
Siguiendo con la excelente iniciativa de los Cines Verdi, esta semana muchos hemos podido disfrutar, por primera vez en sala oscura y pantalla grande, de “Érase una Vez en América”, poema épico sobre la amistad, la traición, el sentimiento de culpa, la violencia y el peso de los errores del pasado. La obra de una vida, la de Sergio Leone, en su versión íntegra de 229 minutos (“Ah, pero, ¿no hay intermedio para salir a mear y eso?” .“No” .“Ah”).
Nada como el silencio de una sala oscura y una pantalla grande para sumergirse en el ritmo que impone Leone, pausado, cerebral, en ocasiones confuso; un tratado de despiece de la narración a modo de rompecabezas que propone conflictos y los deja sin resolver a voluntad. O los resuelve. O los deja flotando en el aire, suspendidos sobre el fresco majestuoso de una época y una historia que uno ya ha creado en su cabeza al salir de la sala, rellenando los huecos de la narración en reflexiones posteriores, quizá en el sueño: ¿qué hizo Noodles en todos aquéllos años en Buffalo? ¿Hemos llegado a ver lo que ocurrió en la escaramuza del principio o lo ha imaginado nuestro cerebro? ¿Odiaba Max a Noodles? ¿O comprendió que era el precio a pagar por mantener a su amigo a salvo de él mismo y el único modo de ofrecerle el perdón al cabo de tantos años? ¿Y Deborah? ¿Temía a Noodles desde el principio? ¿Lo despreciaba, lo usaba? ¿O todo lo contrario?
Éstas y otras preguntas a la salida del cine. Surge inevitablemente, otra vez, la teoría del sueño. También otras. Y surgirán más. Sirva de momento este artículo para continuar la discusión:


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