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Debido a la escasez de medios de esta maravillosa página el enviado espacial a la Mostra de Venecia, ha tenido que quedarse en casa, y desde allí haciendo llamadas, y por stream informa de las novedades de Venecia.

En todo los rondos se comenta la lamentable selección de peliculas de la Mostra de Venecia. No es que Malas Artes lo sepa de su propia esperiencia porque todavia no ha conseguido la acreditación necesaria para acercarse, pero todo lo que transmiten sus compañeros es una Mostra insulsa y con pocas noticias, con un cine sin interes, más repito por si alguien no lo ha cogido que “no nos han dado la acreditación”.
Natalie Portman, como es tipico en ella, deslumbro no solamente por su presencia, hermosura e inteligencia si no por la actuación en “Cisne Negro” pelicula que he llegado a oir cuyo final llega a ser “gore” por la propia autodestrucción de la bailarina que interpreta. Son muchos, pero aun sin confirma, que Natalie supera en creces a la propia película.
En otro lado, y casi tocandose, esta “Machete” que, me sorprede que se presente a la Mostra, ha demostrado que Robert Rodriguez lo mejor que hace es el salvaje, y para ello nada mejor que un Mexicano con ganas de sangre para inundar la sala de violencia sin sentido, dicen quien lo ha visto que el guión se deshace en ilogica demasié, lo cual, y no sorprende a LMA, acabo por cubrir de risas extensas matanzas y macarradas.
Según parece la pelicula de Sofia Coppola a gustado, pero resulta algo repetitiva respecto a “Lost In Translation”, lo cual querra decir que si te gusto que vayas a verla. Algunos dicen que es mejor, y otras que nada puede superar a Bill Murray perdido en un hotel en Japón. Pero al menos parece que todos reconocen que gusto, sembró aplausos y Sofia sigue demostrando que ha heredado el talento de su padre.

Además podríamos decir que ”Pocoyo” ha conseguido el reconocimiento de la academia Italia. Pero vayamos a lo que quería contar. Mientras todo esto ocurría Alex de la Iglesia tenía que presentar su película “Balada Triste de Trompeta” el 6 de Septiembre. El film ha tenido una acogida extraña en la Mostra, pero parece que nadie a quedado indiferente. Unos dicen que es un toque de verdadero cine, otros que se han quedado extrañados ante el film, pero lo que no parece nadie contar y en exclusiva lo presenta LMA, es que siguendo el blog de Alex de la Iglesia de la pelicula, podemos primero ver reflejado el trauma que es sacar adelante una pelicula y que esta se terminó el 2 de septiembre, 4 días antes de presentarla al certamen.
Una vez presentado, y supongo que tras haberla visto con mayor descanso, Alex la retoque pero mientras tanto el LMA intentaremos conseguir una entrada para su estreno en Madrid el 17 de Diciembre.
Esto es lo que tiene ser un Enviado especial.
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Era mi intención reducir, por hoy, la resurrección de LMA a un post sobre Wall-E.
Sin embargo, viendo la lista de posts acabo de caer en que, con Wall-E, el contador de posts ascendía a 99. Diría pues que escribo este nuevo artículo sobre Woody Allen por amor al arte, pero mentiría: la razón que me mueve no es otra sino la pura vanidad, y las ganas de aprovechar la oportunidad de honrar mi nombre con el post número 100 de Las Malas Artes.
Añado: LMA no sólo cumple 100 posts, sino también un año de vida. En esto las fuentes son contradictorias: no hay una fecha de inicio clara, un cumpleaños a anotar en el calendario, pero sí se puede decir que el origen de tamaña fuente de iniquidades orbita en torno a una fecha muy precisa: la reunión del equipo redactor para rendir tributo, honores y demás pleitesías a la insigne figura de (paréntesis respetuoso) Angus Young el 5 de junio de 2009 en el Calderón.
Conste que en este año hemos sobrevivido a muchas cosas: a varios discos malos, a varios films peores, a nuestras ansias de grandeza, a nuestra falta de talento e incluso a una licencia sin pagar. Y aquí seguimos.
Es, pues, tiempo de celebración (¿casa de…?) y de tiradas de rollo. Y por eso atacamos ahora promesas hasta hoy incumplidas, como una que formulé a cuenta de la sección “Discos Menores” iniciada por Jos: “habrá sección equivalente en cine”.
Pues bien, aquí está:
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Broadway Danny Rose, de Woody Allen (1984)
Continúe leyendo – Películas menores: Broadway Danny Rose
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Wall-E, de Andrew Stanton (2008)
He vuelto de vacaciones hoy. Nueva York mola. Mucho. Más que la primera vez. Esa sensación de tiempo congelado, de callejear entre clásicos, que si el Radio Music City Hall por aquí, que si el Empire State por allá, que si el bar de Seinfeld que sorprende a la vuelta de una esquina (lo encontré por sorpresa en West Harlem, en la 112th con Broadway), que si el puente del Manhattan de Woody Allen (el banco no está), etc.
Se siente uno como en casa paseando entre la memoria colectiva del mundo; y piensa: “que no nos cambien Nueva York, que la dejen como está, que no metan nada nuevo”.
Algo así como LMA. Ronnie James Dio murió hace tres semanas, pero oiga, que no nos cambien la portada, porque total, no ha pasado nada. ¿Qué es un Primavera Sound para sacarnos del pasmo?
¡¡Copones!! Hordas de ávidos lectores esperan con ansia vuestras crónicas de los modernillos tocabaterías del Guitar Hero y vosotros ahí, indiferentes mientras se comen las uñas, sufren, buscan y no, oh no, no encuentran el conocimiento.
Me propongo dar ejemplo y escribir ahora mismo de lo que se me ocurra. Y lo que se me ocurre es que dejé aquí colgando un ciclo Pixar a falta de dos películas: Wall-E y Up.
Aún no he visto Up, pero vi Wall-E hará un mes. Y la recuerdo entera. Buena señal, como siempre.
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Existen ahora mismo dos películas en cartel dirigidas por sendos prestidigitadores de la imagen, indagadores de lo malsano el uno y de la violencia urbana el otro, maestros de la cámara, del “tempo”, del ritmo, de la creación de tensión en una sala de cine que, visto lo visto, se mantienen en buena forma (si bien uno de ellos lo tiene bien complicado para poder seguir dando guerra).
Son ambas peliculas narrativamente imperfectas: una dispara con veneno hacia políticos sin nombre pero bien identificables, y erra en parte el tiro al acabar disparando a todas partes y a ninguna. La otra pretende engañar (o quizá engaña haciéndonos creer que lo pretende) y sorprender a espectadores ya muy curtidos en esto de los giros argumentales (100 años de cine dan para mucho) y no lo consigue, o lo consigue a medias.
Pero ambas películas son herederas de la mejor tradición del thriller clásico, y cuando este género cae en manos de semejantes cirujanos de precisión acostumbrados a navegar por terrenos pantanosos y aguas turbias, surge cine, del de verdad, del bueno. Son ambas películas, pues, historias imperfectas, pero que esconden la oculta y al mismo tiempo elocuente genialidad de los mejores trabajos de dirección.

No hablamos, pues, de historias, tramas ni personajes. Ni de juicios tipo “no me gustó la última de Coppola porque al final…” o “La historia que me cuenta Eastwood empieza de tal manera…”. No. Hablamos únicamente de la dirección de películas, y la defendemos, pues a día de hoy se persiste, en ocasiones, en no saber desligar la dirección de escenas de su escritura, y se tachan de “mediocres” historias efectivamente absurdas, pero contadas (¡dirigidas!) con pasión. Ya dijimos al respecto algo por aquí en su día de M. Night Shyamalan a cuento de El Protegido. La distancia, en Shyamalan, entre lo que cuenta y cómo lo cuenta es perfectamente salvable e identificable, pero no siempre resulta tan fácil diferenciar el qué del cómo, lo cual suele llevar a juicios apresurados.
Porque no saber desligar lo que se cuenta del cómo se cuenta lleva, por ejemplo, a cosas como calificar de “absurda” la escena de Con la Muerte en los Talones en la que Cary Grant es atacado por un avión. Efectivamente, si uno quiere matar a Cary Grant y lo cita en un desierto, caben pocos medios más absurdos para hacerlo que un vuelo rasante con un avión. Podría venir un tipo con una pistola, pero eso sería la vida. Podría ser citado en una habitación pequeña y oscura, con un tipo con pistola, pero eso sería banal y rápidamente olvidable. Así, si lo que uno pretende es crear tensión partiendo del más difícil todavía, no en un cuarto oscuro, no en un espacio cerrado, no con una puerta que chirría, no con un grito, no con un subidón de música justo en el momento del susto, sino sin música, sin diálogo, en el desierto y a pleno sol, y uno lo consigue con estudiadísimas posiciones de cámara, lenguaje mudo, puramente cinematográfico, un montaje estudiado y una perfecta planificación, dicha escena se convierte en un portentoso trabajo de dirección. Y, como tal, en un portentoso momento de cine, que perturba y fascina, incomoda, se queda en la retina y vuelve a veces, ya convenga o no.
Hablamos, en resumen, de directores, y dos de los grandes acaban de imprimir de un golpe nuevas imágenes en la biblioteca cinematográfica de nuestra retina.
Continúe leyendo – El director es la estrella: El Escritor y Shutter Island
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Creo que el mejor acercamiento a la historia de Invictus no es tanto ver el film de Clint Eastwood, sino leer el ensayo de John Carlin en que está basado dicho film: Playing the Enemy, titulado en España El Factor Humano: Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación.
Las primeras 200 páginas del libro son magistrales: la vida de Mandela en la cárcel, su pragmatismo, que le lleva a olvidar la lucha armada de sus tiempos en Umkhonto we Sizwe y decantarse por la palabra, su propio carisma y la comprensión como modo de acercarse a los afrikaner, empezando por aprender su idioma y costumbres. Cómo aplica su plan ascendiendo progresivamente en la escala de autoridad: plan que comienza por los carceleros, sigue con el ministro de defensa, continúa con el jefe del servicio secreto y desemboca en las conversaciones secretas con el gobierno de P.W Botha para negociar su salida de la cárcel.
Continúe leyendo – Invictus: el libro
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Das Weisse Band – Eine Deutsche Kindergeschichte, de Michael Haneke (2009)
Un pueblo del norte de Alemania en los meses previos al estallido de la Primera Guerra Mundial. Una serie de extraños acontecimientos, al parecer motivados por una voluntad oculta de aplicar castigos rituales, sacuden al pueblo. ¿Quién está detrás de estos actos?
Hasta ahí el planteamiento de la historia en tanto que película de asesino en serie o whodunit, que diría Hitchcock.
Y a partir de ahí, pura alegoría: sugerente, inquietante, fascinante. Haneke crea una gama de personajes-arquetipo que se adhieren a la memoria del espectador, proponiéndole nuevas preguntas y proporcionando nuevas respuestas semanas después del visionado. Entre esos personajes destacan por encima de todo los niños, que parecen directamente sacados de El Pueblo de Los Malditos, pero también el pastor obsesionado con la pureza del alma; el médico cruel y corrupto de puertas adentro, que sin embargo vende una imagen de corrección de puertas afuera; la familia de campesinos oprimida por el patrón, con el conflicto padre-hijo sobre la mansa aceptación de esa opresión; el barón y la baronesa, ésta última parte consciente de la corrupción y miseria subterráneas que ahogan al pueblo.
Con todos estos personajes Haneke construye un intrincado juego de espejos en el que cualquier interpretación es válida. Sin embargo él mismo ha pretendido irónicamente, y con un punto de maliciosidad, centrar toda la atención en los niños para resaltar una interpretación por encima de todas: desde el título original (La Cinta Blanca – Una historia de niños alemanes), al contexto histórico: se desarrolla en Alemania en 1913, luego estos niños serán futuros nazis. Conclusión apresurada: he aquí las causas.
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INVICTUS (Clint Eastwood,2009)
7/10
Mandela acaba de llegar al poder tras luchar durante años contra el poder del gobierno del apartheid en Sudáfrica, con el fin de iniciar una nueva etapa en la historia de su país, pero para ello tendrá que luchar contra los perjuicios de ambos lados negros y blancos. Impidiendo las acciones revanchistas de los negros y eliminando el temor al nuevo gobierno negro de los boers que poseen el 80% de la riqueza del pais, que necesita de ese dinero para desarrollarse y convertirse en una nación próspera.
Allí es donde aparecen los Springsbok, el equipo de Rugby símbolo del gobierno del apartheid venerado por los blancos y odiado por los negros, que además de preferir la victoria de cualquier otro equipo, juegan al futbol y no saben, ni les interesa el rugby juego que por definión es de blancos racistas.
Pero en 1995 el Mundial de Rugby se juega en Sudáfrica, y Mandela se propone que el equipo símbolo de la sudáfrica blanca se convierta en el equipo de toda Sudáfrica. Y para ello, empujará al capitan de los Springboks, François Piennar, a la conquista del título, con lo mejor que ha aprendido en sus años de carcel, el poder de la palabra.
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 The Road
No sé si estarán de acuerdo conmigo si les digo que el otro fui a ver “The Road” y me pareció una de las mayores injusticias del cine de este año. Y es que resulta difícil de entender que una película como ésta no haya recibido ni una sola nominación a los Oscar de este año.
No me refiero al Oscar a la mejor película (aunque bueno, con 10 nominados este año…), o al Oscar al mejor actor, aún teniendo en cuenta lo soberbios que están Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee que con sus 13 años se carga media película a la espalda. Me refiero al soberbio trabajo de Javier Aguirresarobe en la fotografía haciendo que veamos, olisqueemos y casi palpemos la desolación y la arrebatadora angustia de un mundo que ha dejado de ser, de existir.
La película nos cuenta, en efecto, una historia en un mundo, el nuestro, que ya ha terminado. Una nueva ración de cine post-apocalíptico del que ya hemos recibido unos cuantos best-sellers cinematográficos en los últimos años. De ahí nos llegaba una cierta pereza inicial al aproximarse al film, sobre todo porque no habíamos leído antes la novela homónima de Cormac McCarthy. Sólo sabía que este hombre ya nos había regalado “No country for old men”, de la que había salido la celebrada película de los hemanos Coen, y a pesar de lo que nos gustó aquella, la pereza asociada al riesgo de ver “otra peli de zombies” estaba ahí, palpable.
Pero le vamos a dar un gustazo al lector y vamos a confesar que nuestros prejuicios eran erróneos. En efecto, nos equivocamos. O más bien nos pre-equivocamos, porque ahora lo estamos enmendando.
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Ratatouille, de Brad Bird (2006)
Siguiendo con el ciclo Pixar en Las Malas Artes.
Ayer después de comer fui al cine (cosas de las vacaciones) a ver The Road y salí con la misma sensación de crudeza y “bocamarga” con la que te deja esa pedazo de novela de Cormac McCarthy. Buena adaptación de la que espero prometido post de Jos como agua de mayo (sin ceniza).
Por la noche seguía con esa sensación incómoda materializada en la absorbente música de la pelicula, que no me quitaba de la cabeza. Y como parece que el prometido fin del mundo de libro y film puede esperar, o al menos no ocurrirá esta semana y jamás de 9 a 18h, decidí que al menos por un día era posible desconectar y hacer como si no ocurriera nada o como si esa novela no nos apuntara a todos con el dedo, hipnotizándonos con él, y posteriormente desplazando ese dedo (y a nuestra mirada tras él) para señalarnos la mayor putrefacción, involución y desesperanza posibles. En resumen, que me enrollo: que me quité la música (y el dedo) de la cabeza viendo Ratatouille, postergando el fin del mundo para momentos más soportables y adaptados a la situación, copa y puro en mano a ser posible:
Entretenimiento de primera, comedia más que aceptable este Ratatouille. Nuevamente el mensaje es difuso y la acción bastante predecible, pero el divertimento es de primer orden gracias a sus personajes principales: el ratoncillo Remy y el pimpollo humano (Linguini) que acaba convirtiéndose en su amigo.
En cuanto a los secundarios, los hay mejores y peores: sobresale ese crítico culinario (Anton Ego -¿qué genio pone los nombres a los personajes de Pixar?) al que pone voz Peter O’Toole (con lo que aprovecho para volver a aconsejar ver estos films en versión original), y que en el mejor y más delirante diálogo del film pide al camarero que le ponga de primer plato un poco de perspectiva.
La “chica” del film (Colette) es un personaje menor, algo antipático y roñoso. No nos creemos su relación con el protagonista. Del chef originario del restaurante lo que más nos gusta es, nuevamente, el nombre: Gusteau. En cuanto a Skinner, el nuevo chef y archienemigo de Linguini, nos invade un déjà vu de que ya hemos visto personajes parecidos en mil películas de dibujos, el típico enemigo del protagonista siempre condenado a salir perdiendo. En cuanto a la colonia de ratas, funciona excelentemente como contrapunto cómico a Remy y sus ansias de renunciar a su naturaleza de roedor comebasura.
En resumen, si bien me parece por debajo de otros films de Pixar, se agradece la idea de hacer una comedia de trompazos al más puro estilo slapstick entre fogones. Es agradable y divertida, y permite desconectar de The Road y su prometido fin de ciclo. Por lo menos hasta que llegue su post.
Hablado de fines de ciclos: menos dos para acabar este ciclo Pixar. Wall-E, Up y fin.
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A Serious Man (2009), de Joel & Ethan Coen
Siguiendo con los Coen, ayer vi su último film. No ha reventado la taquilla precisamente, así que por una vez (y que sirva de precedente) no revelaré detalles que arruinen la película a los muchos que no la hayan visto.
Un tipo serio se ha vendido como el film más autobiográfico de los Coen hasta la fecha, un acercamiento irónico y crítico de los hermanos a una comunidad judía de Minnesota en los años sesenta como aquélla en la que ambos crecieron. Una versión 100% judía de Fargo. Sin nieve.
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