Era mi intención reducir, por hoy, la resurrección de LMA a un post sobre Wall-E.
Sin embargo, viendo la lista de posts acabo de caer en que, con Wall-E, el contador de posts ascendía a 99. Diría pues que escribo este nuevo artículo sobre Woody Allen por amor al arte, pero mentiría: la razón que me mueve no es otra sino la pura vanidad, y las ganas de aprovechar la oportunidad de honrar mi nombre con el post número 100 de Las Malas Artes.
Añado: LMA no sólo cumple 100 posts, sino también un año de vida. En esto las fuentes son contradictorias: no hay una fecha de inicio clara, un cumpleaños a anotar en el calendario, pero sí se puede decir que el origen de tamaña fuente de iniquidades orbita en torno a una fecha muy precisa: la reunión del equipo redactor para rendir tributo, honores y demás pleitesías a la insigne figura de (paréntesis respetuoso) Angus Young el 5 de junio de 2009 en el Calderón.
Conste que en este año hemos sobrevivido a muchas cosas: a varios discos malos, a varios films peores, a nuestras ansias de grandeza, a nuestra falta de talento e incluso a una licencia sin pagar. Y aquí seguimos.
Es, pues, tiempo de celebración (¿casa de…?) y de tiradas de rollo. Y por eso atacamos ahora promesas hasta hoy incumplidas, como una que formulé a cuenta de la sección “Discos Menores” iniciada por Jos: “habrá sección equivalente en cine”.
Pues bien, aquí está:
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Broadway Danny Rose, de Woody Allen (1984)
Por motivos que se me escapan, Broadway Danny Rose nunca figura en un top 5, ó 10, de películas de Woody Allen. Quizá sea por su aparente simplicidad. Qué digo aparente: Broadway Danny Rose es simple, y punto. Y es por ello genial.
Allen sale de su clásico personaje (ya saben, arquetipo de judío neoyorkino culturizado con neurosis sobre la vida, la muerte y el jazz) e interpreta a Danny Rose, caricatura de un agente teatral, tonto e insensato, convencido de que su clientela es un tesoro por descubrir, y que los locales de Broadway se pelearán por ella: dicha clientela incluye a un malabarista manco o a un bailarín de claqué cojo.
La historia de Danny nos es contada, a modo de flashback, por un grupo de cómicos reunidos en una cena en el Carnegie Delicatessen Restaurant (Carnegie Deli para los amigos) de Manhattan. Danny nos es presentado como una leyenda viva de Broadway y, a su manera, lo será.
Sabemos por el grupo de cómicos reunidos en el restaurante que Danny fue representante de un “one hit wonder” llamado Lou Canova, que éste tenía una amante llamada Tina Vitale, femme fatale sorprendentemente insegura (interpretada excelentemente, en un alarde de versatilidad, por Mia Farrow), que además era novia de un gángster. Y sabemos que Danny se enamoró a su vez de Tina y que el embrollo desembocó en una carrera frenética con la mafia a sus espaldas que sujeta toda la parte cómica de la película.
El tono hilarante con que los cómicos inician el cuento de Danny va poco a poco derivando en un tono de respeto y admiración por quien es un gran hombre, y el espectador observa también esa evolución a lo largo de la historia: también nosotros nos regodearemos en el patetismo de Danny al principio, pero pronto sabremos que la hilarante obstinación de Danny por sus clientes no era fachada, que se desvivía realmente por ellos, que todas sus acciones partían del convencimiento y la fe ciega en las posibilidades de estos. La película, pues, navega también por aguas más líricas, concretamente por el mil veces reivindicable cine de perdedores. Y mostrándonos a Danny como un perdedor, el film humaniza a esa parodia de un agente teatral, y nuestro respeto por Danny crece, como crece el film.
Film que desemboca en un final que no contamos, aunque que es simple y sencillo, pero también hermoso. Dicho final acontece donde el film empezó: a las puertas del Carnegie Deli.
Decía un crítico americano que Woody, con la simpleza de Broadway Danny Rose y con esa historia cíclica que arranca y termina en el restaurante había conseguido un milagro poco frecuente en el cine: al arrancar en el Carnegie Deli con un relato en flashback a apenas unos meses de distancia y finalizarlo en el mismo lugar con el personaje central del relato, Woody Allen había conseguido que el espectador sintiera nostalgia del presente.
Es cierto, pero la estructura cíclica de la historia no es la única causa: es sólo la cerradura. La llave son las otras bondades de Broadway Danny Rose: su maravillosa fotografía en blanco y negro, sus excelentes interpretaciones y el astuto rumbo parejo de film y personaje, desde el título hasta la evolución en paralelo de la percepción del espectador de lo que se le cuenta (la comedia se dramatiza, y con ello el espectador pasa de la burla a la empatía por Danny).
El resultado es, pues, uno de los más simples, sinceros, cortos (84 minutos), carentes de grandes aspiraciones y con ello más emocionantes films de Allen, que consigue (es cierto) que el espectador sienta nostalgia del presente.
Y es que servidor acaba (sé que ya lo he dicho, ¿y qué?) de volver de Nueva York, y obviamente (uno tiene estas cosas) incluyó como etapa obligatoria del viaje una cena en el Carnegie Deli, 7ª avenida con calle 55. Contrariamente a lo que se nos dice en el film, en el menú del restaurante nunca dedicaron el nombre de un plato a Danny Rose (es tal la sensación de verismo que transmite el personaje de Allen que uno esperaba encontrárselo en la carta). Danny Rose no tiene, pues, plato dedicado, pero sí lo tiene Woody Allen.
Y el “Woody Allen” en cuestión consiste en una montaña (unos 20 cm, no exagero) de pastrami aparentemente sujeta por dos panes, con lo que el diccionario permite llamar “sandwich” a lo que no deja de ser una descomunal torre de carne. Por lo visto casi nadie se lo ha terminado, y yo no fui una excepción. El tipo de la mesa de al lado sí se lo terminó, aunque sus andares al salir por la puerta denotaban un holocausto inminente en su señor retrete.
Pero el caso es que uno ha vuelto hoy de vacaciones y ya echa de menos su Woody Allen en el Carnegie Deli.
Lo dicho, nostalgia del presente.


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