
Los cómicos más grandes de una época concreta se distinguen del resto por poseer un estilo propio de comedia. Ricky Gervais, ese bufón que tanto dio que hablar en sus dos apariciones estelares como presentador en los Globos de Oro, lo posee. Bajo la máscara de cómico cruel, despiadado, feroz, sin tapujos ni reservas, brutal y bruto, rudo y zafio se esconde uno de los mejores comediantes de la actualidad. Un mago, un humorista que no debe su éxito al “mérito” de soltar burradas (como tanto otros), sino a mimetizarse en las mismas, hacerlas parte de su personaje, no esconderse, sino desnudarse en su patetismo y mostrarnos lo peor de si mismo, para después conseguir que empaticemos con semejante miseria y, cuando nos tiene cogidos….darnos la vuelta y mostrarnos las maravillosas personas que él (y por tanto nosotros) podemos ser. Todo ello sin soltar la pinta. Un genio.
Saltó a la fama con The Office (versión UK), esa descarnada visión de la vida en la oficina escrita codo a codo con el descacharrante Stephen Merchant (su colaborador habitual) y que establecía las bases de su discurso cómico: conseguir invertir las emociones del publico y los términos de la comedia: lo cómico resulta deprimente, y lo que produce rechazo (el inenarrable David Brent) provoca la risa.
Tras doce capítulos y dos especiales de Navidad (suficiente, no como las 47 temporadas de su versión americana), pasó a otra cosa: Extras. Sorprendentemente menos divertida que The Office, más dramática, igualmente cruel y brutal en ocasiones y, en algunos aspectos, mejor: en ella Gervais maneja unos recursos dramáticos, de guionista y actor, que ya quisieran muchos directores con vocación de autor. Retrata la miserable vida de un perdedor que nunca renuncia a su dignidad, y lo hace entre cameos (uno por capitulo) de grandes figuras del cine y de la música: impagables los episodios de Kate Winslet, David Bowie, Robert de Niro y , sobre todo, Ian McKellen. Es una serie que parece decaer en cada episodio y de repente te sorprende, arriesgada, de la que quieres salir en cualquier momento porque no le pillas la gracia y, súbitamente, te vuelve a agarrar. En ella se huele el riesgo y la falta de conformismo. La prefiero a la divertidísima, pero en ciertos aspectos más acomodaticia, The Office.
Gervais ha probado éxito en el cine allende mares, en Estados Unidos. Al parecer, con resultados poco satisfactorios. Los chistes, que hacen más gracia en casa. Con una excepción: el salvaje monologo “Ricky Gervais Out of England”. Exige estómago y mirar para otro lado en ocasiones (esos chistes a costa de enfermedades terminales), y saca al Gervais más burro y menos cerebral, pero aun así uno pasa 90 minutos con los pies para arriba. Para muestra un botón:
Un grande, en suma, que prepara nueva serie. Mientras tanto nos quedamos con el burro adorable pero hipócrita, que escupe a la hipocresía ajena (y la propia) desde una casa de Gran Hermano al final de Extras, ganándose el cielo (el personaje) y los laureles (el autor). Capaz, Gervais, de moverse simultáneamente en la comedia y el drama. Algo sólo al alcance de los más grandes.


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