
The King’s Speech (2010), de Tom Hooper
¡Qué interpretaciones las de El Discurso del Rey! Se habla mucho y bien (con justicia) de Colin Firth, pero no tanto como se debería de Geoffrey Rush, actor que ha hecho de su histriónico (y único) recurso una obra de arte. Las escenas entre ambos, de las que justifican una entrada, son lo mejor de una de esas películas que hacen del cine británico casi un género en sí mismo: qué actores, qué flema, qué ambientación, qué diseño de producción …. y, al final, qué soso todo.
Es un maravilloso envoltorio alrededor de un guión carente de pulso y de chispa. ¿Por qué no contrataron al guionista de The Queen? Lo que en esa película era gracia, sana mala leche y fervoroso republicanismo envuelto en un respeto reverencial a Su Majestad aquí es desarrollo mecánico, de flema british tan aparentemente real que acaba siendo impostada (es una producción de los hermanos Weinstein, no lo olvidemos).
Se nos cuenta la crisis personal de Jorge VI por su tartamudez en los albores de la Segunda Guerra Mundial. En una época en la que los líderes se sirven de los nuevos medios de comunicación para alentar a las masas ante la inminente guerra, el Rey de Inglaterra no puede hablar en público.
Es éste un planteamiento muy arriesgado, y es que se necesitan muchos recursos cinematográficos para identificar al espectador con el drama personal de un Rey que se desarrolla entre el dramón de sus súbditos. El Rey tiene pánico a los micrófonos. Sus súbditos, a los inminentes bombardeos alemanes. Es como contarnos Normandía y centrarse en las ampollas del pie del capitán. Lo siento, pero el drama es lo otro.
Por eso la única (y mejor) escena del film es aquélla en la que planteamiento y narración van de la mano: un atónito y aterrado Firth admira las siniestras dotes verbales de Hitler en uno de los congresos de Nüremberg. Sólo ahí nos acercamos a la magnitud de su drama personal.
Pero la película renuncia a sacar miga de un período que daba para mucho más que para este desenfadado drama sobre la tartamudez. Y la cosa resulta tanto más irritante cuando se cuenta con gente como los propios Firth y Rush, así como con Guy Pearce, Helena Bonham Carter, Michael Gambon, Derek Jacobi, etc. Actorazos que hacen lo que pueden con sus escasas (y poco inspiradas) frases de un guión rectilíneo, deslavazado y frágil, con el que un actor tan solvente como Timothy Spall consigue apenas sacar a su Winston Churchill del terreno de la imitación y la parodia. El contexto histórico daba para más, mucho más. Uno esperaba, no sé, ver a Churchill cantarle las cuarenta a Chamberlain por su bajada de pantalones en Munich. Pero al final todos, Churchill incluido, sólo están pendientes del dichoso micrófono.
Los Monty Python lograron uno de sus gags más memorables a costa precisamente de Chamberlain y su papelito firmado por Hitler (ver minuto 5:30). Es una nueva prueba de que a menudo es fácil hacer comedia de las tragedias humanas. Pero sacar un gran drama de ellas exige subir un escalón. Escalón que El Discurso del Rey en ningún momento intenta subir. Quizá porque su escalera (y su discurso, tan ligero él) no llegan más allá de la gala del domingo.


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Con todo es podemos decir que los Goya se sometieron al ritmo de la música que ha marcado este año el discurso del Rey. Que como bien dices es una película vulgar con actores maravillosos. Mientras entre las candidaturas a mejor película extranjera se encontraba la francesa “El Profeta”. Oscura película de Gansters Franceses en el contexto (que hay que conocerlo) de la violencia Corcega, el radicalismo Islamico, y los matones que solo saben del dinero y la droga.
El discurso del Rey, sí muy bien, los Goya siguiendo a la hormiguita y mientras las películas se premian ellas solas.