
El Laberinto del Fauno (2006), de Guillermo del Toro
De un tiempo a esta parte la crítica cinematográfica “oficial” viene valorando la calidad de un cierto tipo de cine en términos puramente visuales, sin atender tanto al guión o a la dirección como a un nuevo término “pijo”: la “imaginería visual”. Está claro que el cine es visual, y la imaginería visual es parte importante de las películas de fantasía. Pero lo que da jugo a una película de fantasía, y a toda obra fantástica, ya sea cinematográfica o literaria, es la aproximación alegórica, cómo se extrapola la historia al mundo real, al contexto histórico y a las pulsiones humanas de un momento y un lugar determinados.
Por eso siempre ha existido un gran cine de terror. Aún recuerdo un programa de Garci (el programa de Garci de “La2”, no el programa de Garci de “Las 2 a.m” que tenemos ahora) en el que emitieron “La Invasión de los ladrones de cuerpos”, de Don Siegel: el tradicional coloquio de las volutas de humo estuvo dedicado a un estudio pormenorizado de la relación de tal o cuál escena con tal o cuál episodio de la Guerra Fría. La imaginería visual de esa película es nula, la dirección artística tiene la calidad de un capítulo de “na-na-na-na-na-na Batmaaaan”, pero es, a pesar de ello, un film extraordinario.
Sin embargo, misterios de la vida, un sector del público constantemente dedicado a criticar ciertas películas por ser “sólo de efectos especiales”, tiende paradójicamente a babear delante de films de gran imaginería visual, vistoso envoltorio en torno a la nada, sin pararse a pensar en la oquedad absoluta de tales propuestas. “El Laberinto del Fauno”, siendo un ejemplo de ello, no es quizá el más definitorio de ese tipo de cine, pues aquí no se trata de ocultar el vacío, sino de algo aún peor: de vendernos ese vacío como verdad irrefutable. De confundir fantasía con realidad, pervertir ésta concienzudamente al servicio de la primera para dar sentido a una trama fantasiosa en medio de un contexto histórico, confundir en suma realidad con fantasía… y pretender en último término que semejante cócter sirva al peor de los propósitos posibles: la reflexión histórico-crítica.
El Laberinto del Fauno viene a ser, en síntesis, la historia de una niña que vive en un mundo malo, malísimo, lleno de gente mala, malísima del cual se evade con fantasías. Tenemos pues una historia visualmente atractiva, hermosamente fotografiada y bien dirigida, pero dedicada a mostrar un fresco de los primeros días de la Guerra Civil menos objetivo y riguroso que el de un mural hecho en equipo por cinco alumnos de 6º de primaria.
El villano de turno, interpretado por Sergi López, constituye el mejor resumen posible del gran defecto del film: pretende ser creíble e históricamente veraz pero, de puro maniqueo, termina siendo casi más fantasioso que el propio Fauno. No seré yo quien caiga en esa triste costumbre nacional de relativizar el franquismo y salir con barbaridades del tipo “para ser una dictadura no fue tan mala”, pero el personaje de López está escrito con tanta parcialidad e ignorante maniqueísmo que acaba cayendo en la triste, por inoportuna, autoparodia. Olvida Del Toro, además, que los mejores villanos del cine son los ambiguos, esos con los que empatizamos durante media película y luego odiamos, horrorizándonos de nuestra empatía inicial y de la atracción por el mal. Ejemplos: Hannibal Lecter, los asesinos del cine de Hitchcock, los villanos del cine de superhéroes o el ahora de moda Dexter. Y disfrutamos cuando se nos presentan en pantalla sus dos caras, la honorable y la malvada, en perversos juegos de sombras en torno a la dicotomía del ser humano, ya sea en un único personaje (Lecter el irónico y brillante, y el asesino) o en dos (los protagonistas “Extraños en un tren” o “La sombra de una duda”, de Hitchcock).
Pero por desgracia en El Laberinto del Fauno ese personaje y toda la “realidad” que rodea a la niña resultan en ocasiones tan fantasiosas como los bichitos y los monstruos. Y se pregunta uno si la niña no estará imaginando el film entero. Y adolece Del Toro de un mal, por comparación, común en la última hornada de directores de cine, de los años ochenta a esta parte: gentes que no han vivido en sus carnes las tragedias del siglo XX, que no son testigos, sino intérpretes, que sólo conocen la academia de cine y que saben dónde poner una cámara, pero a los que la ignorancia y la falta de talento para hurgar en la tragedia (con honrosas excepciones) les hacen naufragar cuando apuntan su cámara en episodios relevantes de la historia. Es la diferencia de ciertos directores de hoy ante un Wilder o un Polanski. Y la diferencia entre Del Toro y Berlanga. Berlanga fue alistado por la fuerza en la División Azul como único modo de evitar el fusilamiento de su padre, republicano. Años después, más desde la desesperanza y la resignación que desde el rencor, escribió y dirigió “La Vaquilla”.
Billy Wilder perdió a la práctica totalidad de su familia en Auschwitz, y luego se permitió hacer películas de nazis y comedias de la guerra fría. Antes de hacer cine vivió. Nunca pisó una academia, lo cual no le impidió escribir junto a I.A.L Diamond diálogos como estos de Uno, Dos, Tres:
Otto: ¡¡Nunca criaré a mi hijo como un capitalista!!.”
Scarlett: Cuando cumpla 18 años dejaremos que decida que quiere ser, si un capitalista o un comunista rico
o el de McNamara y su asistente Schlemmer:
C.R. MacNamara: Sólo entre nosotros, Schlemmer, ¿Qué hizo durante la guerra?
Schlemmer: Trabajaba en un subterráneo.
C.R. MacNamara: ¿Luchaba con la resistencia?
Schlemmer: no, como conductor, ya sabe, en el metro.
C.R. MacNamara: Y por supuesto era usted anti-nazi y nunca le gustó Adolfo.
Schlemmer: Adolfo qué?”
“[Más tarde, Schlemmer reconoce a un periodista, Utenmeyer]
Schlemmer: hey! Herr Oberleutnant!
C.R. MacNamara: Ustedes se conocen?
Schlemmer: Fue mi superior durante la guerra.
C.R. MacNamara: en el metro?
Schlemmer: No, más tarde, cuando me reclutaron
C.R. MacNamara: Ah! Gestapo!
Schlemmer: No, no, SS.
A Guillermo del Toro se le ha antojado (tras El Espinazo del Diablo) meter su fantasiosa (en todos los sentidos) camarita en otra película de la Guerra Civil (y ojo que amenaza con cerrar la trilogía) y se basa para ello, estrictamente, en su fecunda educación cinematográfica, concretamente en las películas de nazis. Tanto se basa en ellas que llega al límite: los nacionales de El Laberinto del Fauno van en coches negros con el escudo de la Falange en la puerta. Nos hemos hartado de ver coches negros con la cruz gamada en la puerta en tantas películas de nazis. ¿Coincidencia?
Hurga donde no sabe Del Toro y cae en el tópico de quien poco ha leído o querido saber de la guerra Civil: los nacionales son como los nazis de las películas, y los republicanos son unos héroes del bosque unidos contra el enemigo nazi – fascista, al cual de vez en cuando vencen heroicamente. Puestos a caer en el tópico y en la parodia involuntaria, mejor le hubiera ido a Del Toro de haber aceptado sus carencias optando por el alejamiento histórico y la subversión de la realidad en favor del desparrame irónico. Es decir, lo que viene siendo Tarantino y sus “Malditos Bastardos”.
De haberlo hecho así, habría potenciado sus facultades, deslumbrándonos con su talento visual, como Tarantino nos deslumbra con su cine vivo. Pero no es así, y lo que consigue Del Toro es que la historia de la niña y sus fantasías ni me llegue, ni me toque. No me importa un carajo.


Aunque ya dije esto en otra ocasión y medio de comunicación, no puedo evitar re-decirlo:
GRANDE.