
Wall-E, de Andrew Stanton (2008)
He vuelto de vacaciones hoy. Nueva York mola. Mucho. Más que la primera vez. Esa sensación de tiempo congelado, de callejear entre clásicos, que si el Radio Music City Hall por aquí, que si el Empire State por allá, que si el bar de Seinfeld que sorprende a la vuelta de una esquina (lo encontré por sorpresa en West Harlem, en la 112th con Broadway), que si el puente del Manhattan de Woody Allen (el banco no está), etc.
Se siente uno como en casa paseando entre la memoria colectiva del mundo; y piensa: “que no nos cambien Nueva York, que la dejen como está, que no metan nada nuevo”.
Algo así como LMA. Ronnie James Dio murió hace tres semanas, pero oiga, que no nos cambien la portada, porque total, no ha pasado nada. ¿Qué es un Primavera Sound para sacarnos del pasmo?
¡¡Copones!! Hordas de ávidos lectores esperan con ansia vuestras crónicas de los modernillos tocabaterías del Guitar Hero y vosotros ahí, indiferentes mientras se comen las uñas, sufren, buscan y no, oh no, no encuentran el conocimiento.
Me propongo dar ejemplo y escribir ahora mismo de lo que se me ocurra. Y lo que se me ocurre es que dejé aquí colgando un ciclo Pixar a falta de dos películas: Wall-E y Up.
Aún no he visto Up, pero vi Wall-E hará un mes. Y la recuerdo entera. Buena señal, como siempre.
Tiene uno viendo Wall-E esa sensación, poco frecuente, de estar viendo un clásico instantáneo. El “E.T” de esta generación, posiblemente. Quizá lo sea, y con todo merecimiento.
Es un film excelente, que crea empatía desde el principio con ese robot 100% chaplinesco, es decir, egoísta y un punto mezquino, pero tamizado con un aura de sincera bondad que le lleva a alcanzar objetivos admirables. Y es que (spoiler) el objetivo del robot Wall-E no es salvar a la humanidad y devolverla al planeta, como finalmente (y accidentalmente) sucede sino, simple y llanamente, quedarse con la chica y volverse con ella a casa, ya venga con otro millón de personas o no.
El guión de Wall-E tira, pues, de manual, adoptando la clave de Chaplin para crear personajes adorables: pon a tu público ante un espejo y muéstrale cómo es y, una vez generada la empatía, muéstrale lo que puede llegar a ser. Y lo tendrás en el bolsillo.
Como Charlot, Wall-E tiene un extraño concepto de la amistad (la cucaracha, como El Chico de Chaplin, parece un compañero accidental, y Wall-E no duda en abandonarla cuando le conviene agarrarse a una nave espacial); como Charlot, Wall-E es un soñador; como Charlot, Wall-E alcanza sus sueños tirando por la calle del medio, comprendiendo que la mejor manera de soportar, y por tanto ignorar al mundo que lo rodea es reduciendo este mundo a la chica, a sí mismo y a la carretera que ambos deben recorrer.
Pero por encima de todo, como Charlot, Wall-E es tremendamente humano, comprensible y adorable.
Wall-E cuenta, pues, una nueva historia de robots humanos y humanos sin alma que, al contrario de Blade Runner, no extrae tragedia y lirismo de esa deshumanización, sino épica, aventura y, en última instancia, esperanza. Cuando el hombre haya perdido su humanidad, será un sentimiento humano autoinducido en una creación del hombre el que vendrá a salvarlo. Este sentimiento es el amor de Wall-E por Eva, ese robot que parece directamente salido de un Apple Store. Y efectivamente, no hay más que poner la televisión de vez en cuando para comprender que esa obsesión y capacidad de ciertos sujetos de agarrarse a un tren de aterrizaje en marcha con tal de adquirir el último producto de Steve Jobs es a día de hoy, mal que nos pese, todo un sentimiento humano.
Por lo demás, el uso en Wall-E de las heterogéneas referencias de las que bebe (el musical americano, la comedia muda, 2001 y la literatura de Ciencia Ficción, el Génesis, etc) es tremendamente inteligente, incorporando todas esas referencias a su discurso, homenajéandolas y subvirtiéndolas a placer, según convenga. Todo vale en Wall-E una vez que el robot nos tiene atrapados (lo cual ocurre allá por el minuto cinco) y no nos suelta ni siquiera después de los satíricos y geniales créditos finales.
Lo dicho, la vi hace un mes y aún recuerdo un pensamiento que me vino a la cabeza viendo a Wall-E emocionarse con ese resto arqueológico de una civilización perdida en forma de VHS de Hello Dolly que ve a diario: las generaciones de un futuro muy lejano podrán saber que, a pesar de nuestras manías y malas costumbres, los hombres de esta época también tuvimos el lado bueno de Charlot, y por eso pudimos hacer cosas como Wall-E.
Un clásico moderno.


Información Bitacoras.com…
Valora en Bitacoras.com: Wall-E, de Andrew Stanton (2008) He vuelto de vacaciones hoy. Nueva York mola. Mucho. Más que la primera vez. Esa sensación de tiempo congelado, de callejear entre clásicos, que si el Radio Music City Hall por aquí, que s……