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De americanos, españoles, miserias patrias y demagogia

Casete Gasolinera

A falta de buenos posts, a LMA sólo la salva un poco de demagogia.

Leo en un blog bastante interesante que un diario de Boston dedica un especial anual (50 Bands, 50 States) a la mejor banda novel de cada estado americano.

Pretende ser, pues, la guía de referencia para analizar el futuro de la música de EEUU, presentando a la banda más prometedora de Nueva York, Arkansas, Rhode Island, Connecticut, D.C o Nebraska.

Sustituya el lector, en el párrafo precedente, “EEUU” por “España”, y “California, Arkansas, Rhode Island, Connecticut, D.C o Nebraska” por, sin un orden en particular, “Cataluña, Extremadura, La Rioja, Murcia, Ceuta o Castilla-León”…. y habrá encontrado su debate.

¿Debate inútil? Sí. ¿Qué debate cultural no lo es?

¿Demagógico? También. Vaya en descargo que:

- 8 estados americanos no superan el millón de habitantes.
- 16 superan en población a la Comunidad de Madrid, 12 a Cataluña. A Andalucía alguno menos.

Post absurdo en LMA, pero mejor que nada. Y si no, ¿qué prefiere? ¿Nosotros, o el caos?:

Viñeta

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La mirada inteligente, irónica (y futbolística) de Enric González

Historias de Roma - Enric González

Enric González, periodista y escritor, ha sido corresponsal de EL PAÍS en Londres, París, Washington, Nueva York y Roma. Actualmente ejerce en Jerusalén. Entre destino y destino, con asumida pereza, no sin cierta lentitud y con el debido retraso, recopila sus vivencias personales y la mirada resultante del mapa sociológico de esas ciudades en unos libros sencillos, cortos y de lectura ágil y amena. Estos pequeños ensayos teóricamente nacidos (no lo digo yo, sino él mismo) de la vaguería son, simplemente, maravillosos.

Historias de Londres, Historias de Nueva York y el recientemente publicado Historias de Roma nos reconcilian con la inteligencia. Constituyen la mirada histórica, curiosa, irónica, sabia y divertida del observador que pretende exprimir al máximo las características sociales, artísticas, gastronómicas, cinematográficas e históricamente identitarias de dichas ciudades y sus pobladores.

Este recorrido conjunto (lector y escritor) por Roma, Nueva York y Londres es detallista y generalista (la grasa de los filetes de Nueva York y su relación con la Gran Depresión); las pequeñas rutinas aventuran, para el ojo del autor, rasgos identitarios de tradición milenaria (las pachangas futbolísticas de la plaza romana de Campo dei Fiori y su relación con godos, normandos, árabes y demás invasores) y nada es ni debe ser tratado con solemnidad ni seriedad excesiva. Manda la ironía. Como debe ser.

Queden para el recuerdo el primer capítulo de Historias de Londres, con una corresponsalía conseguida a última hora que pesará sobre la conciencia de Saddam Husein, el magnífico episodio de las “divinidades fundadoras” (los Carnegie, Rockefeller, Vanderbilt y compañía) de Manhattan o los capítulos de Roma dedicados al gran Alberto Sordi y al “aleph” de densidad histórica casi inasumible del centro de la Ciudad Eterna. Capítulo éste que EL PAIS me permite rescatar.

Historias del Calcio - Enric González
Capítulo aparte merecen las Historias del Calcio, recopilación de artículos publicados en El País al término de cada jornada de la liga italiana que constituyen la extrapolación de esa mirada de las ciudades al fútbol, siendo éste el eje sobre el que se crea la crónica sociológica, cultural e histórica de, en este caso, Italia. Surgen así artículos de deleite incluso para no futboleros, como el destino crepuscular a modo casi cinematográfico de los jugadores “medianos”, la maldición del Torino y la seriedad ancestral del equipo que le recogió el testigo, el arte maldito pero esencial de Antonio Cassano y, por supuesto, los defensas de Campo dei Fiori. Pero hay más: busquen en la hemeroteca de EL PAIS “Cenizas del fútbol” y encontrarán decenas de historias líricas de jugadores olvidados y, por tanto, esenciales.

Por fortuna, Enric González sigue escribiendo (magníficamente) de fútbol, como demuestra el blog publicado durante el presente mundial: “Dibuje, Maestro”. Mientras esperamos con ansia (aun asumiendo el debido retraso) unas hipotéticas “Historias de Jerusalén”, nos conformamos con su otro blog actual, dedicado éste al conflicto palestino-israelí: “Fronteras Movedizas”.

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Seguimos defendiendo a Jeff Tweedy

En LMA seguimos defendiendo a Jeff Tweedy tras asistir a su concierto del pasado 7 de julio (sí, el día de las semifinales) en los Veranos de la Villa de Madrid.

Se presentaba complicada la noche, y arriesgamos con el factor comerse las entradas con patatas caso de que los alemanes nos empataran y nos enfrentaran por enésima vez con la prórroga, los penaltis y la consecuente (y tradicional) reflexión posterior sobre el estado de la nación.

Pero, cosas veredes Sancho, cumplimos en 90 minutos. Será que de verdad estamos cambiando. El caso es que la eficiencia nacional nos permitió acercarnos al escenario y perdernos sólo los dos primeros temas, toda vez que Tweedy tuvo la deferencia de esperar al minuto 17 D.P (en adelante, “Después del Puyolazo”), es decir, al final del partido, para arrancar con Spiders (Kidsmoke) y I am trying to break your heart.

Llegamos, pues, en el tercer tema (I’ll fight) para ver al líder de Wilco desgranar durante dos horas repertorio propio desde la época de Uncle Tupelo y alguna versión a petición del público (cayó Simple Twist of Fate), apoyado sólo en su guitarra. Concierto acústico en solitario, por tanto.

Noticia: no nos aburrimos. Para nada.

Notable la capacidad del bueno de Jeff de imponer un ambiente de respeto reverencial a su excelente repertorio, no exento de una buena comunicación y colegueo con el público (cayeron referencias a David Villa, bromas a costa de su esposa y mucha bonhomía en general). Gozoso ambiente de “petit comité” (apenas 900 espectadores) e intimidad en una tranquila (los claxons comenzaban al otro lado del Manzanares) noche de verano al aire libre: magníficas canciones, buenas versiones y aroma de momento irrepetible sin serlo del todo.

Tweedy está dejando algunas sorpresas finales en los conciertos de esta gira acústica. En nuestro caso consistió en cantar el último tema sin micrófono ni altavoces: Jeff cantando en la primera fila tras pedir un respetuoso silencio. Como tontería no estuvo mal; si pretendía enfatizar el tono de intimidad y sinceridad de la actuación, lo consiguió.

En el Vic Theatre de Chicago la sorpresa fue otra: revisando las peticiones que la gente le había hecho llegar por mail, se encontró con “Single Ladies”, de Beyoncé. Y aprovechó para hacer chanzas y burlas durante cuatro minutos sobre la letra de la canción. Vean el vídeo aquí abajo, vale la pena. Y me permite abrir debate, en general, sobre la presunción y el sentimiento de superioridad de cierta música “artística” y su derecho a reírse de la “comercial”. Entrecomillo ambos términos por no tener límites muy establecidos, como sabemos.

Vean, vean:

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Películas menores: Broadway Danny Rose

Era mi intención reducir, por hoy, la resurrección de LMA a un post sobre Wall-E.

Sin embargo, viendo la lista de posts acabo de caer en que, con Wall-E, el contador de posts ascendía a 99. Diría pues que escribo este nuevo artículo sobre Woody Allen por amor al arte, pero mentiría: la razón que me mueve no es otra sino la pura vanidad, y las ganas de aprovechar la oportunidad de honrar mi nombre con el post número 100 de Las Malas Artes.

Añado: LMA no sólo cumple 100 posts, sino también un año de vida. En esto las fuentes son contradictorias: no hay una fecha de inicio clara, un cumpleaños a anotar en el calendario, pero sí se puede decir que el origen de tamaña fuente de iniquidades orbita en torno a una fecha muy precisa: la reunión del equipo redactor para rendir tributo, honores y demás pleitesías a la insigne figura de (paréntesis respetuoso) Angus Young el 5 de junio de 2009 en el Calderón.

Conste que en este año hemos sobrevivido a muchas cosas: a varios discos malos, a varios films peores, a nuestras ansias de grandeza, a nuestra falta de talento e incluso a una licencia sin pagar. Y aquí seguimos.

Es, pues, tiempo de celebración (¿casa de…?) y de tiradas de rollo. Y por eso atacamos ahora promesas hasta hoy incumplidas, como una que formulé a cuenta de la sección “Discos Menores” iniciada por Jos: “habrá sección equivalente en cine”.

Pues bien, aquí está:

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Broadway Danny Rose

Broadway Danny Rose, de Woody Allen (1984)

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Wall-E (2008)

Wall-E

Wall-E, de Andrew Stanton (2008)

He vuelto de vacaciones hoy. Nueva York mola. Mucho. Más que la primera vez. Esa sensación de tiempo congelado, de callejear entre clásicos, que si el Radio Music City Hall por aquí, que si el Empire State por allá, que si el bar de Seinfeld que sorprende a la vuelta de una esquina (lo encontré por sorpresa en West Harlem, en la 112th con Broadway), que si el puente del Manhattan de Woody Allen (el banco no está), etc.

Se siente uno como en casa paseando entre la memoria colectiva del mundo; y piensa: “que no nos cambien Nueva York, que la dejen como está, que no metan nada nuevo”.

Algo así como LMA. Ronnie James Dio murió hace tres semanas, pero oiga, que no nos cambien la portada, porque total, no ha pasado nada. ¿Qué es un Primavera Sound para sacarnos del pasmo?

¡¡Copones!! Hordas de ávidos lectores esperan con ansia vuestras crónicas de los modernillos tocabaterías del Guitar Hero y vosotros ahí, indiferentes mientras se comen las uñas, sufren, buscan y no, oh no, no encuentran el conocimiento.

Me propongo dar ejemplo y escribir ahora mismo de lo que se me ocurra. Y lo que se me ocurre es que dejé aquí colgando un ciclo Pixar a falta de dos películas: Wall-E y Up.

Aún no he visto Up, pero vi Wall-E hará un mes. Y la recuerdo entera. Buena señal, como siempre.

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El director es la estrella: El Escritor y Shutter Island

Scorsese, un hombre, unas cejas

Existen ahora mismo dos películas en cartel dirigidas por sendos prestidigitadores de la imagen, indagadores de lo malsano el uno y de la violencia urbana el otro, maestros de la cámara, del “tempo”, del ritmo, de la creación de tensión en una sala de cine que, visto lo visto, se mantienen en buena forma (si bien uno de ellos lo tiene bien complicado para poder seguir dando guerra).

Son ambas peliculas narrativamente imperfectas: una dispara con veneno hacia políticos sin nombre pero bien identificables, y erra en parte el tiro al acabar disparando a todas partes y a ninguna. La otra pretende engañar (o quizá engaña haciéndonos creer que lo pretende) y sorprender a espectadores ya muy curtidos en esto de los giros argumentales (100 años de cine dan para mucho) y no lo consigue, o lo consigue a medias.

Pero ambas películas son herederas de la mejor tradición del thriller clásico, y cuando este género cae en manos de semejantes cirujanos de precisión acostumbrados a navegar por terrenos pantanosos y aguas turbias, surge cine, del de verdad, del bueno. Son ambas películas, pues, historias imperfectas, pero que esconden la oculta y al mismo tiempo elocuente genialidad de los mejores trabajos de dirección.

Roman Polanski

No hablamos, pues, de historias, tramas ni personajes. Ni de juicios tipo “no me gustó la última de Coppola porque al final…” o “La historia que me cuenta Eastwood empieza de tal manera…”. No. Hablamos únicamente de la dirección de películas, y la defendemos, pues a día de hoy se persiste, en ocasiones, en no saber desligar la dirección de escenas de su escritura, y se tachan de “mediocres” historias efectivamente absurdas, pero contadas (¡dirigidas!) con pasión. Ya dijimos al respecto algo por aquí en su día de M. Night Shyamalan a cuento de El Protegido. La distancia, en Shyamalan, entre lo que cuenta y cómo lo cuenta es perfectamente salvable e identificable, pero no siempre resulta tan fácil diferenciar el qué del cómo, lo cual suele llevar a juicios apresurados.

Porque no saber desligar lo que se cuenta del cómo se cuenta lleva, por ejemplo, a cosas como calificar de “absurda” la escena de Con la Muerte en los Talones en la que Cary Grant es atacado por un avión. Efectivamente, si uno quiere matar a Cary Grant y lo cita en un desierto, caben pocos medios más absurdos para hacerlo que un vuelo rasante con un avión. Podría venir un tipo con una pistola, pero eso sería la vida. Podría ser citado en una habitación pequeña y oscura, con un tipo con pistola, pero eso sería banal y rápidamente olvidable. Así, si lo que uno pretende es crear tensión partiendo del más difícil todavía, no en un cuarto oscuro, no en un espacio cerrado, no con una puerta que chirría, no con un grito, no con un subidón de música justo en el momento del susto, sino sin música, sin diálogo, en el desierto y a pleno sol, y uno lo consigue con estudiadísimas posiciones de cámara, lenguaje mudo, puramente cinematográfico, un montaje estudiado y una perfecta planificación, dicha escena se convierte en un portentoso trabajo de dirección. Y, como tal, en un portentoso momento de cine, que perturba y fascina, incomoda, se queda en la retina y vuelve a veces, ya convenga o no.

Hablamos, en resumen, de directores, y dos de los grandes acaban de imprimir de un golpe nuevas imágenes en la biblioteca cinematográfica de nuestra retina.

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Nebraska y revisiones

Bruce Springsteen - Nebraska

Nebraska (1982) fue el primero de los álbumes “oscuros” de Springsteen. Su historia es conocida, pero se la contamos porque somos así:

Tras la exitosa gira del álbum The River con la E Street Band, Springsteen empieza a preparar un nuevo álbum con la banda, para lo cual se encierra sólo en su casa y comienza a componer y grabar demos de nuevos temas con una guitarra, una armónica y una grabadora de cuatro pistas.

La progresiva oscuridad que ya despuntaba en temas del mayormente festivo (y aborrecible para su legión de detractores) The River en canciones como Wreck on the Highway, Point Blank o la propia The River se hace cada vez más patente en los nuevos temas que Springsteen graba en solitario: estos abarcan nuevos espacios geográficos (Nueva Jersey deja de ser la única parada), la narración en primera persona se hace más frecuente (”My name is Joe Roberts” comienza uno de ellos) y, sobre todo, el ámbito temático es mucho más trágico: el “héroe springsteeniano” de la clase trabajadora no es ya un simple soñador en paro: es también un delincuente común, un sinvergüenza sin escrúpulos. También un psicópata. Un asesino al que sólo redimen sus recuerdos de la infancia.

Springsteen registra pues unos 15 temas nuevos con la grabadora en su casa, y comienza a preparar los arreglos con el resto de la E Street Band en estudio para dar forma al nuevo álbum. Todos los temas llegan a grabarse con el acompañamiento de la banda, pero a Springsteen no le convence el resultado, no logra alcanzar con la banda el novedoso tono que las nuevas canciones han tomado en sus grabaciones en solitario. Y entonces toma una decisión arriesgadísima y totalmente insólita: tira las sesiones con la banda a la basura y decide que el nuevo álbum lo compongan 10 de los temas grabados en su casa tal y como fueron registrados. La cinta grabada en casa. Punto.

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Invictus: el libro

El-factor-humano - John Carlin

Creo que el mejor acercamiento a la historia de Invictus no es tanto ver el film de Clint Eastwood, sino leer el ensayo de John Carlin en que está basado dicho film: Playing the Enemy, titulado en España El Factor Humano: Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación.

Las primeras 200 páginas del libro son magistrales: la vida de Mandela en la cárcel, su pragmatismo, que le lleva a olvidar la lucha armada de sus tiempos en Umkhonto we Sizwe y decantarse por la palabra, su propio carisma y la comprensión como modo de acercarse a los afrikaner, empezando por aprender su idioma y costumbres. Cómo aplica su plan ascendiendo progresivamente en la escala de autoridad: plan que comienza por los carceleros, sigue con el ministro de defensa, continúa con el jefe del servicio secreto y desemboca en las conversaciones secretas con el gobierno de P.W Botha para negociar su salida de la cárcel.

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La cinta blanca

La Cinta Blanca

Das Weisse Band – Eine Deutsche Kindergeschichte, de Michael Haneke (2009)

Un pueblo del norte de Alemania en los meses previos al estallido de la Primera Guerra Mundial. Una serie de extraños acontecimientos, al parecer motivados por una voluntad oculta de aplicar castigos rituales, sacuden al pueblo. ¿Quién está detrás de estos actos?

Hasta ahí el planteamiento de la historia en tanto que película de asesino en serie o whodunit, que diría Hitchcock.

Y a partir de ahí, pura alegoría: sugerente, inquietante, fascinante. Haneke crea una gama de personajes-arquetipo que se adhieren a la memoria del espectador, proponiéndole nuevas preguntas y proporcionando nuevas respuestas semanas después del visionado. Entre esos personajes destacan por encima de todo los niños, que parecen directamente sacados de El Pueblo de Los Malditos, pero también el pastor obsesionado con la pureza del alma; el médico cruel y corrupto de puertas adentro, que sin embargo vende una imagen de corrección de puertas afuera; la familia de campesinos oprimida por el patrón, con el conflicto padre-hijo sobre la mansa aceptación de esa opresión; el barón y la baronesa, ésta última parte consciente de la corrupción y miseria subterráneas que ahogan al pueblo.

Con todos estos personajes Haneke construye un intrincado juego de espejos en el que cualquier interpretación es válida. Sin embargo él mismo ha pretendido irónicamente, y con un punto de maliciosidad, centrar toda la atención en los niños para resaltar una interpretación por encima de todas: desde el título original (La Cinta Blanca – Una historia de niños alemanes), al contexto histórico: se desarrolla en Alemania en 1913, luego estos niños serán futuros nazis. Conclusión apresurada: he aquí las causas.

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La Carretera, de Cormac McCarthy

La Carretera (The Road)

He leído dos veces La Carretera, de Cormac McCarthy.

El primero de esos dos acercamientos a la novela fue ciertamente superficial (y algo embarazoso en perspectiva). Ocurrió hace seis meses, la compré al vuelo en una gasolinera como “lectura de verano”, como quien se encapricha de un Larsson. Tengo excusa en reconocer que hasta entonces no había leído nada de McCarthy. Lo conocía como autor del “reconocido best seller en el que se inspiró No es País Para Viejos“. Punto.

Y la novela me desconcertó. No leí la sinopsis, me enfrasqué directamente en ella y la abordé como un simple relato de terror (lo sé, relato de terror no es necesariamente sinónimo de simple, como tampoco lo es cierto cine de terror, pero permítame la licencia). Y avanzaba por sus páginas con una sensación incómoda, sí; de miedo, también, con el tema del canibalismo…Pero oiga, era verano y, cual lector de Larsson en el metro, yo reclamaba mi derecho a un giro argumental antes del capítulo 2.

Giro que no llegaba, a lo que contribuía el hecho de que el libro no tiene capítulos: consiste en párrafos de 15-20 líneas, describiendo la supervivencia de padre e hijo al detalle. Pero ni siquiera la elocuente evidencia de esa ausencia de capítulos consiguió sacarme del estupor estival y hacerme ver la sustancia: que no era un “simple” relato de terror, que estaba leyendo mal, que mi enfoque era penosamente incorrecto, como el de quien se lee la versión cómic de Hamlet. Y terminé el libro a 40 grados y muy desconcertado.

Y diez nevadas en Madrid no han sido suficientes para sacarme de ese estupor veraniego, no: lo que me ha sacado de él ha sido el estreno del film. Porque la semana pasada, con eso de que salía la película, le di una segunda oportunidad a la novela.

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