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El director es la estrella: El Escritor y Shutter Island

Scorsese, un hombre, unas cejas

Existen ahora mismo dos películas en cartel dirigidas por sendos prestidigitadores de la imagen, indagadores de lo malsano el uno y de la violencia urbana el otro, maestros de la cámara, del “tempo”, del ritmo, de la creación de tensión en una sala de cine que, visto lo visto, se mantienen en buena forma (si bien uno de ellos lo tiene bien complicado para poder seguir dando guerra).

Son ambas peliculas narrativamente imperfectas: una dispara con veneno hacia políticos sin nombre pero bien identificables, y erra en parte el tiro al acabar disparando a todas partes y a ninguna. La otra pretende engañar (o quizá engaña haciéndonos creer que lo pretende) y sorprender a espectadores ya muy curtidos en esto de los giros argumentales (100 años de cine dan para mucho) y no lo consigue, o lo consigue a medias.

Pero ambas películas son herederas de la mejor tradición del thriller clásico, y cuando este género cae en manos de semejantes cirujanos de precisión acostumbrados a navegar por terrenos pantanosos y aguas turbias, surge cine, del de verdad, del bueno. Son ambas películas, pues, historias imperfectas, pero que esconden la oculta y al mismo tiempo elocuente genialidad de los mejores trabajos de dirección.

Roman Polanski

No hablamos, pues, de historias, tramas ni personajes. Ni de juicios tipo “no me gustó la última de Coppola porque al final…” o “La historia que me cuenta Eastwood empieza de tal manera…”. No. Hablamos únicamente de la dirección de películas, y la defendemos, pues a día de hoy se persiste, en ocasiones, en no saber desligar la dirección de escenas de su escritura, y se tachan de “mediocres” historias efectivamente absurdas, pero contadas (¡dirigidas!) con pasión. Ya dijimos al respecto algo por aquí en su día de M. Night Shyamalan a cuento de El Protegido. La distancia, en Shyamalan, entre lo que cuenta y cómo lo cuenta es perfectamente salvable e identificable, pero no siempre resulta tan fácil diferenciar el qué del cómo, lo cual suele llevar a juicios apresurados.

Porque no saber desligar lo que se cuenta del cómo se cuenta lleva, por ejemplo, a cosas como calificar de “absurda” la escena de Con la Muerte en los Talones en la que Cary Grant es atacado por un avión. Efectivamente, si uno quiere matar a Cary Grant y lo cita en un desierto, caben pocos medios más absurdos para hacerlo que un vuelo rasante con un avión. Podría venir un tipo con una pistola, pero eso sería la vida. Podría ser citado en una habitación pequeña y oscura, con un tipo con pistola, pero eso sería banal y rápidamente olvidable. Así, si lo que uno pretende es crear tensión partiendo del más difícil todavía, no en un cuarto oscuro, no en un espacio cerrado, no con una puerta que chirría, no con un grito, no con un subidón de música justo en el momento del susto, sino sin música, sin diálogo, en el desierto y a pleno sol, y uno lo consigue con estudiadísimas posiciones de cámara, lenguaje mudo, puramente cinematográfico, un montaje estudiado y una perfecta planificación, dicha escena se convierte en un portentoso trabajo de dirección. Y, como tal, en un portentoso momento de cine, que perturba y fascina, incomoda, se queda en la retina y vuelve a veces, ya convenga o no.

Hablamos, en resumen, de directores, y dos de los grandes acaban de imprimir de un golpe nuevas imágenes en la biblioteca cinematográfica de nuestra retina.

El_Escritor

The Ghost Writer, de Roman Polanski (2010)

Un “negro literario” (ghost writer en inglés) es contratado para terminar el libro de memorias de Adam Lang, ex primer ministro británico afincado en EEUU. Su predecesor en la tarea ha muerto en un aparente suicidio, y el ex primer ministro se verá de repente envuelto en medio de turbias acusaciones de cooperación con el gobierno americano en el secuestro y tortura de militantes de Al Qaeda. Desde ese momento, el escritor, afincado en la casa – fortaleza de la costa de Nueva Inglaterra en la que reside Lang, descubrirá, como en todo buen thriller, que nada es lo que parece.

Polanski no rodó el film ni en Londres ni en EEUU, sino en Alemania. Fue arrestado nada más concluir el rodaje y, de hecho, terminó el montaje de la cinta en la casa de Suiza en la que a día de hoy permanece en arresto domiciliario. Hay quien ve en el film una revancha del director polaco hacia el país cuya justicia lleva 30 años persiguiéndolo sin descanso, y de hecho El Escritor (de la que Polanski no es sólo director, sino también co-escritor) es un escupitajo a cierta política exterior americana bien reciente y a los gobiernos europeos que la apoyaron. De hecho es tal el paralelismo que el film traza entre la figura imaginaria de Lang y la real de Tony Blair, que según avanza la película el efecto resulta irónico de una manera casi obscena. (Por si no quedara claro el mensaje, además, Polanski ha escogido para interpretar a la Secretaria de Estado americana a la actriz del mundo más parecida a Condoleezza Rice).

El film funciona a varios niveles como crítica política, pero, en mi opinión, no a todos. Quizá sea por lanzar los dardos con demasiado retraso, ahora que ha pasado el tiempo, o porque el film dispara en una dirección y termina abruptamente apuntando a todas a la vez y consecuentemente a ninguna; y no nos cuenta nada que no sepamos, y aunque lo sepamos no consigue levantarnos de la silla más indignados con el mundo. Para mí, el motivo más probable del fallo en el tiro es puramente cinematográfico: quizá todo parta del hecho de que, de un tema tan turbio, Polanski haya construido un glorioso entretenimiento. Uno se siente casi culpable disfrutando (tanto) con este film.

De todas formas no estamos aquí para hablar de política, sino de cine, y El Escritor chorrea cine a raudales: bebe de la tradición del thriller clásico, de films como El Tercer Hombre, con la sombra permanente de un muerto (el anterior escritor) flotando en el ambiente, y también de ejercicios de cine político más reciente (Costa-Gavras) pero, por supuesto y por encima de todo, El Escritor es un film de suspense y por tanto es Hitchcock, que es como decir que el cuerpo humano es agua.

Polanski ha hecho su segundo film a lo Hitchcock y ha superado con creces el anterior (Frenético). Y es que la película está plagada de temas hitchcockianos (el manuscrito de la biografía como macguffin , el hombre inocente que se ve envuelto en una conspiración de la que es único objetivo, la música -¡clavada!- a lo Bernard Herrmann, etc) sin bien bebe, por supuesto, de imágenes polanskianas: la sensación de claustrofobia en esa casa, como en Repulsión o La Muerte y la doncella (¿ha usado los mismos exteriores?), aderezada por la sensación de que allí dentro todo el mundo conspira contra uno (La Semilla del Diablo).

Pero por encima de todo El Escritor es un portentoso trabajo de dirección. Qué gusto da ver historias vibrantes contadas por quien sabe contarlas. Y es que todo en el desarrollo narrativo de El Escritor es perfecto: la dirección de actores (sólo un gran director puede lograr que Pierce Brosnan resulte tan creíble), la planificación de las escenas en el interior de la casa (ésta es casi un personaje más), el ritmo, la cadencia, el montaje, la música, etc. Además, todos los actores son maravillosos, empezando por un sorprendente Ewan McGregor como el escritor, personaje absolutamente simbólico (es el único del film que no tiene nombre) y que soporta la historia a sus espaldas. La fotografía en tonos fríos y los diálogos, con ese punto mordaz y sarcástico tan british, también son excelentes.

Vayan a ver El Escritor. Si el final les disgusta olvídenlo y véanla como una historia desligada de la realidad, olviden a Blair. Como decía Hitchcock, la verosimilitud en una historia es inútil, lo importante es obtener emociones con una cámara. Polanski las extrae, y son de oro puro. Y si conectan con su final tanto mejor.

Shutter-Island_Poster

Shutter Island, de Martin Scorsese (2010)

En Shutter Island Scorsese parte de una novela de Dennis Lehane (autor de Mystic River) y se enfrasca en una historia de intriga, misterio y terror ocasional que indaga en los abismos de la psique humana, en el efecto en ella de los traumas del siglo XX y en las teorías conspirativas de la Guerra Fría.

Scorsese cuenta todo eso con pulso, en 140 minutos que transcurren como 40 y manteniendo siempre el control de la historia, aunque ésta a veces roce el pasote y bordee el precipicio. Pero nunca cae, y ni mucho menos decae. Es un film fascinante lleno de giros en su parte final, que no sorprenden demasiado e incluso huelen a déjà vu. Pero es difícil, tras más de 100 años de cine, sorprender con nuevos giros al espectador. Se tacha a Shutter Island de “previsible” y quizá lo sea, pero tal afirmación carece de sentido cuando se presenta como defecto único del film que arrastra bajo su sombra todas sus cualidades.

Y es que sus cualidades cinematográficas son innegables. Uno no es muy dado a exagerar en estos temas, o al menos casi nunca lo pretende, pero les puedo decir que Shutter Island arranca con los treinta mejores minutos de cine que este humilde espectador ha visto en mucho tiempo. El barco que sale de la bruma, la llegada de DiCaprio a la isla, la presentación de los personajes (Ben Kingsley y Max Von Sydow con cartel en la frente que dice ‘algo ocultamos’), la introducción al escenario, el inicio de la trama (una chica ha desaparecido, clásico misterio de cuarto amarillo y habitación cerrada). Presentación, personajes, escenario. Pim, pam, pum. Parece simple y no lo es: Scorsese sumerge a uno de tal manera en la película con ese arranque que es imposible que el espectador siga pensando en si ha ido al baño o ha apagado el móvil. Todo lo externo al film,a esa isla, ha desaparecido en la bruma.

Y el resto del film es también fascinante aunque derive en esquemas ya vistos. No se escandalicen, la historia no copia a ningún experimento cinematográfico reciente realizado por cualquier director de pacotilla, sino que se remonta a mucho más atrás. Concretamente (no daremos detalles) a un bien conocido clásico del cine mudo. Pero el fuerte de Shutter Island no es (insistimos) su historia, no es el qué, sino el cómo.

Y el cómo es que Scorsese ha creado un film de los de pegarse al asiento, rodado con maestría por y para el público, rodeándose para ello de excelentes actores. No nos sorprenden Max Von Sydow y Ben Kingsley, gente (sobre todo Kingsley) permanentemente instalada en la excelencia, sino DiCaprio: cada vez mejor actor, pero no terminaba de creérmelo, siempre me dejaba un poso de falsedad, incluso en el notabilísimo melodrama que es Revolutionary Road. Aquí no: aquí me lo creo, en cada gesto, en cada mirada. Creo que ha hecho el mejor trabajo de su carrera. Resulta magnético, cosa que no era antes.

Y habrá quien salga frustrado de Shutter Island porque sus sorpresas no sean dignas de un capítulo de Lost o una novela de Larsson. Olvídenlo: no estamos en el terreno de la barraca y el subidón olvidable. No he visto nunca Lost, ha sido un mal ejemplo. Leí el primer libro de Larsson. Lo he olvidado. No olvidaré Shutter Island en bastante tiempo, y su arranque quizá jamás.

Volviendo a Shyamalan, sí recuerdo, como todos, el final de El Sexto Sentido. Pero lo recuerdo más en tanto que fenómeno instalado en la cultura popular que por el momento en sí en que lo vi, que he olvidado. Y dicen que esa película de Bruce Willis no puede ser vista una segunda vez. No estoy de acuerdo: sí se puede, porque no funciona solamente como film de terror con sorpresa final, sino como excelente drama. Porque es un film tremendamente bien dirigido por el director que, a día de hoy, mejor deja entrever la distancia (en varios films suyos abismal) que separa las historias (en su caso mayormente mediocres con la excepción de El Sexto Sentido) del fascinante modo en que se cuentan. Toda una ventana al trabajo de dirección este Shyamalan.

De la misma manera, decir que Shutter Island puede ser vista una sola vez, como si su hilo conductor dependiera de las sorpresas que depara la trama e ignorando el resto de sus cualidades es absurdo. Salvando las distancias, es algo así como decir que Psicosis (spoiler) no soporta un segundo visionado porque todos sabemos quién es Mrs Bates.

Vayan, pues, a ver El Escritor y Shutter Island, y no hagan esa mamonada tristemente de moda de bajarlas de internet. Estos films (como todos los grandes films, en realidad) piden sala oscura, pantalla gigante y asiento al que agarrarse: la sala oscura es el canal por el que se transmite el lenguaje del cine de verdad, que es el que hablan Polanski y Scorsese. Servidor tuvo la oportunidad de ver Shutter Island prácticamente solo en una sala esta semana y les aseguro que fue una experiencia, toda vez que a mitad de este film de manicomios un loco entró en la sala y se me puso a murmurar en la espalda.

Pero los sueños de DiCaprio me produjeron mucha más inquietud que las murmuraciones de ese demente.

4 comentarios a El director es la estrella: El Escritor y Shutter Island

  • Información Bitacoras.com…

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  • Jos

    Fenomenal análisis… no me has llegado a convencer con lo de Shyamalan (din don, Shyamalamalama din don – si no lo digo, reviento). Señales es una de las peores películas que he visto jamás y me da pavor volver a acercarme a ella, por mucho post que le dediques.

    Le daré un tiento a El Escritor y Shutter Island y vuelvo a comentar :)

  • Billy Pilgrim

    No pretendía escribir un post sobre Shyamalan. Ni es un director que me entusiasme especialmente ni pretendía que hiciera sombra a Polanski y Scorsese, que son dos directores que me estusiasman especialmente.

    Simplemente ha surgido porque viendo algunas pelis suyas me cuesta contener la risa hacia lo que me cuenta, pero reconozco que tiene estilo y magnetismo en el cómo me lo cuenta. La jugada le salió redonda en El Sexto Sentido porque el equilibrio ahí existe, funcionando además como drama con ese niño inadaptado, tan inadaptado que su único amigo a la postre es un fantasma.

    Pero ya en El Protegido se iba de bares con ese rollo de superhéroes, pero se iba de bares con estilo. En Señales (bastante mala, sí, no pretendía decir lo contrario, y de hecho no la he mencionado) la cosa prometía con el tema del cura y la crisis de fe después de la muerte de su mujer. Y el suceso exterior que hace de interruptor para que todas esas tensiones contenidas exploten, algo así como Los Pájaros, salvando las distancias. Pero se carga toda la tensión con cosas como la escena aquélla penosa (la vi hace 8 años y no la he olvidado) del niño palangana a la cabeza explicando al padre cómo deben protegerse de los marcianos. Y la otra escena penosa del alien caminando por la cocina. Siendo justos: se dice que esta última escena fue un añadido del estudio, que le dijo que no podía hacer una peli de marcianos sin marciano, y añadió esa escena sin su consentimiento.

    Después ha hecho El Bosque, que no estuvo mal, y de nuevo funciona más como drama sobre gente que no sabe cerrar sus cicatrices que como sorpresa final.

    Luego hizo La Joven del Agua, que me puso de los nervios, no la comprendí, ni siquiera como coña.

    Y la última, la de El Incidente, era como esas pelis de serie B de la guerra fría y tal; no se dio cuenta de que esas pelis funcionaban porque el público era mucho más inocente y manejable por entonces. Pero como homenaje a todo aquello no está mal. Y sí, era bastante inquietante, pero a veces inquietan más los telediarios.

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