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Toy Story

Toy Story, de John Lasseter (1995)

Años eran, años, los que llevaba oyendo eso de “deberías ver las películas de dibujos que se hacen ahora, ya no son lo que te esperas”. Años ignorándolo. Hice un amago el año 2000: vi Shrek. “Te morirás de risa”. Pues no. La vi en una sala de la facultad de teleco (¿será por eso?) con todo el público con los pies para arriba cuando un burro decía una frase de Cruz y Raya y una princesa hacía una patada de Matrix. Y yo ahí, de hielo. Ni puta gracia, que se dice en claro. Y preguntándome si me pasaba algo serio (aparte de lo de teleco).

La experiencia Shrek fue tan traumática que durante 10 años he evitado conscientemente caer en la misma trampa. Ha sido fácil: no tengo hermanos pequeños, ni sobrinitos. Con los amigos era sencillo: “esas chiquilladas para vosotros, a mí llamadme cuando salga la de Clint”. Y lo hacían. Qué majos.

Y me preguntaba si el virus shrekesco de sala de cine telequil había contagiado a toda la crítica española. Qué digo española, mundial: de repente los pijoteros de ir al cine con boli y libreta, esos mismos que hoy lloran la muerte de Rohmer, se deshacían por el nuevo cine de animación, alabando no sólo a Shrek, sino (sobre todo) al gran contendiente de Dreamworks Animation: Pixar. Decían: “la comedia había muerto hasta que llegó Pixar”. “Si algo ha aportado el cambio de siglo a la historia del cine, ese algo es Pixar”. Y Pixar por aquí, por allá, recogiendo premios en el Festival de Venecia a la trayectoria cinematográfica y obligando a la Academia a crear el Oscar al mejor film de animación entre voces discordantes que pedían aún más: que Pixar compita de tú a tú con Clint en el apartado de mejor película!!. Tamos locooos?? Y yo pensando: “¿Qué dirá Clint de esto?”. ¿También él dirá: dejadme de Nemos y llamadme cuando salga la mía?”. Me lío.

Me veía muy solo, así que activé el mecanismo de defensa. Lo típico: eso no es cine. El cine se hace en un estudio con script, luces, cámara y acción, y no en un sótano con PC, ratón, camisa hawaiana y Tolkien en la estantería.

Y esta cerrazón ha durado 10 años.

¿Habéis leído “El libro de las ilusiones”, de Paul Auster? El protagonista pasa por una experiencia traumática que lo aísla totalmente del mundo. Se encierra en casa, no experimenta emociones de ningún tipo, se convierte en un ser prácticamente inerte… y un día, de improviso, una película muda pillada por casualidad en televisión le provoca la más inesperada de las reacciones: de manera involuntaria, como un acto independiente de sí mismo y de su consciencia….esboza una sonrisa.

Pues bien, hace una semana tuve un momento austeriano. Quiso la casualidad que mi tele sintonizara los 10 primeros minutos de Los Increíbles en cuatro. Los vi, casi involuntariamente, cine de dibujos entre anuncios de detergente, ser inerte ante la caja tonta. Pasaron los 10 minutos. Cambié de canal. Me pregunté por qué había cambiado de canal (esto también fue involuntario). Respuesta: “la tienes que ver en VO, que valdrá más la pena”. Sorpresa: ¿verla en VO porque valdrá más la pena? ¿Qué ha ocurrido?: pues que esos 10 min me habían bastado para tragarme 10 años de reservas sobre este cine. En esos 10 minutos percibí inteligencia, homenajes, crítica socarrona a la sociedad actual y un puntillo de mala leche (ese terrorista francés llamado Bomb Voyage). Percibí todo eso y me di cuenta de que detrás de Pixar no sólo hay frikis de espada láser liderados por empresarios de primera (Lasseter, Steve Jobs, etc) sino, sobre todo, cineastas (guionistas) de primera.

Así que en 48h me había hecho con Los Increíbles en VO…y con el resto del catálogo Pixar. A revisarlo. Vale la pena. Escribe sobre ello. Como un diario. Y a eso voy:

Empecé por el corto Luxo Jr, del que ya había oído hablar. Y me llamó la atención que esta gente sea capaz de dar expresividad a una lámpara de mesa….

Y de ahí pasé al primer largo de Pixar, Toy Story, con 14 años de retraso. Allá vamos:

Me gusta el guiño de los personajes principales. Woody, el vaquero, suplantado por el nuevo juguete tecnológico. La generación anterior a la nuestra vivía sus fantasías en torno a diligencias, indios y vaqueros. Los de ahora ven cine tecnológico…. como el de Pixar. Pixar hace, pues, un guiño a Pixar. ¿Qué está pasando? Inteligencia.

El guión es simple pero perfectamente equilibrado. Planteamiento, nudo y desenlace trepidante y plenamente justificado. Buenos gags. Algún personaje memorable. Y mi escena preferida: esa máquina de coger muñequitos con un gancho en la que los muñequitos (con un tercer ojo, nuevo guiño) ven al gancho como una entidad superior, un Dios que escogerá a sus elegidos y los llevará al nirvana. Absolutamente genial.

Homenajes y respeto a los clásicos: Buzz reconociendo el terreno al llegar al “nuevo planeta” cual Charlton Heston a punto de encontrar simios. La habitación de Sid, sórdida, de tonos fríos y pobremente iluminada, y habitada por juguetes freaks a modo de Parada de los Monstruos. Excelente.

Pero algo me sobra: las canciones. Metidas con calzador en más de una ocasión y arruinando más de una escena, como aquélla en la que Buzz finalmente comprende su naturaleza. Me disgusta también cierto tono moralista, con ese “niño bueno” (Andy) en confrontación al “niño malo” (Sid). ¿Y qué tiene Sid en su cuarto? Posters de rock. Maniqueísmo barato, adoctrinamiento de telepredicador trasnochado. Buf.

Pero leo sobre la guerra Pixar – Disney (solucionada en 2006 tras mil batallas con la fusión de ambas empresas, pero con la gente de Pixar manteniendo la autoría y controlando el consejo directivo de Disney) y comprendo lo que ocurre: estamos en 1995, Pixar hace el primer largometraje enteramente creado por ordenador y se encuentra con un juguete de millones de dólares que debe ser rentable si se quiere salvar la empresa. Y Disney controla la distribución como nadie, sólo su logo llevará a 50 millones de padres a las salas con sus hijos. Y Pixar tiene que ceder al modelo Disney: moralina de postín y canciones (hay que vender una banda sonora).

Pero los aciertos de Toy Story superan a sus errores. Seguiré viendo el catálogo de Pixar pues. Sólo el gusanillo de saber si realmente estos defectos son de Disney o suyos me basta para seguir con ello. Y es que es de esperar que tras la fusión de 2006 no tengan excusa, y por tanto no salgan con hadas madrinas, canciones de Elton John o Phil Collins (valga la redundancia) y demás cosas que no me gustan nada de nada, sino que cultiven esa mala leche tan sana. Como la de los muñequitos de la máquina, espejo de colgados de una secta fumados en busca del nirvana.

Así que espero que el resto de la filmografía de Pixar fluya libre en busca de su nirvana y no vuelva a caer en el pozo Disney, que es justo lo que hacía Shrek: empezamos riéndonos de Disney y haciendo la cosa más antisistema del mundo, con ese ogro que se limpia el culo con una historia de hadas y dragones y ese Gepetto empeñando a Pinocho…y acabamos contando una de hadas y dragones con un ogro que se enamora de la belleza interior (ahhh, moralina) de su princesa.

Menos mal. Shrek sigue sin gustarme. El mundo gira.

Así pues, empieza el ciclo Pixar en las malas artes. Monstruos S.A ya pulula por allí.

Seguiremos informando. Queráis o no.

1 comentario a Toy Story

  • SOY EL SOCAVADOR

    Lo de la moralina en Toy story creo que va mas en la linea de “exigencias de los productores”, que en la linea de adaptacion a los que reinaban en el tema (Disney). Y tambien creo que eso esta cambiando.. (Como ejemplo, UP)

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