Hoy es el Día de la Marmota amigos, lo cual quiere decir que en LMA todo es como ayer, como hoy y como mañana: no hay actividad, no hay posts.
Pura vanidad: podríamos dedicar líneas y líneas a contaros lo poco que nos ha gustado la última película de Clint Eastwood. Es más, no nos han gustado las dos últimas películas de Clint Eastwood, circunstancia ésta comparable, por probabilidad, a disfrutar de una película española mientras pasa el Cometa Halley: es decir, a lo que ocurrió mientras veíamos La Vaquilla en 1987.
Somos injustos con lo patrio: disfrutamos de Balada Triste de Trompeta y de su representación de los deportes nacionales (odio, lamento y envidia) como catarsis apocalíptica de luchas y rencillas. Y disfrutamos aún más con el twitter de Alex de la Iglesia, en el que pasan cosas parecidas. O iguales, pues una vez más la gala de los Goya lleva camino de convertirse en un circo de payasos tristes y payasos tontos con otra ministra (y van…) haciendo equilibrios en el trapecio.
Podríamos dedicar también decenas de posts a las mil y una razones por las que The Wire es la obra magna por excelencia desde la creación del Universo, el regate de Zidane y la leche condensada. O sobre si es mejor personaje Omar Little que Don Draper, Stringer Bell que Roger Sterling y Bubbles que Peter Campbell. O sobre si queremos más a David Simon que a Matthew Weiner, o a mamá más que a papá, que viene a ser lo mismo.
Y podríamos también explayarnos sobre lo bastante tirando a mucho que nos ha gustado esto , e incluso cotillear sobre carteles de futuros festivales.
Pero somos muy vagos, y no deleitamos a cualquiera con la exquisitez de nuestra prosa. Que os creéis que en internet todo es gratis.
Mas no desesperéis, hermanos: dicen que la marmota ha previsto una primavera temprana.
Para que luego me tachéis de antiguo: el sábado hice algo super moderno. Chute de cultura del nuevo siglo , I-Culture de la buena. Escuché el disco (perdón: archivo, perdón: podcast, perdón: señal sonora retribuíble vía I-Tunes) de Lady Gaga nada menos.
Guau
Muy decepcionante. Es sabido que la música Pop depende tanto del vacío total de contenido para ser empaquetada y distribuida en el mercado como 100gr de jamón recién cortado, pero el caso es que al principio del disco se nos ofrece jabugo directo del cuchillo….y después se nos da un sobrecito envasado para ser consumido en 30 minutos antes de que se reseque y se mate al siguiente cerdo.
Y es que engaña mucho ese arranque con Bad Romance, que es un pelotazo en toda regla. Pum, pum, pum de fondo bien metido. OK, es un tema. Pero el resto es reconversión, cutrerío, cosillas que hacía mejor Depeche Mode hace 30 años. Muy moderno, sí señor. Sobre todo cuando, en uno de los últimos temas, Lady Gaga entona un “Boys Boys Boys” que no nos lleva al siglo XXIII precisamente, sino a Sabrina Salerno, a la nochevieja del 87, a la pechuga y a Fernando Esteso.
Es la última vez que escucho a cierto redactor de LMA poco amante de escribir segundas partes (por saberlas indefendibles en su fuero interno spotifero). Finalizado el horror, me cambié a Bowie, que hasta cuando se pasó al Let’s Dance seguia pareciendo una persona, y no un maniquí de plexiglás chutado de modernidad . De ahí me pasé al Bowie de los setenta y a los Stones en Shine a Light, que también están gagá pero saben tirar de patrimonio. De eso se trata amigos, de patrimonio: seré un antiguo, pero si el camino musicial del siglo XXI pasa por la Mazinger Z ésta y su bacanal de entradas falsas y música más falsa aún, yo me bajo del tren, me pongo una túnica y me piro a Atenas.
Tres se nos han ido, tres, en este mes de noviembre.
Luis García Berlanga fallecía el pasado día 13. Decir que el cine español está ahora huérfano se queda, por desgracia, corto. Berlanga (y Azcona) supieron asimilar, integrar y adaptar las claves del neorrealismo italiano al esperpento patrio mediante una nueva forma de comedia que daba identidad, consistencia y un punto de dignidad a nuestras vergüenzas. Cogieron lo peor de España y lo pusieron al aire, lo hicieron palpable e identificable en un vendaval de elocuencia, y se sirvieron para ello de imposibles planos-secuencia por los que desfilaba el mejor y más nutrido grupo de (mal llamados) actores secundarios que jamás tendrá España.
Lo peor de la muerte de Berlanga es constatar que no tiene heredero, como no lo tiene su gloriosa “troupe” (que también nos está dejando) de los Alexandre, Agustín González, Ciges, Escobar, López Vázquez y un largo etcétera. Por este motivo, el Ministerio de Cultura debería proteger ese patrimonio, venderlo al exterior y dejarse de subvenciones imposibles: dar a conocer a Europa, y al mundo, algo que desconoce: que en España se hizo (El Verdugo, Plácido y La Escopeta Nacional) parte del mejor cine europeo de los años 60 y 70. Que, Buñuel aparte, tenemos aquí a uno a la altura de los Fellini, los Truffaut y compañía. Que si hubiéramos sido alguien en los años 60 hoy El Verdugo se estudiaría en las academias de cine de medio mundo. Que (y esto es lo peor) ni siquiera parece que estemos reivindicando ese patrimonio aquí, pues El Verdugo ni siquiera se ve en los colegios españoles. Dice Santiago Segura que debería ser materia obligatoria, junto con la lectura de los Quevedo, Lazarillos y demás. No se puede estar más de acuerdo.
Nos hartamos de oír que un artista se debe a su público, que éste es su principal valedor. También leemos continuamente sobre las bondades de la contención dramática, de la ausencia de gesto, de la economía de medios que sigue logrando el mismo objetivo que una desaforada sobreactuación. La muerte, ayer, de Leslie Nielsen fue la noticia con más comentarios de internautas en los medios españoles. Todos esos comentarios eran amables, y muchos de ellos coincidían en que consiguió hacer troncharse a más de uno con ese clásico gesto pétreo de persona desubicada. Así pues, tomen nota, señores puristas: el público lo adoraba, y más de una vez consiguió gags memorables con la mayor economía de medios. ¿No es eso lo que suelen llamar “un artista”?
Desgraciadamente se le sigue llamando rey del chiste “fácil” y del cine “chorra”. Qué calificativo más feo. No debían ser tan fáciles los chistes de Aterriza como Puedas y Agárralo como Puedas si se lleva 30 años intentando imitar la fórmula (scarys movies, spanish movies y demás) y nunca ha vuelto a hacer tanta gracia. Nielsen estuvo en muchas de esas lamentables repeticiones de la fórmula, y sería pues exagerado elevar su patrimonio al de un Chaplin, un Groucho, un Keaton, etc. Pero pertenece a la estirpe de los Harpo Marx, Chico Marx, Jerry Lewis y otros tantos con la capacidad a menudo infravalorada de hacer reír. Tipos, “simplemente”, divertidos. Como si eso fuera simple….
Para cerrar el mes, nos despertamos hoy con el suicidio, a los 95 años, de Mario Monicelli. Tienen en Italia el mismo problema que en España: Monicelli, padre de la commedia all’italiana que siguieron Dino Risi, Luigi Comencini (también recientemente fallecidos) y otros, no deja herederos. Son todas estas comedias (Rufufú – I Soliti Ignoti- , Tutti a Casa, Amici Miei, la Escapada, etc) joyas absolutas, retratos irónicos, amargos y, por encima de todo, divertidísimos, de sinvergüenzas perdedores, miserables y humanos, muy humanos. La “troupe” de actores de Italia era de aúpa y, como la española, tampoco deja herederos: Gassmann, Mastroianni, Manfredi, Sordi, Totó y un larguísimo etcétera.
Nos queda un consuelo: todas estas joyas (El Verdugo, Plácido, la Escopeta Nacional, La Escapada, Tutti a Casa, I soliti Ignoti, etc etc) se pueden adquirir en varios quioscos de España al módico precio de 2 euros. Vayan, piensen en sus hijos. Ya que sólo nos queda el patrimonio, intenten conservarlo en su estantería: a los escolares de ahora no les cabe en la mochila.
Chus Tas, nuestro lector número 13, Tío Mac el Viajero ocasional y futuro “postero” en LMA de lo que se avecina, vecina, en el mundo del 3D, ha incluido un más que brillante comentario en el no más brillante post del juguetito de Arcade Fire que, creo, cierra prácticamente el debate. Por si no fuera así, aquí estoy yo para cerrarlo, fácil tarea en esta web de ninis (Ni Escribo, Ni Comento), paraíso de los que deseamos tener razón.
A lo que voy: dice Chus Tas que Hitchcock ya usó el 3D en Dial M for Murder (Crimen Perfecto), y que ahora nadie reinventa la rueda, ni siquiera James Cameron y su cinexin particular del siglo XXIII. Y que lo que nos queda por ver (y coincido con él, efectivamente, en que aún no lo hemos visto) es la explotación artística del medio. Y sí, eso excluye al bueno de Hitch como explotador del 3D con pretensiones artísticas.
Porque Hitchcock no lo explotó. Sabemos por el Hitchcock-Truffaut, libro-biblia que ya comentamos por aquí en su día, que el director británico despreciaba esa película. Y aunque a nosotros sí nos guste, podemos intuir el porqué de ese desprecio.
Lleva algunas semanas causando furor en internet un videoclip interactivo de Arcade Fire muy en la línea de los dos realizados para su anterior álbum (“Neon Bible” y “Black Mirror”). El nuevo vídeo, o “experiencia”, según los cánones de grandilocuencia tan de moda, se puede “vivir” aquí:
El lector curioso habrá comprobado que se trata de una aplicación html5 o algo así con GoogleChrome y no sé qué más capaz de conectar P2P a uno con su propia infancia y recuerdos, oiga. O eso dicen. Yo hice el jueguecito el otro día. Y me gustó ver mi casa desde arriba, sí, pero lo hice ya en 2005 con la novedad del GoogleEarth, programa que ya ni recuerdo tener instalado. Y no he entendido muy bien eso de escribir una postal al niño que fui. Me sentí como quien tiene un boli que no pinta o quien manda un mail de prueba. Quiere eso decir que mi postal a mi yo de la infancia consistió en un rayajo y un “holaholaholahola”. Profundo.
Tengo la impresión (esto es una opinión personal) de que hoy en día se corre el riesgo de considerar cada último juguete de este tipo como la reinvención de algún tipo de lenguaje. El vídeo en cuestión me parece curioso, sí, y no se puede negar que aventura nuevos modos de publicitar las canciones. También es cierto que entierra al videoclip tradicional, hecho no tan notable en tanto que éste ya lleva muerto bastante tiempo. Pero el juguete no pasa de ser un accesorio del tema que suena de fondo (”We used to wait”), accesorio que no necesito para saber que el tema es excelente, como excelente es el último disco de Arcade Fire. No sé, es como si se pretendiera (cosas del marketing, supongo) que cada nuevo “cachivache” (toma vocablo arcaico – muy a juego con el post- ) de Steve Jobs, cada efecto especial “aún más allá”, cada nuevo par de gafas 3D y, en general, cada novedad de este tipo anticipase una nueva revolución cultural que fagocite a la precedente con la misma velocidad con la que un Madrid -Barça roba el título de “partido del siglo” al anterior.
Pretende ser, pues, la guía de referencia para analizar el futuro de la música de EEUU, presentando a la banda más prometedora de Nueva York, Arkansas, Rhode Island, Connecticut, D.C o Nebraska.
Sustituya el lector, en el párrafo precedente, “EEUU” por “España”, y “California, Arkansas, Rhode Island, Connecticut, D.C o Nebraska” por, sin un orden en particular, “Cataluña, Extremadura, La Rioja, Murcia, Ceuta o Castilla-León”…. y habrá encontrado su debate.
¿Debate inútil? Sí. ¿Qué debate cultural no lo es?
- 8 estados americanos no superan el millón de habitantes.
- 16 superan en población a la Comunidad de Madrid, 12 a Cataluña. A Andalucía alguno menos.
Post absurdo en LMA, pero mejor que nada. Y si no, ¿qué prefiere? ¿Nosotros, o el caos?:
Enric González, periodista y escritor, ha sido corresponsal de EL PAÍS en Londres, París, Washington, Nueva York y Roma. Actualmente ejerce en Jerusalén. Entre destino y destino, con asumida pereza, no sin cierta lentitud y con el debido retraso, recopila sus vivencias personales y la mirada resultante del mapa sociológico de esas ciudades en unos libros sencillos, cortos y de lectura ágil y amena. Estos pequeños ensayos teóricamente nacidos (no lo digo yo, sino él mismo) de la vaguería son, simplemente, maravillosos.
Historias de Londres, Historias de Nueva York y el recientemente publicado Historias de Roma nos reconcilian con la inteligencia. Constituyen la mirada histórica, curiosa, irónica, sabia y divertida del observador que pretende exprimir al máximo las características sociales, artísticas, gastronómicas, cinematográficas e históricamente identitarias de dichas ciudades y sus pobladores.
Este recorrido conjunto (lector y escritor) por Roma, Nueva York y Londres es detallista y generalista (la grasa de los filetes de Nueva York y su relación con la Gran Depresión); las pequeñas rutinas aventuran, para el ojo del autor, rasgos identitarios de tradición milenaria (las pachangas futbolísticas de la plaza romana de Campo dei Fiori y su relación con godos, normandos, árabes y demás invasores) y nada es ni debe ser tratado con solemnidad ni seriedad excesiva. Manda la ironía. Como debe ser.
Queden para el recuerdo el primer capítulo de Historias de Londres, con una corresponsalía conseguida a última hora que pesará sobre la conciencia de Saddam Husein, el magnífico episodio de las “divinidades fundadoras” (los Carnegie, Rockefeller, Vanderbilt y compañía) de Manhattan o los capítulos de Roma dedicados al gran Alberto Sordi y al “aleph” de densidad histórica casi inasumible del centro de la Ciudad Eterna. Capítulo éste que EL PAIS me permite rescatar.
Capítulo aparte merecen las Historias del Calcio, recopilación de artículos publicados en El País al término de cada jornada de la liga italiana que constituyen la extrapolación de esa mirada de las ciudades al fútbol, siendo éste el eje sobre el que se crea la crónica sociológica, cultural e histórica de, en este caso, Italia. Surgen así artículos de deleite incluso para no futboleros, como el destino crepuscular a modo casi cinematográfico de los jugadores “medianos”, la maldición del Torino y la seriedad ancestral del equipo que le recogió el testigo, el arte maldito pero esencial de Antonio Cassano y, por supuesto, los defensas de Campo dei Fiori. Pero hay más: busquen en la hemeroteca de EL PAIS “Cenizas del fútbol” y encontrarán decenas de historias líricas de jugadores olvidados y, por tanto, esenciales.
Por fortuna, Enric González sigue escribiendo (magníficamente) de fútbol, como demuestra el blog publicado durante el presente mundial: “Dibuje, Maestro”. Mientras esperamos con ansia (aun asumiendo el debido retraso) unas hipotéticas “Historias de Jerusalén”, nos conformamos con su otro blog actual, dedicado éste al conflicto palestino-israelí: “Fronteras Movedizas”.
En LMA seguimos defendiendo a Jeff Tweedy tras asistir a su concierto del pasado 7 de julio (sí, el día de las semifinales) en los Veranos de la Villa de Madrid.
Se presentaba complicada la noche, y arriesgamos con el factor comerse las entradas con patatas caso de que los alemanes nos empataran y nos enfrentaran por enésima vez con la prórroga, los penaltis y la consecuente (y tradicional) reflexión posterior sobre el estado de la nación.
Pero, cosas veredes Sancho, cumplimos en 90 minutos. Será que de verdad estamos cambiando. El caso es que la eficiencia nacional nos permitió acercarnos al escenario y perdernos sólo los dos primeros temas, toda vez que Tweedy tuvo la deferencia de esperar al minuto 17 D.P (en adelante, “Después del Puyolazo”), es decir, al final del partido, para arrancar con Spiders (Kidsmoke) y I am trying to break your heart.
Llegamos, pues, en el tercer tema (I’ll fight) para ver al líder de Wilco desgranar durante dos horas repertorio propio desde la época de Uncle Tupelo y alguna versión a petición del público (cayó Simple Twist of Fate), apoyado sólo en su guitarra. Concierto acústico en solitario, por tanto.
Noticia: no nos aburrimos. Para nada.
Notable la capacidad del bueno de Jeff de imponer un ambiente de respeto reverencial a su excelente repertorio, no exento de una buena comunicación y colegueo con el público (cayeron referencias a David Villa, bromas a costa de su esposa y mucha bonhomía en general). Gozoso ambiente de “petit comité” (apenas 900 espectadores) e intimidad en una tranquila (los claxons comenzaban al otro lado del Manzanares) noche de verano al aire libre: magníficas canciones, buenas versiones y aroma de momento irrepetible sin serlo del todo.
Tweedy está dejando algunas sorpresas finales en los conciertos de esta gira acústica. En nuestro caso consistió en cantar el último tema sin micrófono ni altavoces: Jeff cantando en la primera fila tras pedir un respetuoso silencio. Como tontería no estuvo mal; si pretendía enfatizar el tono de intimidad y sinceridad de la actuación, lo consiguió.
En el Vic Theatre de Chicago la sorpresa fue otra: revisando las peticiones que la gente le había hecho llegar por mail, se encontró con “Single Ladies”, de Beyoncé. Y aprovechó para hacer chanzas y burlas durante cuatro minutos sobre la letra de la canción. Vean el vídeo aquí abajo, vale la pena. Y me permite abrir debate, en general, sobre la presunción y el sentimiento de superioridad de cierta música “artística” y su derecho a reírse de la “comercial”. Entrecomillo ambos términos por no tener límites muy establecidos, como sabemos.
He vuelto de vacaciones hoy. Nueva York mola. Mucho. Más que la primera vez. Esa sensación de tiempo congelado, de callejear entre clásicos, que si el Radio Music City Hall por aquí, que si el Empire State por allá, que si el bar de Seinfeld que sorprende a la vuelta de una esquina (lo encontré por sorpresa en West Harlem, en la 112th con Broadway), que si el puente del Manhattan de Woody Allen (el banco no está), etc.
Se siente uno como en casa paseando entre la memoria colectiva del mundo; y piensa: “que no nos cambien Nueva York, que la dejen como está, que no metan nada nuevo”.
Algo así como LMA. Ronnie James Dio murió hace tres semanas, pero oiga, que no nos cambien la portada, porque total, no ha pasado nada. ¿Qué es un Primavera Sound para sacarnos del pasmo?
¡¡Copones!! Hordas de ávidos lectores esperan con ansia vuestras crónicas de los modernillos tocabaterías del Guitar Hero y vosotros ahí, indiferentes mientras se comen las uñas, sufren, buscan y no, oh no, no encuentran el conocimiento.
Me propongo dar ejemplo y escribir ahora mismo de lo que se me ocurra. Y lo que se me ocurre es que dejé aquí colgando un ciclo Pixar a falta de dos películas: Wall-E y Up.
Aún no he visto Up, pero vi Wall-E hará un mes. Y la recuerdo entera. Buena señal, como siempre.
Existen ahora mismo dos películas en cartel dirigidas por sendos prestidigitadores de la imagen, indagadores de lo malsano el uno y de la violencia urbana el otro, maestros de la cámara, del “tempo”, del ritmo, de la creación de tensión en una sala de cine que, visto lo visto, se mantienen en buena forma (si bien uno de ellos lo tiene bien complicado para poder seguir dando guerra).
Son ambas peliculas narrativamente imperfectas: una dispara con veneno hacia políticos sin nombre pero bien identificables, y erra en parte el tiro al acabar disparando a todas partes y a ninguna. La otra pretende engañar (o quizá engaña haciéndonos creer que lo pretende) y sorprender a espectadores ya muy curtidos en esto de los giros argumentales (100 años de cine dan para mucho) y no lo consigue, o lo consigue a medias.
Pero ambas películas son herederas de la mejor tradición del thriller clásico, y cuando este género cae en manos de semejantes cirujanos de precisión acostumbrados a navegar por terrenos pantanosos y aguas turbias, surge cine, del de verdad, del bueno. Son ambas películas, pues, historias imperfectas, pero que esconden la oculta y al mismo tiempo elocuente genialidad de los mejores trabajos de dirección.
No hablamos, pues, de historias, tramas ni personajes. Ni de juicios tipo “no me gustó la última de Coppola porque al final…” o “La historia que me cuenta Eastwood empieza de tal manera…”. No. Hablamos únicamente de la dirección de películas, y la defendemos, pues a día de hoy se persiste, en ocasiones, en no saber desligar la dirección de escenas de su escritura, y se tachan de “mediocres” historias efectivamente absurdas, pero contadas (¡dirigidas!) con pasión. Ya dijimos al respecto algo por aquí en su día de M. Night Shyamalan a cuento de El Protegido. La distancia, en Shyamalan, entre lo que cuenta y cómo lo cuenta es perfectamente salvable e identificable, pero no siempre resulta tan fácil diferenciar el qué del cómo, lo cual suele llevar a juicios apresurados.
Porque no saber desligar lo que se cuenta del cómo se cuenta lleva, por ejemplo, a cosas como calificar de “absurda” la escena de Con la Muerte en los Talones en la que Cary Grant es atacado por un avión. Efectivamente, si uno quiere matar a Cary Grant y lo cita en un desierto, caben pocos medios más absurdos para hacerlo que un vuelo rasante con un avión. Podría venir un tipo con una pistola, pero eso sería la vida. Podría ser citado en una habitación pequeña y oscura, con un tipo con pistola, pero eso sería banal y rápidamente olvidable. Así, si lo que uno pretende es crear tensión partiendo del más difícil todavía, no en un cuarto oscuro, no en un espacio cerrado, no con una puerta que chirría, no con un grito, no con un subidón de música justo en el momento del susto, sino sin música, sin diálogo, en el desierto y a pleno sol, y uno lo consigue con estudiadísimas posiciones de cámara, lenguaje mudo, puramente cinematográfico, un montaje estudiado y una perfecta planificación, dicha escena se convierte en un portentoso trabajo de dirección. Y, como tal, en un portentoso momento de cine, que perturba y fascina, incomoda, se queda en la retina y vuelve a veces, ya convenga o no.
Hablamos, en resumen, de directores, y dos de los grandes acaban de imprimir de un golpe nuevas imágenes en la biblioteca cinematográfica de nuestra retina.