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Invictus: el libro

El-factor-humano - John Carlin

Creo que el mejor acercamiento a la historia de Invictus no es tanto ver el film de Clint Eastwood, sino leer el ensayo de John Carlin en que está basado dicho film: Playing the Enemy, titulado en España El Factor Humano: Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación.

Las primeras 200 páginas del libro son magistrales: la vida de Mandela en la cárcel, su pragmatismo, que le lleva a olvidar la lucha armada de sus tiempos en Umkhonto we Sizwe y decantarse por la palabra, su propio carisma y la comprensión como modo de acercarse a los afrikaner, empezando por aprender su idioma y costumbres. Cómo aplica su plan ascendiendo progresivamente en la escala de autoridad: plan que comienza por los carceleros, sigue con el ministro de defensa, continúa con el jefe del servicio secreto y desemboca en las conversaciones secretas con el gobierno de P.W Botha para negociar su salida de la cárcel.

El mapa sociológico de Sudáfrica y el clima de enorme tensíon nacional en el momento en que se hace con la presidencia: los blancos de extrema derecha de AWB, los afrikaner y el apartheid, los zulúes que los apoyan, los hermanos gemelos Constand y Braam Viljoen, enfrentados políticamente desde niños. El rencor de los negros del CNA representado en Justice Bekebeke. El presidente De Klerk, con el que Mandela recogió conjuntamente el Nobel de la Paz, pero al que en secreto despreciaba en beneficio de Costand Viljoen, boer granjero tradicional y líder militar afrikaner que desconfía de los negros. Y la clase media sudafricana, ese 60% de la población que vota al partido nacional, que vive en una burbuja inconsciente de las injusticias, adormecida por el rugby…y a la que pertenece la familia de François Pienaar y buena parte de los Springboks.

Las últimas 100 páginas son más flojas, y son justo las que toma la película. Es el fin del plan de Mandela para ganarse a los blancos, que culmina en la victoria de los Springboks en el mundial de rugby de 1995. Ahí el relato periodístico pierde un puntillo de fuerza, porque todos los testimonios en que se basa son en retrospectiva, rememorando el triunfo, y claro, ahí todo son buenas palabras, mejores intenciones y gran ensalzamiento, hasta el punto de que algunos de esos testimonios no te los crees del todo. Y chirrían un poco.

Pero sólo las 200 primeras páginas del libro justifican su lectura y su hueco reservado en la estantería, y ojo que las últimas tampoco están tan mal: son el relato de cómo el pan y circo de un pueblo pueden salvarlo. O, más aún, de cómo lo han salvado: no existen testimonios negativos en esta retrospectiva de la épica de la final. Todo son recuerdos positivos que transmiten la sensación de que ese dia se traspasó una línea que nunca volverá a cruzarse en sentido contrario.

Pero igualmente resulta frustante que las excelentes 200 primeras páginas, materia que pide film de Eastwood (con esa historia de ganadores que se convierten en perdedores reconociendo su propia moral en el momento preciso en que deben salvarla, y de perdedores que prefieren no convertirse en los únicos ganadores), sean justo las que desaparecen del film. Y que sea una historia de épica de la victoria (la de las 100 páginas finales) la que nos cuenta Eastwood, que de épica de la victoria sabe poco, o poco nos ha contado en tantas películas geniales de perdedores.

Para terminar, un testimonio interesante de John Carlin en un foro de EL PAÍS, que es el diario en el que trabaja actualmente tras varias corresponsalías en todo el mundo (Sudáfrica lo fue en los años clave: de 1989 a 1995). Carlin plantea una idea que permite abrir debate: lo que define a Mandela no es tanto su bondad y una cierta aureola de Jesucristo salvador, sino el pragmatismo: hacer lo que se debe en el momento que se debe, hasta el punto de olvidar los rencores de 27 años de cárcel y centrarse sólo en los objetivos. Dice Carlin que si al salir de la cárcel “Mandela hubiera juzgado que la forma más efectiva de liberar a su pueblo y llegar a la democracia era a través de las armas, lo hubiera hecho, ésa es quizá la gran diferencia con Ghandi, y además él fue el fundador del movimiento armado de su partido” (Umkhonto we Sizwe). Pero consideró, inteligentemente, que en una lucha armada llevaba las de perder, por lo que se dedicó con maestría, astucia y enorme carisma a descubrir a los blancos lo mejor de sí mismos, convirtiéndose así en el “político perfecto“, también en palabras del propio Carlin.

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