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¿Que hacemos con El Padrino III?

PadrinoIII

El sano ejercicio de civismo y calidad ciudadana consistente en revisar periódicamente la trilogía de El Padrino ha sido este año más especial de lo habitual gracias a la excelente iniciativa de los cines Verdi.

El equipo redactor de LMA acudió con gozo y placer renovados a ver en pantalla grande estos dos tótems del celuloide sobre el mito trágico de Michael Corleone, ese soldado de apariencia inocente, bisoña y afable cuando vuelve de la Segunda Guerra Mundial que se convierte, al ascender en La Familia, en un perfecto asesino de frialdad escalofriante al servicio de una inteligencia asombrosa.

Nuevamente se revela que el gran mérito de los cineastas actuales no reside tanto en conseguir sacar adelante una película ante estudios obsesionados con productos infantiles, secuelas y productos de consumo rápido, ¡sino en el propio hecho de acometer semejante empresa sabiendo que El Padrino (I y II) ya han sido hechas por otro! Reinventar el Sol, que se dice.

Desgraciadamente la tercera parte de la trilogía no está incluida en el programa del Verdi, lo cual reincide en el gran debate que existe desde su estreno en 1991: ¿qué hacemos con la tercera?

¿Qué es El Padrino III? Pues es una buena película cuyo gran pecado es no estar a la altura de las otras dos. Pero, honestamente, ¿cuántas películas lo están? En su defensa hay que decir que le vino a Coppola por encargo, y que él sólo quería rodar un epílogo a los dos primeros episodios, no una tercera parte propiamente dicha.

Paramount tenía un guión escrito desde hacía tiempo, lleno de tiros y muertos en una historia sobre la influencia de los Corleone en varios golpes de estado en Sudamérica. Coppola y Mario Puzo, conscientes de que la historia de Michael Corleone había concluido al final de la segunda parte, y queriendo dar un enfoque más sincero y menos continuista a un film que nacía más por obligación que por voluntad artística (concretamente, por las enormes dificultades económicas que Coppola arrastraba desde el batacazo de Corazonada) cambiaron ese guión de arriba abajo, empezando por el título. Lo llamaron “La muerte de Michael Corleone”, epílogo a El Padrino, partes I y II. Es éste un detalle muy revelador de cuál era la nueva orientacion que Coppola quería dar al proyecto. Pero Paramount, evidentemente, no accedió y sólo permitió el título más comercial de “El Padrino, parte III”, disparando desde entonces las comparaciones.

Posteriormente, como en todo film de Coppola (director que parece saltar al vacío para acometer una nueva ópera prima con cada uno de sus rodajes) arrancaron los problemas de producción: Robert Duvall decidió no hacer la película y reventó el guión, que tuvo que ser reescrito prácticamente entero. Coppola pidió un año para pulirlo, pero Paramount fijó la fecha del estreno al 25 de diciembre, reduciendo el tiempo de escritura del guión, preproducción y rodaje a doce meses en total. Por el camino, además, Winona Ryder se cayó de la película cuando ya habían empezado a rodar y Coppola, sin posibilidad de perder más tiempo en nuevas pruebas de casting, apostó por su propia hija, Sofia Coppola, que no tenía ninguna experiencia previa y que, a pesar de sus esfuerzos, hace el ridículo en más de una escena.

Así pues, surgió un film en el que se adivinan las prisas, las dificultades de producción, los errores de casting y la pérdida de continuidad visual respecto a las dos partes anteriores (a pesar de que Gordon Willis se esforzara por ofrecer un tono parecido, no deja de ser una película rodada 16 años después de sus predecesoras). Pero a pesar de todas las dificultades es un film que, caminando por la cuerda floja durante más de dos horas, consigue elevarse majestuosamente en más de una ocasión, sobre todo en esa excelente media hora final. Se acerca al precipicio con esa historia ligada a la misteriosa muerte de Juan Pablo I, la logia P2, el Banco Ambrosiano, etc, pero no cae y de hecho sobrevive con ironías geniales: ahí está esa idea de que, cuando los Corleone quieren ser legales y que se perdonen sus pecados, uno: topan con la Iglesia; y dos: son derrotados (¡por primera vez!) por la única gente de astucia e inmoralidad superiores a la suya: el poder y la clase política italiana de finales de los años 70 (los Andreotti, Gelli y demás).

Es un ejercicio interesante pensar cuánto más hubiera sido interesante esa historia vaticana de haber contado con el personaje de Robert Duvall (Tom Hagen) como abogado de la familia, y no con ese parche que interpreta George Hamilton, un intruso que rompe toda la continuidad con la parte II y que deja sin resolver el conflicto Michael Corleone – Tom Hagen de aquélla.

El Padrino III, o el epílogo a la saga. Película inferior (sí) llena de defectos (también) que pudo ser mejor (sin duda) pero que no deja de ser la mejor obra de los últimos 25 años (por lo menos desde Cotton Club) de un cineasta apabullante.

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