
He leído dos veces La Carretera, de Cormac McCarthy.
El primero de esos dos acercamientos a la novela fue ciertamente superficial (y algo embarazoso en perspectiva). Ocurrió hace seis meses, la compré al vuelo en una gasolinera como “lectura de verano”, como quien se encapricha de un Larsson. Tengo excusa en reconocer que hasta entonces no había leído nada de McCarthy. Lo conocía como autor del “reconocido best seller en el que se inspiró No es País Para Viejos“. Punto.
Y la novela me desconcertó. No leí la sinopsis, me enfrasqué directamente en ella y la abordé como un simple relato de terror (lo sé, relato de terror no es necesariamente sinónimo de simple, como tampoco lo es cierto cine de terror, pero permítame la licencia). Y avanzaba por sus páginas con una sensación incómoda, sí; de miedo, también, con el tema del canibalismo. Pero oiga, era verano y, cual lector de Larsson en el metro, yo reclamaba mi derecho a un giro argumental antes del capítulo 2.
Giro que no llegaba, a lo que contribuía el hecho de que el libro no tiene capítulos: consiste en párrafos de 15-20 líneas, describiendo la supervivencia de padre e hijo al detalle. Pero ni siquiera la elocuente evidencia de esa ausencia de capítulos consiguió sacarme del estupor estival y hacerme ver la sustancia: que no era un “simple” relato de terror, que estaba leyendo mal, que mi enfoque era penosamente incorrecto, como el de quien se lee una versión en cómic de Hamlet. Terminé el libro a 40 grados y muy desconcertado.
Y diez nevadas en Madrid no han sido suficientes para sacarme de ese estupor veraniego, no: lo que me ha sacado de él ha sido el estreno del film. Porque la semana pasada, dado que estrenaban la película, le di una segunda oportunidad a la novela.
Esta vez me acerqué ya avisado a la obra, sabiendo de antemano lo que es: casi un ensayo, un ensayo sobre el fin del mundo. Una alegoría, una situación, reinterpretable desde mil enfoques. Una experiencia dolorosa, incómoda: haced la prueba de leerlo de un tirón, es imposible de lo duro e insoportable que se vuelve una vez que te metes a fondo en la historia.
Y la narrativa de McCarthy es dolorosa y entrañable al mismo tiempo. De tinieblas perpetuas y luces ocasionales. Y cruda, muy cruda.
No faltarán interpretaciones a la odisea de ese padre e hijo, cuya misión de “vida” consiste en “conservar el fuego”, el fuego de la civilización: habrá quien verá en ese viaje definitivo “hacia el sur, siempre hacia el sur” el cierre de un ciclo bajo la forma de una inversión grotesca de los valores de EEUU, tras la victoria del norte en la Guerra de Secesión. Habrá quien verá en ese padre e hijo dos nuevos Quijote y Sancho en el fin del mundo, no responsables de gritar al mundo orgullosamente su propia locura, sino de salvar ese mundo tras la locura. Habrá quien verá una alegoría del mundo que vendrá, del que podría venir, e incluso del que ya vino.
Habrá quien verá todo eso y más porque McCarthy ya ha colocado a ese padre y ese hijo en el terreno de las grandes obras: el terreno de la universalidad. Dentro de unos años La Carretera será un clásico, pero hoy es ya una obra maestra.
Porque leyendo La Carretera uno tiene efectivamente la impresión de estar leyendo un futuro clásico, sobre todo cuando McCarthy te describe la progresiva e irremediable desaparición de toda noción de vida en el mundo con frases como ésta:
En las carreteras los peregrinos se derrumbaban y caían y morían y la tierra yerma y amortajada iba rodando hasta el otro lado del sol y regresaba sin dejar huella y tan inadvertida como la trayectoria de cualquier mundo hermano sin nombre en las inmemoriales tinieblas de más allá.
Te dicen que es de Poe y te lo crees.
Y la semántica del libro es tan potente, tan tangible, tan verdadera que creo que el mayor ejercicio de coherencia que podría hacer McCarthy es no escribir nada más, porque su libro sigue rodando y mata todas las páginas de todos los libros y no deja huella ni esperanza y sólo tinieblas y entierra todos los libros que serán y después todo es silencio y tinieblas y palabras, palabras, palabras muertas que no se lleva el viento porque no hay viento y fin.


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Muy interesante. Nos encantaría contar con tu opinión sobre La carretera en este Club y que sugirieses un libro para la próxima lectura. Muchas gracias.
Billy, me has dado muchas muchas ganas de leer este libro.
Espero que no tengas problemas en prestármelo …