampoco hacen apareción elfos ni sables láser. Sin embargo la exploración del comportamiento psicológico de personajes reales en los presentes alterados, irreales, opresivos y a menudo distópicos como éste, hacen de esta lectura una interesante experiencia.
No dispongo todavía de capacidad de comparación, pero espero pronto, queridos lectores, poder hablarles de otra obra de Ballard que alcance el 10/10.
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